Opinión

Día Internacional de la Mujer

Donde Dios es varón, los varones se creen dioses

Toda nuestra cultura cristiana está articulada a partir de la imagen de un Dios masculino que norma su creación desde arriba y desde afuera



Recuerdo perfectamente dónde estaba hace una docena de años cuando abrí un boletín de noticias del Concilio Mundial de Iglesias y leí aquel titular: “Donde Dios es varón los varones se creen dioses”.

No sólo cambia uno cayendo de un caballo y de camino a algún Damasco… En aquel momento no me caí de la silla y seguí en el lugar de siempre, pero ese titular fue como una revelación. Me hizo caer en la cuenta de algo esencial. Agarrada de esa idea inicié un camino que desde entonces no he dejado de recorrer.

Bajo ese título venían las palabras de la ministra protestante Judith Van Osdol en un encuentro regional de mujeres celebrado en Buenos Aires.

“Las iglesias que imaginan o representan a Dios como un varón tienen que hacerse cargo de esta imagen creada como herejía. Porque donde Dios es varón, el varón es Dios…”

Cuando leí esas dos frases sentí que estaba tocando las raíces más antiguas de la discriminación, del menosprecio, del desprecio, del odio, de la violencia contra las mujeres… He seguido reflexionando desde entonces, escudriñando cómo se forjó esa antiquísima raíz.

Si toda religión consiste en hacer visible en palabras, en narraciones, en imágenes al Dios a quien nadie vio jamás, es evidente que la religión cristiana, de matriz judía, ha empleado oraciones, alabanzas, pinturas, cantos, esculturas y símbolos, todos masculinos, para hacer “visible” a Dios. Apenas unas cuantas referencias bíblicas tienen un matiz femenino. También se ha incorporado hoy al lenguaje litúrgico llamarle “Dios Padre y Madre”… ¿Bastará eso?

Partiendo de nuestra herencia cultural podemos afirmar que, aunque Dios no tiene sexo, desde hace miles de años sí tiene género: el género masculino.

Sabemos que el sexo es una característica biológica y el género una construcción cultural. Por eso, aunque en Dios está presente tanto lo femenino como lo masculino como expresiones de la Vida, en la cultura judeocristiana, en la cultura bíblica, en la tradición cristiana, católica, ortodoxa o protestante, en los textos de cuatro mil años de escritura, en la literatura del Judaísmo, en la de dos mil años de Cristianismo, también en el Islam, Dios tiene género y su género es masculino. Eso significa que Dios es imaginado, pensado, concebido, rezado, cantado, alabado o rechazado… como un varón. ¿Cómo no pensar entonces que esa milenaria identificación genérica, cultural, de Dios con lo masculino no tenga consecuencias en la sociedad humana?

Por ser el género una construcción cultural, también se puede cambiar. Porque todo lo que se construye se puede de-construir para reconstruirlo de nuevo. Creo que de eso se trata: de reconstruir el rostro de Dios también en femenino, una tarea que no es sencilla, pero, ¿cómo no pensar que eso tendría consecuencias importantes en la ética, en la espiritualidad?

Por la antropología cultural, sabemos que, al principio Dios “nació” en la mente humana en femenino, que la idea de Dios nació vinculada a lo femenino. Durante milenios, la Humanidad, asombrada ante la capacidad de la mujer de generar en su cuerpo el milagro de la vida, veneró a la Diosa Madre, viendo en el cuerpo de la mujer la imagen divina. Durante milenios, todos los pueblos de la Tierra pensaron a Dios como una madre.

Muchos milenios después, la revolución agrícola trajo acumulación de granos, de tierras y de animales… y trajo también la necesidad de defender con armas, graneros, tierras y ganado. En esta etapa, y poco a poco, la Diosa Madre fue quedando relegada y dioses masculinos y guerreros, que decretaban guerras y exigían sacrificios sangrientos, se fueron imponiendo en todos los pueblos de la Tierra. Los dioses masculinos dominaron las culturas del Mundo Antiguo y desde entonces se impusieron en todas las religiones que hoy conocemos. También en la Biblia suplantaron a la Diosa Madre y finalmente, Yahvéh, el Dios de la Biblia se impuso en la imaginación del pueblo hebreo. Es el origen de lo que hoy llamamos “cultura religiosa patriarcal”.

En la iconografía cristiana, en las imágenes que hemos visto desde niños, Dios es un anciano con barbas. Es también un Rey con corona y cetro sentado en un trono. Es un Juez inapelable, de decisiones inescrutables. Es también el Dios de los Ejércitos. Siempre es una autoridad masculina. Los dogmas cristológicos nos dicen que ese Padre Dios tiene un Hijo, también Dios, que “se hizo” hombre, lo que sugeriría que su esencia anterior a ese “hacerse” era también masculina. La tercera persona en esa “familia divina”, es el Espíritu Santo. A pesar de que en hebreo, la palabra “espíritu” es una palabra femenina, es la “ruaj”, la fuerza vital y creadora de Dios, la que lo pone todo en movimiento y anima todas las cosas, nos enseñan que el Espíritu dejó embarazada a María, lo que nos lleva a pensar que el Espíritu es un principio vital masculino.

