Opinión

“Demonstruación” militar sin pueblo

La dictadura, en sus acciones en contra del movimiento cívico y pacífico, utiliza al Ejército con sus monstruosos instrumentos bélicos, para apantallar



Con esa palabra compuesta, es como, en justicia, debería ser llamada la monstruosa demostración militar sin pueblo del pasado 3 de septiembre, una continuidad de la celebración del 40 aniversario del Ejército Nacional, cada vez menos nacional y más orteguista. Esto fue confirmado por los discursos que con elogios mutuos celebraron Daniel y Avilés, más la sumisión incondicional del jefe supremo del Ejército, ante el supremo jefe de Avilés, Daniel Ortega.  Y ambos, con déficit constitucionales desde sus respectivos cargos.

De nuevo, Dios en la boca de Daniel para decir lo que todo el mundo conoce al revés, y lo puso como testigo de que su gobierno nunca le ha hecho ningún mal a nadie, por lo cual, en nombre de su “cristiana” inocencia, clamaba su intersección para que los malos les dejen seguir en paz. Si hasta parecía que, en  verdad, esa tarde-noche y su monstruoso espectáculo estaba ocurriendo en un rico y poderoso país, pese a que con solo ver un chayopalo era suficiente para no ir muy largo con esa ilusión.

Pasando esos instantes de ilusión, todo seguía aquí igual, junto a todos sus hechos monstruosos presentes y en la memoria:

La monstruosa omisión de los centenares de muertos producidos por la represión de policías, parapoliciales, paramilitares y los diarios secuestros, con sus cuotas previas de asedios y torturas, sin dejarles a los opositores un solo momento de paz, la que tanto les gusta invocar a los dictadores, pero solo para su exclusivo uso.

La monstruosa mentira de que aquel espectáculo de guerra era un “desfile militar y del pueblo”, si al pueblo trabajador de Managua le prohibieron el tránsito a muchas cuadras próximas a la avenida Bolívar, evitando la circulación de los trabajadores que de sus centros de trabajo de las zonas oriental y oeste –y viceversa— deseaban llegar pronto a sus respectivos hogares… para ver si a su mujer le habían fiado para “el gallo pinto”.

La monstruosa simulación de que el pueblo estaba presente viendo el desfile, cuando en verdad eran grupos de pocas personas presentes, que apenas llenaban las tribunas oficiales, entre invitados extranjeros, esposas, hijos, familiares de los militares uniformados de fantasías de guerra, los pechos llenos de charreteras de cobre y armas mortales en sus manos.

La monstruosa exhibición de las maquinarias de guerra de un país en paz con el mundo exterior (aunque no en la paz del gobierno con el pueblo).  Esto hace pensar que los dueños de la maquinaria bélica que, en una guerra de verdad y frente a otra monstruosa maquinaria más grande en cantidad y en técnica militar, de la cual, ojalá, nunca seamos testigos… de su inefectividad. (Por aquello de que “no es lo mismo verla venir que platicar con ella”)

El monstruoso costo monetario de ese montón de máquinas de muerte, y en el combustible para moverlas –sin contar con el costo de mantenimiento—, en un país donde su población pobre, cuando un familiar está en peligro de muerte, tiene que pagar transporte o dejar que se muera, porque el centro de salud del barrio no tiene ambulancia y, cuando la tiene, no se mueve por falta de combustible para trasladarlo a hospital.

La monstruosa burla contra la población, cuando los dictadores proclaman su amor por la paz –y se la demandan a Dios—, al mismo tiempo que buscan cómo meterle miedo a todo el mundo con la presencia tronante y potencialmente mortal de su parafernalia de guerra.

En verdad, el pueblo estuvo ausente en la “demonstruación” del 3 de septiembre, pero los dos canales de televisión independientes, encadenados a los muchos canales de la familia dictatorial, les llevaron a sus casas las imágenes del desfile.

El monstruoso engaño –o su pretendido engaño— a la opinión internacional, con toda la mala intención de los dictadores, perdió efectividad.  ¿Por qué? Porque, con solo que en el exterior imaginen cuán monstruoso puede ser el costo del mantenimiento del ejército en un país paupérrimo, se darán cuenta de la falsedad del pretexto de que esa maquinaria bélica está destinada a proteger “la paz”.

Afuera, imaginarán también que, siendo Nicaragua un país tan pobre, e igual de pobre su presupuesto nacional, y se gasta tantos millones de dólares en fuerzas militares, nunca podrá eliminar, ni siquiera paliar, las necesidades vitales de su pueblo.  Y podrán confirmar que la pobreza no se combate con armas de guerra, porque el verdadero enemigo de la paz es no poder conquistar la comida para todos, el bienestar material y las libertades.

Es falso pues, que la paz de nuestro país –menos la paz social—, se puede garantizar con fuerzas armadas represivas y al costo de una millonada de córdobas.

Ante ese costo, y ante las tremendas carencias vitales que sufre el pueblo, ¿alguien podrá pensar que este es un gobierno democrático de un país progresista, o “revolucionario”, porque mantiene un Ejército tan costosamente armado?

¿Y qué se puede pensar también en el mundo exterior –y no los guardias de otros ejércitos, que vienen invitados a hacer turismo—  del alto costo de mantener un ejército, mientras que su jerarquía promueve sus propias actividades financieras y comerciales multimillonarias, sin que ningún centavo trascienda al resto de la nación?

Es monstruoso el hecho de que, mientras la paz y el bienestar social, la tranquilidad ciudadana y las libertades de los nicaragüenses comenzaron a ser amenazadas, reprimidas y cortadas por policías, paramilitares  y turbas orteguistas, la jerarquía militar haya fingido imparcialidad.

Y también lo es, que ahora, en los dos últimos actos de aniversario, el general Avilés pusiera como pretexto una supuesta intención de “golpe de Estado” (dizque que sonsacando a sus mandos), como pretexto para declararse incondicional con los dictadores, a nombre de una Constitución por ambos desconocida y violada.

Es evidente que la monstruosa comunidad de intereses entre los jerarcas políticos de la dictadura y la jerarquía militar del Ejército, no tiene ningún carácter constitucional real, sino de carácter eminentemente político y económico.  Son dos jerarquías políticas con un poder militar compartido.

Ambos poderes son los verdaderos factores que les identifican y los unen. Esos dos poderosos motivos los hemos conocido de siempre, y más durante los últimos doce años, y, como nunca antes, sus coincidencias se han manifestado en toda su desnudez durante este 40 aniversario.

Todo eso, en especial la mancomunidad de intereses y de objetivos buscados por los Ortega, Murillo y Avilés –como representativos de sus respectivos grupos, dentro de un solo poder, antes que militares, son eminentemente políticos y económicos.  Por lo tanto, los opositores auto convocados, y algunos partidos, han hecho bien en insistir que la lucha contra los dictadores, no es una lucha armada, sino política y pacífica.

Por ese motivo, la dictadura, en sus acciones en contra del movimiento cívico y pacífico, utiliza al Ejército con sus monstruosos instrumentos bélicos, para apantallar y meter miedo (y quién sabe si también para ayudas “técnicas” ocultas).  Pero, para la represión directa, utilizan a la Policía y sus parapoliciales (por su máscara de cuerpo legal para mantener el orden público) y a las turbas orteguistas armadas, que los hacen pasar como grupos civiles.