Opinion

Desde una prisión de Daniel Ortega

El preso político John Cerna, conocido como el "Tigrillo", es el último universitario condenado por el régimen orteguista a 12 años de cárcel

Escribo estas palabras desde una celda en la cárcel nicaragüense de “La Modelo”.

Casi todos me conocen como Tigrillo. Era estudiante de la Universidad Nacional de Ingeniería en 2018, cuando estallaron las protestas estudiantiles. Estaba terminando el quinto año de Ingeniería Civil y me expulsaron cuando me uní a las protestas. Casi muero allí esos primeros días, cuando la Policía me disparó a quemarropa.

Luego me atrincheré en la UNAN Managua, donde estuve apoyando al puesto médico. De allí pasé a vivir como si me estuvieran cazando. Pude continuar mis estudios en la UCA, a pesar de complicaciones médicas producto no solo de la persecución en mi contra, sino también de las capturas frecuentes de otros compañeros. Los estudiantes hemos sido los más sacrificados en esta coyuntura.

Tengo 24 años y, al igual que muchos con los que ahora comparto encierro, nuestro único error fue haber crecido creyendo en la posibilidad de un país en donde tengamos oportunidad de salir adelante por nuestro trabajo y no por “el partido”. Fui capturado el 28 de febrero de este año, tras un operativo de “inteligencia nacional”. Pero no se las dejé fácil, pude mandar un SOS y avisar. Me acusaron de tráfico de drogas, un delito que no cometí, pero qué hacemos en el país de “la normalidad”, además de correr el riesgo de que nos maten por creer en algo. Me condenaron a 12 años y 6 meses.

Estoy en una celda con reos comunes, junto a acusados de violación, de feminicidio, de tráfico de estupefacientes, de robo. Aquí hay entre 18 y 24 reos por celda. Cocinamos sobre un ladrillo de barro con una resistencia. A veces nos dan 15 minutos de “sol”, pero casi todo el tiempo pasamos encerrados.

En los primeros días soñé con una “nube” (mensaje escrito en papel) que decía: “Ya logramos tu libertad”. Al despertarme seguía preso tras estos barrotes oxidados.

El encarcelamiento que ahora vivo es peor que el que nos reportaban los compañeros hace dos años. Han muerto presos en las diferentes galerías por “complicaciones respiratorias” o cualquier excusa, menos el virus.

Las autoridades tomaron medidas, pero han sido tardías. Rocían con cipermetrina las celdas a diario, toman la temperatura y te fotografían; no hay consultas médicas, mucho menos medicamentos. Racionan la comida.

Desarticularon la galería de los viejitos porque murieron tres a mediados de mayo; improvisaron un indulto para liberar a los demás. La situación es tan grave que los mismos funcionarios del penal están falleciendo de covid-19, pero por necesidad los que quedan siguen trabajando. Ahora restringen las visitas y se ha limitado a un familiar por presidiario.

El sistema nos afecta a todos por igual y está viciado por doquier. A los reos comunes los deja a mitad de proceso por largos períodos, los acusan e inculpan injustamente, les reducen los beneficios y si se los devuelven es para congraciarse con las familias, jugando con la dignidad humana. “La prisión también cambió desde 2018”, le escuché decir a uno un día de estos.

Mi papá murió tres semanas antes de que me capturaran. En mi última conversación con él me dijo: “Tenés grandes propósitos… Aunque nunca te voy a entender”. Yo le refuté: “Ahí vas a tener mis dos cartones (títulos)”. Lo único que él quería era verme con un mejor futuro. Era mi héroe.

Lamentablemente a la “juventud, divino tesoro” de Darío le ha tocado pagar los platos rotos de los más longevos, como todo mal augurio en esta Latinoamérica; como Neomar Lander en Venezuela y Alvarito Conrado aquí. Una vez le dije a alguien que mi mayor miedo es “no ser suficiente”.

Días antes de ser apresado, casi muero ahogado con un amigo al que la crisis, los problemas y la depresión lo estaban matando. Habíamos ido a la costa para despejar la mente un poco y sonsacarlo de esas ideas destructivas. A cien metros de la orilla y hundiéndose en el agua, descubrió que quería seguir viviendo. Nos rescataron unos pescadores. Siempre intento ayudar a los míos en lo que pueda.

