Opinión

El año que no dejó de marcar abril

Entierro estudiante UNAN

Este despertar no fue por ideologías, sino por el país y contra un adversario en común: la dictadura Ortega-Murillo. Nadie nos preparó ni nos financió



Todos pedíamos cambios, pero nunca pensamos exigirlos, vivirlos y escribirlos. Abril un mes que traía consigo mucho calor: el amarillo de la cañafístula y los aires de revolución. Muchos eran quienes criticaban a mi generación por permanecer en los dispositivos, en los celulares o en las redes sociales, pero casi nadie predijo que estábamos acumulando silenciosamente todo el descontento social de once años de autoritarismo de Daniel Ortega, más las fatigas de las décadas de los ochenta y noventa.

Iniciamos el diez de abril gritando una alerta ante el incendio que destruía nuestra Reserva Biológica Indio Maíz. En su mayoría, éramos desconocidos que por primera vez probamos el sabor de los plantones y la savia de las consignas. Sin darnos cuenta, estábamos marcando el inicio del fin, al exigir que el Gobierno de Ortega actuara. Esto ascendió el 18 de abril, cuando la exigencia fue derogar el decreto 03-2018 a ley de Seguridad Social. Ya el 19 de abril, el grito nacional era el mismo de hoy: ¡Qué se vayan!

Antes de abril teníamos, por un lado, una Nicaragua sumergida en la apatía, secuestrada en apariencias y con un conformismo que dejaba que otros acumularan poder y se anidara una dictadura nepotista y criminal: la dictadura de Ortega-Murillo. Por otro lado, teníamos otra Nicaragua representada por campesinos, feministas, grupos LGBTIQ, activistas políticos, entre otros, que luchaban desde sus espacios contra esta dictadura. A ellos se les reconoce el habernos preparado el camino para llegar a abril.

Algunos jóvenes vivíamos una decepción social, todo parecía ser más de lo mismo y carecíamos de referentes. Nadie pensaba por nosotros, porque nadie representaba el sentir de la juventud. Incluso, parecía que no creíamos en nosotros mismos. Existían pocos oasis, como las aulas de clase de la Universidad Centroamericana, donde desahogábamos nuestro idealismo y refundábamos a nuestro país, aunque solo fuera en el pizarrón. Todo esto cambió y ante el mal hubo una solución: el levantamiento, para no permitir el abuso de poder.

Durante la alborada de abril, conocimos lo mejor del nicaragüense: la determinación por un cambio social de raíz, desborde de solidaridad, la valentía histórica de este pueblo luchador y la eficacia del trabajo en conjunto, a pesar de “ser vigores dispersos”. También conocimos lo peor: el brazo represor y asesino de la dictadura y sus operadores, la ceguera del fanatismo y la hipocresía.

A diario, en cada comunidad o caseríos, enmendamos la forma de resolver el conflicto, por medio de la resistencia cívica y pacífica, pues considerábamos que el éxito de la lucha no violenta es que agrupa a más personas bajo un mismo interés. No creíamos en la violencia, por ello, aunque fuera más complejo no queríamos repetir errores del pasado. ¡La primera en querer la paz es la juventud!

Marchas Nicaragua
Ambiente en la movilización de miles de ciudadanos se concentran en Managua para marcha Azul y Blanco, en mayo de 2018. Confidencial | Carlos Herrera

Mientras nos involucrábamos en las distintas formas de protesta, cargando la bandera azul y blanco, nos dimos cuenta del poder que tenemos para acorralar a un régimen que se vio tambaleando, después de mes y medio con movilizaciones diarias. Empezamos a tener referentes de una manera desafortunada. Primero fueron nuestros héroes, los asesinados por la dictadura. Hoy sus nombres están atesorados en nuestras memorias o en las paredes de Masaya, Jinotepe, León, Estelí y la Costa Caribe. Otros están con vida, pero sin libertad, encarcelados sin que puedan sentir el sol, nada más lo caliente de “El Infiernillo” o lo helado del cemento en “La Esperanza”. Otros utilizan sotana y se apellidan Báez, Álvarez o Mata. Algunos regalan agua como vendedores ambulantes, o estuvieron en tranques y trincheras, que cargan solamente con las ganas de regresar y su morral.

