Opinion

El 41 aniversario de la revolución sandinista y el hundimiento del régimen orteguista

La lucha del pueblo de Nicaragua sigue siendo por alcanzar libertad, democracia, justicia para las víctimas, y justicia social para todos

Miles de nicaragüenses dieron su vida en la lucha contra la dictadura somocista, a lo largo de los cuarenta años de su duración. Las mayores cuotas de sacrificio se pagaron en la fase final, cuando la población, particularmente la juventud, se incorporó de manera masiva en las insurrecciones que culminaron con el triunfo de la Revolución Sandinista, el 19 de julio de 1979. Fue un largo y doloroso recorrido, ¡Eso no lo olvidaremos jamás!

Durante estas décadas de somocismo, fueron miles de campesinos los desaparecidos; decenas de líderes sindicales, encarcelados una y otra vez; y cientos de combativas mujeres violadas en las mazmorras somocistas. La población civil fue masacrada por bombas y rockets lanzados por la aviación somocista en las insurrecciones del 78 y 79.

¿Qué propósitos movieron a luchadores de ideología liberal o conservadora, que sufrieron cárcel, destierro y la muerte en distintas etapas de la lucha anti somocista? ¿Qué ideales impulsaron a la juventud a involucrarse en la lucha armada sandinista a riesgo de perder su vida? ¿Qué unificó a todo un pueblo para que, procedente de distintas ideologías, estratos sociales o adscripción religiosa, se decidiera a aportar, desde distintas formas de lucha, al torrente nacional que puso fin al despótico régimen que nos subyugaba?

Logramos al final construir un consenso, ineludible frente al brutal escalamiento de la represión y los crímenes contra la población; uno de los más aberrantes fue el asesinato de Pedro Joaquín Chamorro en enero de 1978. El pueblo pensó, si asesinaron a Pedro Joaquín ¿quién podrá salvarse? Se unificó entonces el grito nacional: ¡Basta ya ¡

Para la construcción de Nicaragua post-Somoza, la mayor parte apostábamos a un modelo propio, derivado de nuestra realidad, con sus límites y oportunidades. De una nicaragüense lectura del marxismo surgió luego la propuesta de economía mixta, la convivencia de la economía social, cooperativa y del Estado, con la propiedad privada y el mercado. A la mayoría, no nos gustaba el partido único, estábamos comprometidos con el pluralismo político y no nos interesaba alinearnos con ninguna de las potencias. Aspirábamos a una política exterior independiente y no alineada.

Aunque Somoza nos calificaba como “comunistas”, la mayoría de la militancia luchaba por construir una sociedad donde valiera el voto democrático, en dónde la gente pudiera organizarse para defender sus derechos y que no se persiguiera a nadie por sus ideas políticas ni sus creencias religiosas. Y muchos soñábamos, sobre todo, en acabar con la pobreza que afligía a más del 60% de los nicaragüenses. En la nueva Nicaragua habría progreso, educación, salud y trabajo para todos.  Este anhelo de país explica la integración a la lucha de miles de jóvenes cristianos y sacerdotes, desde nuestras convicciones del “dios de los pobres, humano y sencillo”, como rezaba la misa campesina.

Lo que quiero enfatizar es que el fin de la dictadura y el nuevo proyecto nacional llegó a ser una bandera en la que se involucró la gran mayoría del pueblo nicaragüense, y que al llegar al 19 de julio de 1979 sólo el núcleo central de somocismo, una clara minoría, estaba con el tirano. El 19 de julio fue entonces la victoria de una inobjetable mayoría social y una hermosa fiesta nacional.

Lamentablemente, nuestros sueños no se pudieron realizar.  No es el espacio aquí para referirnos con detalle a ello, pero no podemos obviar que la decisión de Ronald Reagan de combatir a la revolución sandinista financiando y armando a la contra en una guerra, llamada “de baja intensidad”, explica, en parte, el propio derrotero de la revolución. En esta guerra civil, como en toda conflagración, hubo que lamentar miles de muertos, violación de derechos humanos, crueldad, dolor y sufrimiento de las familias, todo ello de un bando y del otro. Así el gobierno revolucionario terminó erróneamente restringiendo las libertades, confiscando a los opositores, instaurando el impopular servicio militar obligatorio y, para sobrevivir, terminó dependiendo del campo socialista encabezado por la Unión Soviética.