A principios de este año me tocó llorar a la Valentina “Toretto”, una compañera de lucha, con quien estuve en la toma de la rotonda Rigoberto López Pérez, frente a la UNAN, en 2018. Como ella escribió después, en aquellos primeros días de lucha, en aquella rotonda, creíamos que la dictadura agonizaba. Valentina se quitó la vida el 6 de enero de este año. Día de Reyes. Poco antes subió a su blog una carta de despedida, en la que escribió:

La verdad es simple: ya me cansé de sufrir y de ver sufrir. Ya no estoy esquivando balas todos los días en una barricada, y no concibo nada igual de importante que hacer… No veo plausible para mi país la libertad y la equidad social que se reivindicó con la anarquía en 2018. Soy realista. Estoy viviendo en una dictadura pero mi vida es mía, y no tengo por qué seguir soñando con los cadáveres que he visto. No quiero saber nada de reunioncitas de salón con discursos melosos; la moralidad performática de ese juego político se reduce a espejos del ego y anhelos de poder. Solo eso queda.

Intento ahora ayudar a los chavalos en crisis, porque ha sido muy difícil para nosotros. Me envían mensajes, ellos allá afuera y yo aquí adentro. “Estás donde no deberías estar, pero fundamentalmente no estás”, me decía alguien en uno de esos mensajes. Pero aquí estoy.

Entre las peores cosas que he sentido es el dolor de que una vida se me vaya entre las manos, como cuando levanté a Chester Chavarría, en la Unan Managua, o una prima que dejaron morir porque, en julio 2018, en los hospitales públicos preferían darle la sangre a los heridos del Gobierno que a los pacientes de oncología.

¿Dónde están la paz y el amor que pregonan a diario en los medios de la dictadura? ¿Cuánto nos van a seguir quitando a costa de sus intereses miserables? El difunto Tomás Borge lo dijo: “Podremos perderlo todo, pero nunca el poder”, ignorando que tres cuartas partes de la población votante es menor de 40 años, conscientes de todo lo ocurrido a la fecha.

El día en que “limpiaron” la Unan, le dije al cardenal Leopoldo Brenes en la iglesia Divina Misericordia: “¿Qué vas a negociar con tu verdugo? ¿La manera en que te mata?”

De entre los presos políticos han “priorizado” a unos 37 de los casi 100, por problemas médicos, nos han sacado a chequeos bajo la supervisión del Comité Internacional de la Cruz Roja. Pero en realidad solo es protocolo para asegurar que sus “monedas de cambio” estén vivos y “sanos”. En una ocasión hablé con la encargada del Comité, quien me aseguró que venían porque las “autoridades” lo piden.

A cuatro meses de mi detención, nunca nadie me ha atendido por el déficit respiratorio, una costilla rota sin sanar completo, la luxación crónica del hombro y un charnel de escopeta que cargo conmigo en la sien izquierda, como remanente de esta lucha.

No somos la moneda de cambio por la absolución de crímenes de lesa humanidad. Así se lo han querido vender al mundo creando una Ley de amnistía, ignorando tanto daño hecho. Tampoco queremos salir y vivir con miedo en un Estado policiaco, con patrullas a cada esquina. Para ser honesto, quiero que Nicaragua sea un lugar donde mis hijos no tengan que vivir lo mismo que yo.

Hemos intentado negociar nuestra liberación, pero también hay intereses de por medio. La empresa privada insiste en jugar un doble rol, no han querido confrontar con el régimen. El verdadero “paro nacional” jamás ocurrió, y no pueden decir que tienen demasiado que perder, porque sus activos dependen de sus empleados. En algún momento rendirán cuentas de sus negocios con el Gobierno y, como cita el refrán: unos a la bulla y otros a la cabuya. Los empresarios son otros que se han aprovechado de las circunstancias para su propio beneficio.

Hay más de cien mil nicaragüenses que fueron forzados a dejar su lugar, sin destino fijo, que han pasado dificultades, esperando poder retornar a casa, con garantías de no repetición y de que el Estado vele por ellos, ya que su seguridad es primero. Para lograrlo es necesario una memoria completa, justicia transicional, procesos de reconstrucción a todos los niveles, responsabilizar a los asesinos por el daño causado, reformas electorales y autonomía universitaria. De momento esto parece  una utopía, pero un día será de día.

Hoy le toca a nuestra generación hacer la historia. Desde la cárcel, ahora soy yo quien dice lo que antes, frente a otra dictadura, dijo Carlos Fonseca: ¡Yo acuso a la dictadura!

*Este artículo fue publicado originalmente en el diario digital salvadoreño El Faro

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