Opinión

Cuapa tiene quien le escriba

La evocación del caserío de Cuapa, me llevó a recordar la fundación de Macondo, por José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán



Macondo era entonces una aldea

de veinte casas de barro y caña brava…

Cien años de soledad

Los estudios etnográficos concedieron especial atención al análisis de espacios reducidos, voltearon la mirada para explorar de nuevo lugares donde transcurre la vida de pequeñas comunidades. Antropólogos, lingüistas, sociólogos y geógrafos, comprendieron la necesidad de echar un vistazo hacia esos microcosmos, donde se juntan, comunican y viven centenares de personas. Deseaban relevar su importancia, establecer las maneras que entrelazan sus vidas, determinar sus vínculos sanguíneos, conocer sus prácticas culturales y formas de relación más íntimas. Situarse desde una altura que les permitiera analizar su discurrir cotidiano, costumbres y rituales, afectos y desafectos, cosmovisiones y sentido del tiempo. En esta misma perspectiva se ubica el ingeniero Rafael Martínez Rayo. Comprometido por razones familiares y personales con la historia de Cuapa, indaga sus orígenes con el ánimo de fijar el retrato de su municipio, en un momento específico de su desarrollo sociocultural, urbanístico, educativo, político y ganadero. Una tarea a la que se había comprometido con su madre cuando todavía ella estaba viva.

Con lenguaje llano, directo, sin escarceos líricos ni giros literarios, Martínez Rayo establece el cuerpo de su investigación. Su deseo es hablar claro para que nosotros podamos apreciar lo que dice. Emprende la aventura de registrar —con la certeza que proporciona su conocimiento del poblado— cincuenta años de transformaciones urbanas, cambios y mudanzas en los hábitos de sus moradores, los intrincados cruces de sangre, su huida hacia adelante, los hitos más sobresalientes en materia de salud, educación, comercio, ganadería, trabajo, mitos y realidades. Donde están parados. Testigo fiel, recurre a su memoria y completa sus vacíos —muy pocos por cierto— entrevistando a los vecinos más antiguos, cuyos vínculos con la ciudad se sostienen por ser auténticos descendientes de los fundadores de Cuapa. Viaja hacia atrás hasta encontrar nuevos hallazgos. Desde el inicio deja sentado que Cuapa era un asentamiento autóctono.  Martínez Rayo disipa nublados y verifica la verdad de lo acontecido. Lo hace para que nosotros conozcamos el hilo que conecta su narración histórica.

Cuapa celebra a san Juan Bautista, el primero en rendirle honores fue Juan Blas López, una forma de festejarse a sí mismo. En 1880 ocurrió el primer culto. En 1885 siendo presidente del primer comité de fiesta, Juan Blas, lo declaró su santo patrono. El Cementerio de la Flor (1950), fue fundado por José Dolores Martínez. La dependencia de Cuapa, obligó a don Lolo, gestionar su apertura en Juigalpa. El alcalde, Numa Ignacio Barquero, el tesorero José Aurelio Avilés, el síndico Julio Fonseca y el secretario Marco Tulio Martínez, aprobaron su solicitud el 28 de julio de ese mismo año. La sujeción de Cuapa a las decisiones de las autoridades juigalpinas, era absoluta. Nada podía hacerse sin su venia. Julián N. Guerrero fue el primero en sugerir que Cuapa fuese elevada a municipio (El pueblo extranjero, 1956). Siete años después, don Lorenzo Marín inició los trámites (1963). Los cuapeños tuvieron que esperar 34 años (hasta el 30 de julio de 1997), para alcanzar este objetivo. El ingeniero Rafael Martínez Rayo, fue uno de sus más entusiastas y perseverantes impulsores.

