Opinion

¿Cuarentena, para quiénes?

Existen estratos socioeconómicos que no pueden ir más allá de un límite mínimo de tiempo. Son los condenados de la tierra.

¡Los miserables no deben aprender a leer 

cuando se llora de hambre en el cuartucho! 

Rubén Darío

I

En 1991 ratifiqué lo provechoso que son los retiros, fui invitado a España junto con personalidades vinculadas al mundo de la comunicación, exactamente un año antes de la celebración del V Centenario del Descubrimiento de América. Las gestiones las hizo Vicente Baca Lagos, en ese entonces estudiante de doctorado de la Universidad Complutense de Madrid (UCM). A nuestra llegada nos hospedaron en un monasterio ubicado justamente a un costado de la UCM. El recuerdo salta ahora que autoridades de muchísimos países mantienen cuarentena por el coronavirus. Millones de personas se encuentran recluidas en sus hogares para evitar ser contagiadas por la peste.

El cuarto que me asignaron quedaba en el segundo piso y sus ventanales daban con una cancha de básquetbol de la UCM. Mi primera constatación fue su autosuficiencia. Se respiraba un ambiente monástico. Además de la cama, baño e inodoro, disponía de silla y escritorio. El silencio en los pasillos era absoluto. Pensé de inmediato en la reclusión que vivían los monjes. Cómo no iba a maravillarme si contaban con todo lo que requerían para dedicarse al estudio y reflexión. Todo había sido dispuesto para que ocuparan su tiempo en estudiar y meditar. La socialización de seguro ocurría durante las comidas o bien cuando recibían clases para su formación religiosa.

La calidad de los invitados ayudaba a pensar que la idea de congregarnos enunciaba que la reunión era importante. Las distintas apreciaciones sobre el significado del descubrimiento de América eran y siguen siendo polémicas. Cuando se habló del tema, en la mayoría de nosotros estaba presente la forma que se había llevado a cabo la conquista y colonización en la América Española. El mexicano Carlos Fuentes escribió uno de los mejores ensayos sobre lo acontecido. El espejo enterrado (Fondo de Cultura Económica, México, 1992), sigue siendo inspirador. Ofrece una lección libre de prejuicios y encasillamientos. Los españoles son una mezcla de razas.

Baca Lagos nos llevó después a Ciudad Real, pertenece a la comunidad autónoma de Castilla La Mancha, la tierra de don Quijote y su escudero Sancho. En ese lugar se desarrolló el evento. Nos alojó en un hotel, lo digo para mostrar la dimensión del cambio experimentado. La distribución de las habitaciones, la disposición del bar, comedor y piscina, implicaron un giro de ciento ochenta grados. Los hoteles no han sido concebidos para que sus huéspedes se dediquen al estudio. Por muy atractivos, no despiden la quietud que transpiran los monasterios. Son su antítesis, lugares de paso, centros de esparcimiento, muchos cuentan incluso con casinos.

En el monasterio me sentí transportado a otra época, aquellos años donde la iglesia católica monopolizaba la educación y la cultura. Nada más parecido al local, que la construcción donde transcurre la película El nombre de la rosa (1986), una traslación al celuloide de la novela que encumbró a Umberto Eco, teniendo como actor principal al estelarísimo Sean Connery. Más allá de las intrigas, presentes entre monjes y clérigos, la sensación de autosuficiencia es notable. La completa autarquía. Algunos monjes producían comida, otros conocimientos, investigaban y escribían. Miles de textos disponibles para ser leídos. Aunque la lectura de muchos estaba prohibida.

 II

¿Quiénes pueden dedicarse en esta época a vivir en cuarentena? Creo que se trata de una pregunta sumamente pertinente y una decisión muy compleja. Lo ideal para contener el avance del coronavirus sería que todos los seres humanos pudiésemos hacerla. Sabemos que esto no es posible. Para que pudiera darse tendrían que asignarse recursos económicos, sanitarios y de otra índole, para solventar de alguna manera las necesidades básicas de los sectores más empobrecidos. Muy pocos gobiernos lo han hecho hasta ahora. Existen estratos socioeconómicos que no pueden ir más allá de un límite mínimo de tiempo. Son los condenados de la tierra.

Federico Engels tiene un libro que explica de manera sencilla el momento preciso cuando los seres humanos pudieron por fin dedicar parte de su tiempo a otras actividades que no fuesen su propia subsistencia. En El origen del hombre, la propiedad y el Estado, marca ese instante. Si tienen reparos con Engels, entonces asómense a las páginas del Tratado de economía marxista, (1986), de Ernest Mandel. Comprobarán la trascendencia que tuvo para el futuro de la humanidad la revolución del neolítico. Las sociedades dejaron de ser nómadas y pasaron a ser sedentarias. El excedente productivo permitió que algunas personas dejasen de realizar trabajo manual.

