Opinion

¿Hasta cuándo Roberto Rivas?

17 años de rapiña en todos los ámbitos: fraudes, acumulación de poder, enriquecimiento oscuro

Quo usque tandem abutere, Catilina,

patientia nostra

Cicerón

El profesor Gerald Frug ha levantado una doble pregunta dirigida al conflicto entre el poder de los Estados y los municipios en EE.UU. Sin embargo, también se pueden aplicar para interrogar a las próximas elecciones municipales en Nicaragua: ¿Quién decide quién decide? ¿Quién tiene el poder de otorgar la autoridad para tomar decisiones? Aunque parezca un juego de palabras, ambas preguntas remiten al mismo hecho político: la concesión del mandato de los electores a los electos para tomar decisiones.

Roberto Rivas
Ilustración: PxMolinA | CONFIDENCIAL.

El problema es que en Nicaragua el Consejo Supremo Electoral cree que le toca a él responder ambas preguntas. Al proclamar los electos cree que está decidiendo quiénes tomaran las decisiones; y al entregar las credenciales a los electos, que está otorgando la autoridad para tomar las decisiones.

Ante la inminencia de nuevas elecciones el próximo cinco de noviembre y que esto vuelva a ocurrir, que el hechor vuelva a la escena del delito, permítaseme parafrasear al gran Cicerón cuando enfrentaba en el senado romano al enemigo de la República:

–¿Hasta cuándo ha de abusar de nuestra paciencia, Roberto Rivas? ¿Hasta cuándo ha de abusar de nuestra soberanía? ¿Hasta cuándo seguirá con su ilícito proceder? ¿Es que no le bastan 17 años al frente del Consejo Supremo Electoral, 17 años de rapiña en todos los ámbitos que ha tocado: acumulación de poder, enriquecimiento oscuro y desempeño perverso de sus funciones en las que no ha dudado en retorcer las leyes de Nicaragua?

¿Hay alguna institución del Estado nicaragüense que haya realizado una evaluación orientada a resultados, por mínima que sea, de los 17 años de gestión de este señor? ¿Si ninguna de las obligaciones para las que fue nombrado ha podido cumplir cabalmente, por qué sigue en el cargo?

Ha puesto obstáculos a la participación de la población en las elecciones; incapaz o sin voluntad de organizar elecciones justas y transparentes, en cada comicio interpreta el calendario previsto por el propio CSE como le salga del tocino y a conveniencia de sus empleadores; manipula el censo electoral con fórmulas extrañas para que al final no se sepa cuántos eran los potenciales votantes, cuántos los que efectivamente fueron a votar, menos aún cuántos se abstuvieron, cuántos votaron en blanco y cuántos nulos. ¿Por que se ha tolerado una y otra vez que no ofrezca el 100% de los resultados, y cómo ha sido posible que se toleren sus poses chulescas el día del escrutinio descalificando las voces críticas con su papel?

Ni hablar de ser garante eficaz del voto popular. No ha habido fraude, manipulación o alteración descarada de los resultados electorales que no lleve su firma los últimos 17 años. De su mano se ha instaurado una liturgia del fraude que se refina con cada elección: eliminación de partidos políticos,  negación de cédulas de identidad, retrasos en la entrega del padrón electoral a los partidos de oposición, veto a observadores nacionales y aprobación a internacionales complacientes, puesta en marcha del ratón loco, acreditación tardía a fiscales opositores y expulsión a los mismos de las juntas receptoras de voto al momento del escrutinio, cancelación masiva de votos a partidos opositores, alteraciones burdas de actas de escrutinio para beneficiar al partido de sus empleadores, rechazo a las impugnaciones presentadas por los perjudicados y presentación a cuenta gotas de los resultados.

Este fiasco de su ética pública casa muy bien con la de su ámbito privado. ¿Acaso ignora el señor Rivas que en las calles de Nicaragua, en las comidas de familia y en las mesas de tragos se habla de su vida privada, de los excesos como ríos desbordados de sus lujos megalómanos y sus francachelas?  ¿Ignora que son de dominio público sus caprichos de pachá como el cuarto refrigerado para el pingüino, los jets privados, los carros de alta gama, las mansiones en Managua, en San Juan del Sur y en San José? ¿Desconoce que todos sabemos de las comidas pantagruélicas para llenar su voluminoso tonelaje y para acallar la conciencia propia y la de sus invitados?

Encantado de conocerse a sí mismo ¿hasta cuándo seguirá pavoneándose por la calles de Managua con sirenas y cortes de tráfico, subvencionado por los fondos públicos con que se pagan sus escoltas, atropellando, amenazando; burlándose de todo el pueblo por estar encima de la pirámide el poder, con la protección del más aborrecible personaje que ha habido en la jerarquía católica y del no menos execrable señor feudal de Nicaragua?

Amparado en estos poderes cuasi-celestiales y terrenales Roberto Rivas cree que la protección sin escrúpulos le garantiza la impunidad eterna, mas no sabe que el juicio del pueblo, el verdadero soberano, ya lo ha condenado. El hecho de esconderse detrás de murallas y lacayos es un reflejo de su condena al ostracismo, a no poder ir a comerse un quesillo tranquilo donde está la plebe. Teme las reacciones, manifiestas y encubiertas, y en su temor está la penitencia.

Dentro de unos días volverá la zorra al gallinero a causar los mismos estragos. Algunos ciudadanos volverán a entrar al corral, conscientes o ignorantes de la farsa a la que se están prestando y esto le servirá de coartada a Rivas Reyes para seguir defraudando. Y volverá a creer que es él quien decide quién debe decidir, el que otorga la autoridad para tomar decisiones, aunque no tenga auctoritas ni potestas, ni autoridad moral ni facultad legal.

Y seguirá usurpando a los electores el derecho a elegir hasta que deje de serle útil a sus dueños o que la espada decente de la justicia  mande sus kilos de tocino a donde merecen estar los enemigos de la República.

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