Opinion

Don Tito

A mediados del año 2013 organicé y revisé decenas de ensayos y artículos de opinión del Dr. Ernesto Castillo Martínez (Granada 1939 – Managua 2019), publicados en La Prensa, Barricada, El Nuevo Diario, La Prensa Literaria, Nuevo Amanecer Cultural, Envío, Cuadernos Universitarios y medios extranjeros, memoria sociopolítica después sistematizada en el libro Ensayos y opiniones sobre la realidad nicaragüense (Managua, 2014, 712 páginas). En esos días conversé varias veces con don Tito Castillo y doña Cuta, y como una cosa lleva a la otra, derivamos ineludiblemente a los atropellos cometidos por Daniel Ortega, los que cuatro años después -ya sin máscaras- desembocaron en la masacre de 2018, la que multiplicó por 100 los universitarios asesinados medio siglo atrás por la Guardia somocista en León.

Pero fue al leer La vida es una historia para contar, magnífico testimonio de doña Cuta -su otra mitad, porque solo juntos estaban completos- que conocí detalles de la prolongada participación de don Tito Castillo en la lucha por la liberación de Nicaragua. Así supe que, con el poeta Luis Rocha, creó el semanario Testimonio, publicación cristiana de denuncia a la luz de los documentos de Medellín y del Evangelio, en el que escribieron, entre otros, José Coronel Urtecho y Ernesto Cardenal; que la dictadura lo encarceló por sedición, por lo que todos los días doña Cuta iba de Granada a Managua a llevarle alimentos; que en los vaivenes de la lucha tuvieron tiempos de holguras y de limitaciones monetarias, pues él, coherente con su actuar, dejó su prestigiada firma de abogados y organizó un bufete popular en la UCA -donde era docente de Derecho- para defender presos políticos y gente pobre.

También me enteré que, en yunta con el Dr. Manolo Morales, defendió guerrilleros en Consejos de Guerra; que en la librería Club de Lectores, con la fachada de vender libros, recibía mensajes de gente legal o clandestina, entre ellos Ricardo Morales Avilés, correos que enviaba a la montaña o sacaba del país; que una noche, esbirros de la temible Oficina de Seguridad Nacional allanaron la librería y se llevaron numerosos títulos prohibidos, pero dejaron La Sagrada Familia, creyendo que Federico Engels era sacerdote. En su casa, don Tito Castillo y doña Cuta ocultaron perseguidos por la otra dictadura, y desarrollaron tal nivel de compartimentación que alguna vez, Carlos Fonseca y Carlos Agüero, estuvieron bajo el mismo techo sin que ninguno se enterara de la presencia del otro. Por un buen tiempo, un joven convivió con ellos y solo supieron su verdadera identidad cuando éste cayó combatiendo en Las Delicias del Volga.

Un día, al recibir información que la Guardia lo buscaba, se exilió en Costa Rica con doña Cuta y sus ocho hijos. Allá, la familia siguió conspirando. Antes y durante la guerra de liberación, su casa, ubicada en las afueras de San José, fue lugar de convalecencia de combatientes del Frente Sur; punto de contacto de jefes guerrilleros que comandaron la lucha en Nicaragua; base de operaciones de la clandestina Radio Sandino; puerto de llegada de Fernando y Ernesto y Cardenal, y centro de encuentro y conspiración de personalidades nacionales e internacionales. Como dar con la dirección de la casa no era tan fácil, don Tito, con fina ironía, puso un rótulo a la entrada que decía: ¡Aquí es! De allí salió su hijo Ernesto Castillo Salaverry cuando se integró a la guerrilla. Sólo tenía 20 años el poeta –la misma edad de Leonel Rugama- cuando en 1978 cayó combatiendo en la insurrección de León, época en que don Tito integraba el Grupo de los Doce, expresión política de la guerrilla.

Meses después del 18 de abril de 2018, y arreciada la represión, la Policía capturó en las protestas a una de sus hijas, y la encerró en El Chipote, la misma cárcel donde décadas atrás él fue torturado por la dictadura somocista. Sería difícil sacarla de las ergástulas de la infamia, pero, pese a su quebrantada salud y desafiando a la claque instalada frente al portón del presidio con la misión de zaherir a familiares de presos políticos, exigieron su libertad. Y como en sus tiempos de lucha, desde el fondo de su estirpe, de su enfermedad y de sus 80 años, don Tito Castillo gritó enardecido: —¡Muera Daniel Ortega!, y lo hizo con tal autoridad y convicción que ninguno de los fanáticos lo insultó.

El 14 de febrero de 2019, Día de la Amistad, ese caballero de trato afable y respetuoso se marchó para siempre. Eso sí, siempre tuvo la certeza de que Nicaragua será libre.

Barcelona – Managua, enero 2020

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