Auxiliado por una abundante bibliografía —imposible eludir al profesor Julián N. Guerrero, los estudios del profesor Omar J. Lazo y los aportes recientes de Mario Tapia— determina el lugar donde radicaron los habitantes de Cuapa en el año 1950 de la era cristiana. Mientras unos viajan afanados hacia el futuro, Martínez Rayo se detiene a rememorar la otra cara de la globalización: la relocalización de las culturas. Isaiah Berlin advirtió lo traumático que debe ser para alguien, no saberse de ningún lugar. El desempleo y la pobreza empujan a la diáspora. Cuapa era entonces un valle donde radicaban —en 116 casas— las familias que constituían el poblado en 1950. Establece los nexos que les unen, la ubicación y el número de la vivienda que habitaban, los nombres de los padres, hijos, hermanos, primos y parientes; sus lugares de procedencia, ocupaciones, desplazamientos, grado de escolaridad, profesiones, ventas de propiedades, instalación del primer cine, creación de la primera escuela y el primer centro de salud, ofreciéndonos una visión detallada de Cuapa. Es su cronista.

En las megalópolis los nombres de los menos afortunados tienden a diluirse, son seres anónimos, sin rostros ni historia, sin pasado ni presente, mucho menos con futuro. En este mundo adverso y convulsionado, sus vidas carecen de valor. Son nada más que un número. En el libro Cuapa 1950-2000 50 años de fervor y tradición (2016), el ingeniero Martínez Rayo hace justicia y rescata para la posteridad, cada uno de los nombres de las mujeres y hombres que forjaron y modelaron este pequeño hábitat, abiertos a la vida y la esperanza. Su canto los salva del olvido, reclama para cada familia el puesto que se merece. Los pioneros abrieron brecha, tercos y perseverantes, lucharon por convertir su comarca, en un nuevo municipio del Chontales. Rafael Martínez Rayo se pregunta ¿Lograría Cuapa lo anterior si fuera todavía comarca del municipio de Juigalpa? ¡Claro que no! Al emprender su propio camino, los cuapeños han logrado crecer y multiplicarse. A trazar su destino sin interferencias foráneas, a transitar hacia el futuro, sin esperar el consentimiento de las autoridades juigalpina.

En esta larga travesía —su escritura le llevó varios años— las entrevistas, rectificaciones, revisiones bibliográficas, antecedentes históricos, etc., son volcados para lograr una obra singular. La visión que subyace en sus páginas se emparenta con los estudios etnográficos. Contribuye al conocimiento de la historia contemporánea de un municipio empecinado por seguir caminando por los senderos del progreso. La aparición de la virgen a Bernardo el 8 de mayo de 1980 partió en dos su historia. Cuapa se convirtió a partir de entonces en centro de peregrinación. Centenares de personas la visitan. La virgen la situó dentro del mapa nacional y mundial. Sería inoportuno de mi parte, incluir en mi recuento ciertos nombres y omitir otros, a sabiendas del empecinamiento de Rafael Martínez Rayo, para que ninguno de los habitantes de Cuapa (1950), quedase fuera de este cotejo memorable. Su empeño se tradujo en un recuento acucioso, cada  familia puede identificar el número de la casa, los nombres y hasta sobrenombres de sus parientes. Su lugar exacto en el microcosmos llamado Cuapa.

Adentrarse por el territorio donde transcurrió la infancia, adolescencia y juventud de Martínez Rayo, correteando por los montes, haciéndose hombre cada día en las duras faenas del campo, lo llevan a dejar constancia de su aprecio y cariño. Con alegría recuerda a sus amigos de niñez. Muestra de forma explícita el amor que guarda por las personas que marcaron su existencia y la de su familia. En el capítulo dedicado al desarrollo socioeducativo de Cuapa, perenniza nombres de educadores afanados porque los cuapeños superen —a través del estudio— su estatus social. Cuapa 1950-2000 50 años de fervor, desarrollo y tradición, es un texto para siempre. La evocación del caserío de Cuapa, me llevó a recordar la fundación de Macondo, por José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán. También vinculé los apellidos de sus fundadores —que se repiten de manera infinita— con la reiteración de los nombres y apellidos de los fundadores del reino de Macondo. La historia que nos cuenta Rafael Martínez Rayo, puede tocarse con la punta de los dedos. Convierte a los cuapeños en sujetos de la historia.