Opinion

Diecisiete ese día

Yo pronto espero conocer, el nombre de los diecisiete masacrados ese día en “la madre de todas las marchas”

Cayó en miércoles y esa tarde no llovió. El sol pareció empecinarse en atizarnos la imperiosa avidez de asistir bajo su amparo. Ardiéndonos la piel, caminamos desde las dos en punto, lentamente, como detrás de un funeral nutrido, pero extrañamente festivo, diverso, alborotado. Marchamos apretados, no había espacio para avanzar a prisa entre la ajustada multitud que no cabía. Nos movíamos como un solo manto, enorme y denso, enhebrados con hilos de todos los colores. Sentíamos que éramos el mundo entero atado fuertemente por la solidaridad desbordada, la complicidad abierta, la unidad humana amplia, cívica y confiada. Para entonces, ya eran más de ochenta los muertos, aparte de los heridos y desaparecidos que, según doña Vilma Núñez, ya son incontables.

No sé qué día se anunció esta marcha, pero no fue con mucho tiempo de anticipación, talvez una semana o, a lo sumo, cuatro días antes. Aquí la gente está de “veme y no me toqués” y se lanza a las calles, rebalsándolas de un momento a otro, al primer anuncio de 100% Noticias. Casi al mediodía había visto a un grupo de las Madres de Abril en el canal de Miguel Mora. Explicaban, con Jaime Arellano, el recorrido completo encabezado por ellas. También hablaron del orden que debía guardarse, la puntualidad, el nombre de los grupos musicales con que concluiría en la tarima que tenían dispuesta frente al portón de la UCA. Una de ellas, con la voz quebrada y los ojos reteniendo lágrimas, frente a la pregunta del periodista hizo el esfuerzo de explicar el motivo: ¡exigir justicia por sus hijos masacrados! Las demás completaron sus palabras y Arellano le pasó un vaso con agua y también lagrimeó.

Ya había pasado lo peor en abril, eso creíamos. No se atreverían a provocar más sangre, y menos el “Día de las madres”. Vos sabés que esa celebración es casi sagrada en nuestras tradiciones. Aun el más pobre o desarraigado de los hijos procura, aunque sea una flor robada, para su progenitora. Las tiendas se atestaban de compradores, los restaurantes se llenaban de familias almorzando, y los colegios, oficinas y hogares celebraban desde bien temprano con veladas, serenatas y regalos, a las madres. Pero este mayo, el comercio no se atrevió a ofrecer sus habituales ofertas y no hubo en las calles vendedores de nada, más que banderas azul y blanco, pitos que hacen un estruendo terrible, pañoletas, cintillos y agua helada.

A esta marcha la respetarían, por supuesto, no les convenía provocar más violencia porque su poder continuaría tambaleándose. El mundo ya está alerta, el duelo fresquito recorre entero el país, importantes ciudades siguen tomadas por la gente, los campesinos continúan trancando por los cuatro costados las principales carreteras, varias universidades todavía están en manos de los estudiantes y en todos los pueblos se suda indignación. Era urgente seguir la protesta en las calles, exigir justicia, libertad y que “se vayan”. Se les había pasado la mano con la masacre de abril, que fue lo peor que habían causado y ellos lo sabían. De ahí que, quince días antes, se habían sentado a “dialogar” para remendar sus crímenes y buscar cómo salir con un mínimo de “elegancia”, si así se puede llamar a dejar el poder sin más derramamiento de sangre.

Nadie quería ni podía celebrar el “Día de las Madres”. ¡No hay nada que celebrar!, decían en las redes. ¡Lo que toca es marchar! Y la bautizaron “La madre de todas las marchas”. Casi a las cinco, antes que se ocultara el sol, escuchamos los disparos y se vino la estampida: un mar humano sin control y desbordado huyendo del sector de la UCA con pánico, con terror. No lo creíamos, no era posible, pero el gentío corría en distintas direcciones, mientras angustiados choferes de vehículos abrían brechas entre oleadas de personas despavoridas.

¿Qué más decirte? Desde la noche de ese día una imagen se proyecta en mi cabeza antes de dormir. La pasaron decenas de veces esa misma noche y durante varios días en 100% Noticias: en las inmediaciones de la Avenida Universitaria, cerca de la UNI, entre decenas de jóvenes vociferantes, un muchacho ensangrentado es cargado por otros tres y subido al asiento de una moto con su cuerpo desmadejado, recostado en la espalda del motociclista de cabello ensortijado y abundante, que arranca aprisa buscando un hospital. El muchacho herido -también sostenido por el que va detrás de él- lleva sus ojos cerrados, parece muerto, parece vivo, no lo sé.

Mira los vídeos, aunque te parezcan aterradores, y lánzalos al mundo. Yo pronto espero conocer, el nombre de los diecisiete masacrados ese día.

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