Opinion

El anticatolicismo del sandinismo

Los católicos merecemos justicia ante este ataque que demuestra el fanatismo que puede emerger de la secta Ortega-Murillo.

En la obra “Agonía en Rojo y Negro” bajo la compilación de Mario Alfaro Alvarado, al final del prólogo detalla: “Que busquen el testimonio de los sufridos y vilipendiados obispos nicaragüenses, de los sacerdotes perseguidos, amenazados, expulsados y denostados por la propaganda gobiernista”. Sergio Ramírez confesó en “Adiós muchachos” que “el choque con la jerarquía de la Iglesia católica fue el menos deseable para la dirigencia de la revolución”. Ahí mismo dice cómo “la Dirección Nacional de Seguridad del Estado (DGSE), del Ministerio del Interior, metió en una trampa sexual al padre Bismarck Carballo” y de cómo el propio Ramírez Mercado describe que aquellos gritos de ¡Queremos la paz! ¡Queremos la paz! “se volvió incontrolable y tenía las trazas de un verdadero motín contra el Papa”.

El comandante Tomás Borge decidió darle seminario por cárcel al sacerdote Luis Amado Peña a quien en una ocasión las turbas del FSLN rodearon su parroquia, asediaron a la feligresía y sofocaron un incendio con quema de llantas para impedir la Eucaristía. De modo que, el FSLN y su persecución religiosa hurgan sus raíces desde la Revolución Sandinista, a pesar de haber utilizado a los hermanos Fernando y Ernesto Cardenal, al padre Miguel de Escoto, y en su segunda etapa a figuras como el mismo Cardenal Obando y Bravo, acérrimo enemigo del FSLN, a Eddy Montenegro, los hermanos Carballo, José Antonio Castro y a Neguib Eslaquit.

Desde las protestas en Abril 2018, la Iglesia Católica a través de sus Obispos, sacerdotes, comunidades y órdenes de la vida consagrada han amparado los “gozos y esperanzas” del pueblo nicaragüense en sus demandas de democracia, libertad y justicia. Eso ha costado el exilio forzado del Obispo auxiliar de Managua, Silvio Báez, del padre Augusto Gutiérrez, del asedio de más de un mes al padre Edwin Román y a madres de presos políticos en la iglesia San Miguel de Masaya, donde pasaron sin agua y servicio eléctrico.

Pero las afrentas más graves al catolicismo han sido las profanaciones y sacrilegios contra templos: el caso de la iglesia Divina Misericordia que resistió un ataque de más de trece horas donde estuvieron refugiados estudiantes que tenían tomada la UNAN Managua; como las pintas a la Catedral de Estelí y en abril de 2018 cuando en Catarina atacaron la camioneta del obispo Abelardo Mata. Sagrarios con las Formas Eucaristizadas orinadas, defecadas y en el suelo. ¡Son sacrilegios que duelen tanto!

El pasado 31 de julio, un dispositivo explosivo fue lanzado a la capilla de la imagen de la Sangre de Cristo, calificado por el Cardenal Brenes como un “acto terrorista” que quemó la centenaria imagen que era venerada por el pueblo católico nicaragüense y cuyo daño fue referido por el obispo Rolando Álvarez como “daño histórico y cultural de magnitudes dantescas”.  La vice-tirana en su alocución diaria justificó el acto asociado a alguna vela que dejara un devoto, lo que fue desmentido por una nota de prensa de la Arquidiócesis y que goza de mayor credibilidad que el mismo informe policial.

No es de desde el 2018 que el Frente Sandinista ataque de manera frontal a la Iglesia Católica, a pesar que el grupo Gradas utilizara los atrios de las iglesias para protestar contra Somoza y refugiarse en ellas cuando llegaba la Guardia. El exilio forzado del obispo Báez fue debido a amenazas de muerte contra él que fueron advertidas por la Embajada Americana en Nicaragua. Sin embargo, han olvidado que esta institución milenaria fundada bajo la roca de Pedro y a quien los poderes del infierno no podrán prevalecer sobre ella, ha soportado ataques y está ahí: incólume en toda su milenaria existencia, viendo pasar el cadáver de sus atacantes sin pena ni gloria en la historia.

El cinismo gubernamental del régimen de hacerse llamar “cristiano” y colocar al Cardenal Obando y Bravo como “prócer de la paz” en el preámbulo de la Constitución y que ataca la naturaleza laica del Estado, solo se comprueba con actos como estos que demuestran la agonía de un régimen que con sus turbas “atacan la imagen de Cristo porque está clavada en la cruz, agreden a la Iglesia porque no usa la violencia, reprimen al pueblo porque no puede defenderse”, como dijo el obispo Silvio Báez.

Cuando llegó por primera vez Juan Pablo II a Nicaragua, dijo a Sergio Ramírez Mercado en el aeropuerto: “Son jóvenes ustedes (los líderes de la revolución). Pero van aprender, van aprender”. No obstante, el sandinismo no aprendió nada, nunca alcanzó la civilización que recomendó el expresidente Enrique Bolaños, y ejerce su terrorismo contra quienes se oponen a su estado policial de facto.

Los católicos merecemos justicia ante este ataque que demuestra el fanatismo que puede emerger de la secta Ortega-Murillo. Ambos se equivocan al pensar que toman fuerzas si atacan la fe católica del pueblo nicaragüense. No aprendieron la lección que fue una Iglesia Católica la que los vio llegar al poder en 1979, los vio irse en 1990 y los verá irse en 2021 porque una sola razón nos basta: “Yo [Jesús] estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”. (Mt. 28, 20).

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