Incluso en expresiones religiosas muy posteriores, populares y liberadoras, como las que se expresan en la Misa Campesina Nicaragüense, Dios es un hombre. Le cantamos como “artesano, carpintero, albañil y armador”. Ningún oficio femenino, ni siquiera el de vivandera, tan masivo en Nicaragua, tiene ese Dios. Y lo “vemos” en las gasolineras chequeando las llantas de un camión, patroleando carreteras, lustrando zapatos en el parque, siempre en trabajo de hombres. No lo vemos lavando o cocinando o cosiendo, mucho menos dando de mamar. Es un Dios de los pobres, es pobre y popular, pero… es varón. El Dios de la Teología de la Liberación siguió siendo un Varón.

Jesús de Nazaret fue educado en la religión de sus padres. En el Judaísmo Dios era imaginado y pensado siempre en masculino. Jesús nos lo presentó como un Padre bondadoso y lo llamó “Abbá”, no lo llamó “Immá”. Sin embargo, hay en las actitudes de Jesús un acercamiento a las mujeres similar al que tuvo con los hombres, lo que contrariaba su religión. Y hay en la propuesta ética de Jesús valores atribuidos por la cultura a “lo femenino”: el cuidado, la pasión y la compasión, la no violencia, la cercanía, la empatía, la intuición, la espontaneidad…

Y hay también una pista interesante en algunas de sus parábolas. ¿Tal vez una intuición del hombre de Nazaret? Jesús hizo protagonistas de sus comparaciones con Dios y con el actuar de Dios a las mujeres.

En la parábola de la levadura habló de lo que sucede con el Reino de Dios: tan sólo una pizca de levadura fermenta toda la masa y eran mujeres quienes hacían el pan, quienes ponían en marcha ese proceso. Habló también del cuidado que tiene Dios con todos sus hijos, comparando a Dios con un pastor que busca a costa de riesgos a una de sus cien ovejas cuando se le perdió. Inmediatamente, el Maestro de Nazaret “feminizó” su comparación y dijo que Dios se parece también a una mujer que busca ansiosamente una de las diez monedas de su dote cuando se le perdió…

Esas comparaciones tuvieron que resultar sorprendentes para su audiencia, educada en una cultura religiosa donde Dios tenía género masculino y donde las mujeres eran discriminadas totalmente en las prácticas, ritos y símbolos de la religión. Al comparar los sentimientos de alegría de Dios con los del pastor que encuentra a su oveja y con los de la mujer que encuentra su monedita, Jesús amplió la imagen de Dios, habló de un Dios al que nunca nadie vio, pero al que tanto hombres como mujeres revelan y manifiestan cuando cuidan la vida.

Pero en nuestra religión cristiana, sea en versión católica como evangélica, debemos admitirlo, y tal vez revisarlo, hemos sido más seguidores del fariseo Pablo de Tarso que del maestro Jesús de Nazaret. Las contradicciones que existen entre Pablo y Jesús son enormes y no nos han enseñado a tenerlas en cuenta. Donde Jesús dignificó a las mujeres, Pablo las mandó a callar y sentenció que “la cabeza” de la mujer es el varón, sentenciando después, basado en el mito de Adán y Eva, que “el varón fue primero y que “la mujer procede del varón”. Llega a decir Pablo que las mujeres sólo se salvarán “por la maternidad”. La imagen masculina de Dios, que Pablo refuerza es también la de un Dios colérico con un plan de salvación sangriento que su hijo, “segundo Adán”, debe cumplir sufriendo y muriendo… ¿Cuándo dejaremos de decir en cultos y templos que todo lo que dijo Pablo es “palabra de Dios”?

Mientras llega ese día, que espero llegará, nos toca reflexionar en serio sobre la gravedad de las consecuencias que tiene la imagen masculina de Dios, tan arraigada en nuestra mente y con la que convivimos sin revisarla.

¿No es la más obvia de esas consecuencias deducir que si Dios es visto como varón los varones se verán a sí mismos como dioses? ¿Y si además Dios es visto como un varón que ordena, impone y juzga, los varones, que se ven como dioses, no ordenarán, se impondrán y juzgarán? ¿No será ésta la raíz más vieja y más oculta que justifica y legitima la supremacía de los hombres, y en consecuencia la inequidad entre hombres y mujeres? ¿No estará también aquí una explicación, muy soterrada, de la discriminación y la violencia de los hombres contra las mujeres? ¿No será que, como esa raíz permanece tan escondida, lleva tanto tiempo intocada, y estamos anestesiados todos, hombres y mujeres, ante sus consecuencias?

Toda nuestra cultura cristiana está articulada a partir de la imagen de un Dios masculino que norma su creación desde arriba y desde afuera. La Diosa Madre unificaba a todos los seres vivientes, humanos, animales y plantas, desde dentro de todo lo creado. El resultado del desequilibrio histórico que la sustituyó a Ella para imponerlo a Él, que conflictuó lo masculino y lo femenino trasladando ese conflicto a la imagen de Dios, tiene consecuencias en la forma en que hemos construido el mundo y en cómo vivimos en el mundo.