No he dejado de reflexionar sobre mi estadía en España, se extendió durante tres semanas. No tenía que preocuparme de nada. Estaban garantizados todos los gastos. El espacio me permitió conocer y departir con algunas figuras emblemáticas del desarrollo de los estudios de comunicación en América Latina. Con quien más conversé fue con el español-colombiano Jesús Martín Barbero. De los medios a las mediaciones (Ediciones Gustavo Gili, 1987), era el libro que yo andaba buscando para ratificar la necesidad de hacer un reenfoque en el análisis de la comunicación. Una visión histórica de la producción cultural popular. Un parto para siempre.

Logré un acercamiento provechoso con Renato Ortiz. El brasileño tenía una formación curiosa, primero había estudiado arquitectura y luego se doctoró en Sociología y Antropología por la École de Hautes Études en Sciences Sociales de París. Sencillo y risueño. Me regaló uno de sus libros dedicado al estudio de las telenovelas y radionovelas. Para entonces Martín-Barbero me había seducido para interesarme en este tipo de creación cultural. Ya había escrito algunos trabajos que aparecen en mi libro Volver a empezar (Escuela de Sociología, UCA, 1990). Fueron días de aprendizaje. Cada conferencia ofrecía nuevas luces y enfoques. Un paso adelante.

Debo añadir que además tenía garantizado mi salario en la UCA, como ahora también lo estoy debido a mi pensión del Seguro Social. Sería un egoísta irredimible si no fuese capaz de comprender que millares de nicaragüenses la están pasando mal. En un país de desempleados, las protestas iniciadas en abril de 2018 empeoraron la sobrevivencia de los más necesitados. El desempleo creció y la diáspora se disparó. Decenas de miles de nicaragüenses salieron de Nicaragua. Están pasando hambre. Muchos son víctimas de xenofobia, el precio del exilio es altísimo. ¿Cómo pensar que podrían hacer cuarentena?  Son quienes apenas sobreviven.

 III

El estudio y la escritura requieren tiempo, cuando se tiene garantizada comida, techo, transporte y medicinas para la familia, uno puede dedicarse a escribir sin reparos. Cuarentena no debería pedírsele a los vende raspados, carretoneros, obreros, vendedores ambulantes, bota basuras, domésticas, lustradores, esquimeros, pequeños comerciantes de los mercados, pequeños emprendedores, transportistas, agricultores, finqueros; comiderías, pulperías, etc. Viven coyol quebrado coyol comido. Tienen que garantizarse el pan nuestro de todos los días. Para amortiguar su desamparo el Gobierno de Nicaragua debió adoptar una serie de medidas que nunca llegaron.

Es innegable que para investigar, estudiar, analizar y escribir se requiere disciplina. No basta disponer de todo el tiempo del mundo cuando no se siente apremio por escribir, como señala Rainer María Rilke, al cadete Franz Xaver Kappus, en sus Cartas a un joven poeta (Leipzig, 1929). La escritura posee sus propias reglas. Tal vez la más grande exigencia que plantea consista en aislarse. Escribir demanda soledad. Para los escritores que disponen de sustento este es el mejor momento. Un amigo novelista me confío que cómo marchan las cosas, para diciembre tendrá terminada su tercera novela de una saga que viene escribiendo sobre ex-policías, corrupción, etc.

La entrega a uno de los vicios más maravillosos, exige encierro absoluto. Hay escritores que pueden hacerlo sin importarles el bullicio. Cuenta la leyenda que Ernest Hemingway solía hacerlo en los bares. Cuando me inicié en el periodismo me sorprendía que nadie en la sala de redacción de La Prensa se sintiera incómodo por la bulla que había a su alrededor, mientras tecleaba la crónica con la que seduciría esa tarde a los lectores. Gabriel García Márquez decía que a él le gustaba escribir escuchando música. No le inmutaba ni perturbaba dedicarse al más solitario de los goces, mientras sentía el placer que le ofrecía la música, su otro vicio confeso.

Aprovechando la crisis, algunas editoriales han puesto a disposición de los lectores libros dedicados a la pandemia, las plataformas de streaming invitan a ver películas sobre los sufrimientos que produce (muertes y lesiones sicológicas). La Peste de Albert Camus ha vuelto a ser leída, en estos meses de pesadumbre. Mario Vargas Llosa dijo que el libro era pésimo. Lo afirma uno de sus más fieles devotos. En las redes circula el cortometraje La peste del insomnio. El productor venezolano Leonardo Aranguibel, asistido por 30 actrices y actores de 7 países latinoamericanos, leyeron fragmentos de Cien años de soledad, alusivos a la peste del olvido. Gabo redivivo.

Mientras estuvimos en Ciudad Real, solo una vez me escapé por la noche para ver teatro callejero. Cómo era julio, un fin de semana algunos se fueron a Pamplona para presenciar los Encierros. Opté por escribir. El resultado final fueron cinco poemas que publiqué en El Nuevo Amanecer Cultural, el sábado 7 de septiembre de 1991. Todos tienen aliento cervantino. En el más breve —Espejismo— confieso enamorado: Cada molino de viento/ Cualquier plaza de Almagro/ Toda llanura/ en Castilla la Mancha/ me remite al Quijote/ Ninguna mujer/ excepto vos/ me parece Dulcinea. Llamé al poemario La ceremonia del encantamiento. Tiempo y disciplina se aliaron a mi favor.

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