Confidencial

El ahorita

A Paris Hilton le hicieron una broma que no le desearía ni a Paris Hilton. Aunque debo aceptar, dos semanas después, el placer insano de verla sufrir y llorar, sigue al rojo vivo en mis entrañas.

Puede que se deba al hecho de que Paris es una serpiente con piel de humano. A la milla se nota que es una alimaña venenosa. No hay que ser sociólogo para descubrir en su mirada la repulsión con que nos mira. Aún así, causa fascinación en cualquier lugar en donde se pare. Su sonrisa, su andar, sus muecas, sus poses, todo es falso en ella. Sin embargo, multitudes la quieren tocar, capturar en celulares, en las tapas de las revistas, periódicos y sitios web. Pareciera que tiene pacto con el Diablo. O peor aún, que toda la humanidad recibió una lobotomía el día en que irrumpió en escena en el 2003 con su video sexual.

Y ni eso hizo bien. Más que un video sexual parecía un programa de Animal Planet, cuando filman a las hienas comiendo carroña en la oscuridad. Pese a ello, todos vimos el video con la boca abierta, y no la hemos cerrado hasta la fecha: asistimos a los lanzamientos de sus discos, a sus conciertos como DJ, a las películas donde dice actuar, e inclusive, aunque una tabla de surf tiene más curvas, es la vocera de las hamburguesas Carl´s Jr, famosas por contratar a mujeres en extremo exuberantes.

Dicho lo anterior, mi enfermo placer de verla sufrir casi hasta la muerte, se debe a la envidia, a la inmediatez y meteórico éxito de cada una de las metas que se traza. Si el día de mañana se levanta con ganas de irrumpir en la literatura con una novela decimonónica existencialista, hay una alta probabilidad que sea un best-seller. Porque algo revelador quedó al descubierto en la macabra broma de la que fue víctima, a cientos de metros de altura, en un avión supuestamente averiado, desplomándose vertiginosamente hacia el mar, en mitad de gritos y llanto de actores-pasajeros: París Hilton lloró y gritó como cualquier ser humano que sabe que morirá de una forma horrenda, lágrimas y gritos de alguien que maldice su suerte, sin dejo de arrepentimiento, sólo rabia por haberle faltado tanto por vivir, y luego de angustiosos minutos, cansada de gritar y de llorar, algo se activó en su cerebro, la muerte resultó ser demasiado lenta, entonces, hastiada, soltó la frase inmortal que deberían cincelar en su lápida el día en que se la trague la tierra: “¿Voy a vivir, o no?”

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