En estos casi doce meses de lucha, nos hemos dado cuenta que cambiar la realidad sería más costoso. También que hemos hecho un buen ejercicio como sociedad, fiscalizando y siendo parte de los procesos para construir una incipiente democracia, garantizar nuestros derechos humanos y exigir justicia. Hemos conseguidos victorias y avances, que no son producto de la casualidad ni de regalías, sino a la sumatoria de esfuerzos de la juventud, hombres y mujeres que nos lanzamos a las calles, perdiendo el miedo para exigir esa ruta, que además es la consigna que ya todos tenemos trazada.

Masacre
La masacre orteguista desatada tras las protestas de abril suma 325 muertos y más de 600 presos políticos. . Wilfredo Miranda | Confidencial

Tenemos el reto y la oportunidad de hacer un cambio de verdad. Por ello necesitamos transitar un camino difícil, que pasa por la lucha que logre desatar la transición de una dictadura a una democracia, la transición democrática en sí misma y la ansiada consolidación de la democracia que todos deseamos. Estamos en el proceso de salir de la crisis del régimen de Ortega-Murillo, al igual que salir del esquema dictatorial que permita refundar al Estado. Ante esto, una agenda en común que trace líneas rojas como: no permitir que Daniel Ortega gobierne desde abajo, que la política no sea privatizada por las élites y que, aun en medio de las diferencias, persista la unidad. Todo esto para establecer en Nicaragua un modelo político, social y económico que represente, escuche y accione de forma heterogénea, dado que abril posibilitó una primavera de actores políticos y, espacios sociales que deben verse reflejados.

El sueño es rescatar las conquistas sociales por una ciudadanía más incluyente y próspera, que existan instituciones e igualdad de oportunidades. Que los jóvenes que lo dieron todo, a pesar de no tener nada, sean retribuidos. Ante todo, es asegurarnos que cerramos el ciclo y que jamás se repetirá esto, somos creyentes que la verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición posibilitan que en 40 años honremos el legado de este eterno abril.

No está demás decir que, por su terquedad y brutalidad, Ortega logró que Nicaragua se uniera contra él. Esta vez, su “divide y vencerás” no le funcionó. Esta lucha no trata de quién hizo más o menos, ya que todos hemos contribuido sin importar edad, posición social, escolaridad o procedencia. Es emocionante ver que creyentes marchaban con no creyentes, otros que participaron en la revolución junto con los quienes estaban en la contrarrevolución. Este despertar no fue por ideologías, sino por el país y contra un adversario en común: la dictadura Ortega-Murillo. Nadie nos preparó ni nadie nos financió. Solo decidimos cambiar el presente y futuro de nuestra amada Nicaragua, apegados a la bandera azul y blanco que nos representa con estandarte de libertad, justicia y democracia.

El futuro es de todos, queremos una Nicaragua donde no nos asesinen por pensar diferente. Por ello es el momento para que los sandinistas decentes abandonen el barco. No deben seguir apoyando crímenes de lesa humanidad, aquellos que no están manchados de sangre es hora de reaccionar a lo interno de su estructura. No es necesario acercase a “El Carmen” para ver la debilidad del régimen. Se sostiene nada más por las armas, y es palpable el temor que viste el uniforme, todos sabemos que es un cadáver y que pronto vamos a su entierro.

Nos inspira la humildad del nicaragüense. Por la memoria de nuestros héroes, el legado de sus familias, la firmeza y dignidad de los secuestrados políticos, la valentía de todos los forzados a exiliarse, la resistencia e insistencia del pueblo en general y porque a todos nos duele respirar, jamás dejaremos de luchar.

No llegaremos a ningún lugar, si no vamos juntos. Unidos triunfaremos, y sin unidad no hay victoria.

*Estudiante universitario. Miembro de Alianza Universitaria Nicaragüense, (AUN), en la Alianza Cívica por la Justicia y la Democracia.