Resulta sorprendente, no obstante que, en 1990 y en el peor de los escenarios posibles, con la economía totalmente destruida, con los servicios sociales casi inexistentes, con todas las bodegas vacías, con todo el desgaste impuesto por la guerra, con una situación militar precaria, la revolución conservara el 40.8% de respaldo expresado en los votos

Durante la década de 1990 el sandinismo se fracturó.  Así surgió el MRS, en 1995. Más adelante, en 1999, cientos nos separamos denunciando la deriva neoliberal, autoritaria y la cultura de repartos de poder en la cúpula del FSLN, cuando Ortega pactó con Arnoldo Alemán para distribuirse y socavar las instituciones del Estado. Al llegar al poder en 2007 Ortega lo hizo con nuevos aliados: liberales, conservadores, contras, una parte de la jerarquía católica y del gran capital.

El régimen autoritario de Ortega y Murillo no solo acabó con la ya frágil institucionalidad democrática de Nicaragua, sino que también finiquitó los últimos logros de la revolución. Un pueblo organizado que aprendió a defender sus derechos pasó a nutrir organizaciones totalmente sumisas cuya única divisa es la defensa de Ortega; de universidades críticas y autónomas se terminó en el control absoluto de las cátedras para imponer el relato del gobierno; la participación ciudadana fue sustituida por el control vertical orteguista. La Policía Nacional, reconocida como profesional y apartidaría durante décadas, se convirtió en una guardia del dictador, fuertemente represiva; y un Ejército que evolucionó favorablemente en los años noventa bajo una lógica patriótica y no beligerante, se convirtió en pieza estratégica para sostener a Ortega en el poder. De la esencia popular y progresista de la revolución ya no quedan ni vestigios para la arqueología política.

Todas las políticas autoritarias y corruptas, así como los crímenes cometidos, han sido ejecutadas en nombre del sandinismo, de la izquierda y de un proyecto al que el orteguismo llama cínicamente “la segunda etapa de la revolución”. Ortega pretende así adueñarse de la historia de la justa lucha anti somocista. Y al menos por ahora lo está logrando. Por una parte, un sector de los combatientes de esa gesta han sido convertidos en paramilitares encargados de la represión contra la ciudadanía. Por el otro lado, hay quienes que, por mezquinos intereses, persisten en asimilar la brutal dictadura orteguista con la revolución de 1979; y los crímenes de lesa humanidad cometidos en 2018, los asimilan incorrectamente a las bajas de la guerra civil de los años ochenta.

Adicionalmente, mientras Ortega muestra cada vez más su talante reaccionario, personeros de la administración Trump insisten en llamarlo comunista. Del otro lado, sectores de la izquierda internacional asumen como cierto el vacío discurso de Ortega, en lugar de examinar sus políticas y acciones, apoyando así a un dictador conservador, corrupto y criminal.

Pero la historia, que pone en su lugar los hechos, motivaciones y a los verdaderos héroes y heroínas, sabrá diferenciar entre los hombres y mujeres que dieron su vida por la libertad a lo largo de cuatro décadas (entre los 50 y los 80), de los criminales que, manipulando los símbolos y el discurso de entonces, hacen todo lo contrario a los ideales que movieron a miles de jóvenes a luchar. Esto lo saben bien los sandinistas plegados al régimen cuyas conciencias les desafían todos los días.

Los patriotas nicaragüenses que se involucraron en la lucha antidictatorial antes del 19 de julio lo hicieron con el mejor de los propósitos, al igual -hay que decirlo- que la mayoría de quienes lucharon en la guerra civil de los años ochenta, de un bando y de otro. Los ejemplos de los héroes de esas jornadas inspiraron a miles de participantes de la sublevación de abril a levantarse contra esta nueva dictadura. Los asesinados de 2018 son hoy íconos de las nuevas generaciones de luchadores y se fundirán en la historia con los de las gestas pasadas.

Un reto del presente es aprender de nuestra historia sin subordinarla a prejuicios y relatos ideológicos interesados. Y en este aniversario de la revolución, es importante darse cuenta de que, hoy como ayer, la lucha del pueblo de Nicaragua sigue siendo por alcanzar libertad, democracia, justicia para las víctimas, y justicia social para todos y todas. Para ello se requiere el relanzamiento de un verdadero proyecto transformador e inclusivo que una a las fuerzas vitales de los y las nicaragüenses. En ese desafío están comprometidas las nuevas generaciones y sus liderazgos emergentes.

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