Opinion

De lo trágico y la psicología del ladrón

Los dictadores buscan una salida, o falsa salida, llevando al extremo la represión para quedar indemnes en lo personal e impunes ante la justicia

I.- De lo trágico

A la represión dictatorial no se le ve fin en el tiempo ni a sus formas de aplicarla. Van del asesinato a la condena judicial –¡hasta de 90 años de prisión!—, pasando por el secuestro, la tortura y otras extras de la crueldad.  Nunca aparecen las pruebas de la supuesta delincuencia de los acusados, pero sobran los falsos testimonios de los mismos represores.

Su  continuidad, más lo sañoso de cómo los esbirros armados y los judiciales practican la represión, sugiere que los dictadores buscan una salida, o una falsa salida, llevando al extremo la represión con el fin de quedar indemnes en lo personal e impunes ante la justicia.

¿Una contradicción? Exactamente, una contradicción, pero solo concebible en mentes irracionales, que no otra cosa han demostrado los dictadores, mucho antes del 18 de abril de 2018.

Por ello explicaré esta idea especulativa acerca de la finalidad de la represión extrema, en marcha: 1) porque de la acción represiva del 18 de abril, a la ilegalización y saqueo de nueve ONG, el asalto y confiscación de los medios de prensa de Carlos Fernando Chamorro, el  encarcelamiento de Miguel Moral y Lucía Pineda, más la confiscación del Canal 100% Noticias, han agotado sus principales recursos represivos, reservándose el peor de todos… ¡y ojalá nunca ocurra otra vez!: atentar contra la vida de los periodistas.

2) Porque los dictadores saben que después de esas muestras de represión contra la resistencia popular que no cesa aunque no se hagan marchas y las presiones internacionales, solo les quedarían tres opciones: a) seguir reprimiendo indefinidamente; b) aceptar la negociación política para elecciones anticipadas, libres y transparentes; y c) buscar cómo escapar del país, adonde puedan ser acogidos, en busca de impunidad para la familia y sus más cercanos cómplices.

La primera opción, no la aguantaría nadie por mucho más tiempo, comenzando por los mismos represores; la segunda, es la que han venido evitando, porque la ven como una derrota para sus intereses creados; y la tercera, es la que parece ser su opción.

¿Por qué esta última opción?

Porque tomo en cuenta que los dictadores han creído y hecho creer en el exterior su falso historial de heroicidad revolucionaria; y porque Ortega se ha creado hacia el exterior una imagen de gran líder antimperialista latinoamericano.

Conociéndose su egolatría, es de suponer que el dictador cree que en Cuba, Venezuela y Bolivia lo recibirán como un héroe continental, que resistió hasta el último momento la “agresión combinada de la derecha y del imperialismo”.

De otro modo dicho, es posible que el dictador –además de lo vengativo, como ha demostrado ser— no tendría reparos éticos para sacrificar más nicaragüenses con tal de fabricarse un pasaporte “heroico” para huir hacia cualquiera de los países mencionados, únicos en el continente en donde podrían garantizarse su inmunidad, y conservar la falsa imagen de “héroe antimperialista”.

Pero entre todas las ingratas posibilidades, la segunda opción –las elecciones anticipadas— sigue siendo la más humana y democrática posible salida para esta trágica situación.

II.- La psicología del ladrón

Pese a mis conjeturas anteriores, me gusta más recurrir a las experiencias para criticar, antes que pretender saber de todo y de todo el mundo, porque de las experiencias propias y ajenas mucho se aprende.

Se aprende hasta de las experiencias carcelarias, porque los ladrones, estafadores, criminales, carteristas, etcétera, son maestros en sus oficios y algo le pueden enseñar a cualquiera, incluso a quienes acostumbran ponerse su máscara de honestidad, para seguir siendo honrados, mientras no se les demuestra lo contrario.

Yendo al grano, recuerdo a tres amigos delincuentes entre las casi cien personas que como sardinas nos apiñábamos en la celda número 16 de la cárcel La Aviación: a La Flaca, con récord centroamericano en delincuencia, a El Ñato Cabrera, delincuente de oficios varios y a Muralla, especialista en incursiones caseras nocturnas a través de muros de casas y mansiones.

De los tres, La Flaca era quien más platicaba conmigo de asuntos políticos, El Ñato Cabrera, por las noches me prestaba su radito clandestino a través del cual él acostumbraba sintonizar Radio Habana Cuba, y Muralla me hablaba de zapatería, de colegas conocidos y de los motivos que le obligaron a dejar el oficio de calzar pies extraños por su nocturnal oficio de alpinista urbano.

Quienes estuvieron encarcelados en tiempos de la dictadura somocista, saben que unos delincuentes miraban con indiferencia a los presos políticos, otros se mostraban respetuosos y la  mayoría les ofrecía solidaridad. El motivo de ese comportamiento con los presos políticos, es porque ellos, a su manera, se sentían opositores de aquel régimen y, a la vez, víctimas de su represión.

No sé qué pensarán los presidiarios comunes del sistema político de hoy, ni cuál será su actitud hacia sus compañeros de prisión, los secuestrados políticos. Por la conducta en el poder de muchos ex prisioneros políticos, no necesito preguntarles a ellos qué piensan de sus antiguos compañeros de prisión, porque parece que quisieran borrar su pasado… borrando a los prisioneros.

Había tanta experiencia acumulada entre aquel montón de personas.  Pero de quien me interesa hablar ahora es de La Flaca, por sus criterios políticos y sobre la revolución social, gestándose entonces, y según nos la imaginábamos todos en 1968.

“Sabe –me dijo una vez La Flacayo pienso llegar a viejito con bastón, hecho mierda, pero robando, y solo dejaría de robar el día que en Nicaragua triunfe la revolución”.

¡Vano deseo el de aquel pobre hombre! Aunque vale más que no haya tenido la oportunidad de desengañarse, porque a pocos días de haber salido libre, lo mató un guardia somocista.

¿Saben dónde?, en el Parque Las Piedrecitas. Sí, casualmente  cerquita de donde acaban de inaugurar un puente a desnivel inconcluso, y quién sabe si La Flaca hubiese estado presente en esa inauguración… junto a otros colegas suyos.

Lo más interesante que recuerdo de mis pláticas con La Flaca, es su interpretación de la psicología de los que practican su oficio.

“¿Por qué cree usted –me preguntó— que el ladrón que se respeta, prefiere morir antes que entregar lo que se ha robado?”

Y ante mi ignorante silencio, él mismo se contestó:

“Porque cuando uno ve un objeto de cualquier valor, y nos gusta, desde ese momento lo consideramos de nuestra propiedad, y cuando lo tomamos, lo apreciamos como algo tan propio, que sentimos odio por la persona a la que perteneció lo robado cuando lo reclama, o por cualquiera que intente quitárnoslo… y en esa situación, los ladrones podemos matar o morir para conservar lo que ya pensamos nos pertenece”.

Le agradezco a La Flaca por la lección sobre la psicología de los ladrones y así conocer cómo se enamoran de lo ajeno… al extremo de matar o morir, por cualquier objeto que se roban, desde un córdoba, una ONG, hasta el poder político.

Por ese parecido con la realidad, ¿ustedes creerán que la lección de La Flaca, es pura coincidencia?

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