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Cuadros de vida judicial

Visité un centro judicial departamental no se parece en nada al magnífico complejo de Managua. En este blog les cuento cómo me fue



Hora: 8:30 am
Lugar: Juzgados de…
Fecha: un mes de 2015
Ubicación: Una antigua casa de habitación convertida en Juzgados.

Identificación, pide el CPF en el portón del garaje, a pleno sol. El pobre no tiene donde guarecerse, igual que el público. ¿Y cuando llueve?

Un amplio corredor-porche rodea en “L” la edificación y allí se sitúa el escritorio de la recepcionista con el infaltable mural político como telón de fondo.

– Cédula por favor. Apúntese donde va. Si es acompañante, busque asiento y espere aquí, no puede pasar más allá.

Hay una media docena de sillas a lo largo de la pared. Al ser tan temprano, me ubiqué en palco. Poco a poco el pequeño patio-garaje adoquinado empieza a llenarse: motos, carros, vehículos de la policía que llegan con los reos… Ripios, restos de obras y entre todo el maremágnum, unos escuálidos arbolitos que dichosamente sobreviven contra viento y marea.

Detrás de la verja que limita el garaje y la propiedad, hay un callejón de tierra patio-vacío en el que se sitúan los parientes de los reos: hombres, mujeres con niños, ancianas madres… Un par de árboles les dan su generosa sombra mientras los carros que circulan por el callejón los bañan de polvo. Esperando pacientemente por sus seres queridos, agarrados a los barrotes, aburridos y con sueño, pareciera que son ellos los reos y no al contrario.

Saludan a gritos cuando identifican al familiar que acaba de llegar de su centro de detención. Los ojos inocentes de los niños los siguen hasta que desaparecen de su vista.

Seguidos por sus custodios, los reos esposados en parejas van llegando al recinto con sus shorts y chancletas, como si vinieran a una piscina. No vi a ninguno con cara compungida o preocupada. Talvez sienten que esta visita a los Juzgados es la antesala de su libertad.

Más adelante en el corredor, cerca de la entrada a un par de salas, hay un mural de corcho agobiado por un mar de citatorias, volantes judiciales, listados, Cédulas, etc., en un desorden tal que pareciera que las hojas quisieran escapar de los chinches que las sujetan, aunque lo más probable es que serán víctimas de la gravedad y se las llevará el viento inclemente que azota esta mañana.

Hay un desfile interminable: los que llegan para conformar un jurado; l@s abogad@s, traductores, víctimas, parientes de reos, testigos de delitos, mensajeros, policías, en fin, una fauna judicial que se va sucediendo e incorporándo al rompecabezas de la justicia.

– ¿Trae cédula? Es obligatoria, dice la recepcionista.
– No, no la ando, contesta el visitante.
– ¿Se acuerda del número?
– Sí, es el…
– Ah bueno, pase pues.

La escena se repite una y otra vez; se da por bueno el número que la persona quiera decir y pasa sin otro requisito a dondequiera que vaya. ¿Seguridad y control de visitantes? Bien, gracias.

Una humilde señora llega para integrar un Jurado: Identificación, firma, etc.

– Srita., ¿Dónde queda la sala de juicios? le pregunta a la recepcionista.
– Mire, siga recto hasta el fondo, ¿ve aquel tope? Pues allí doble a la derecha, se va a encontrar unos lavanderos y al lado encontrará una puerta, allí es.
Así es la cosa, ni siquiera se han eliminado los lavanderos de la casa, son nada menos que la seña para llegar a la sala de juicios. ¡Qué maravilla! El tercermundismo, la improvisación, el irrespeto por las instituciones y los usuarios golpea en toda su crudeza.
El portero-CPF va y viene de la puerta a la Recepción para cuchichear con la recepcionista. Es obvio que se traen negocios entre manos porque a pesar de que tratan de ser discretos, puedo escuchar claramente algunos diálogos:
– Yo por esa firma cobro 500, dice ella.
– No niña, deberían ser 300, responde él.
– Pero si vos vas a sacar un montón por ese caso, 500 no es nada para vos, ¿de qué te quejas? Le reclama ella.
Me quedo perpleja. Lo que he escuchado me llena de dudas.

Algunas abogadas llaman la atención por sus atuendos; más parece que van a alguna reunión social o a la playa: leggings de color eléctrico, estrechas camisetas en varias capas realzando sus “atributos”, tacones de vértigo, maquillaje, peinado y bisutería exagerados, ¿Es que no hay un código de vestir en estos recintos, especialmente para los profesionales? No soy puritana, pero todo tiene un tiempo y un lugar, ¿no?

Tengo casi dos horas de estar esperando y necesito ir al baño. La recepcionista me informa que solo hay un servicio para tooooodos, incluyendo los reos y que ella no me lo recomienda. En todo caso, ya debería estar acostumbrada porque en este país, casi todas las instituciones públicas carecen de facilidades sanitarias para el público.

Resuelto al fin lo que allí me llevó, salgo a la calle. Al menos se agradece que las afueras del juzgado no estén invadidas por ventas de comida. Está limpio y libre de obstáculos. Indudablemente, este centro judicial departamental no se parece en nada al magnífico Complejo Judicial de la capital, pero tiene a su favor un amplio parqueo para los visitantes en ambos lados de la calle. El que no se consuela, es porque no quiere.