Opinión

El apuntador de Trump

Trump proteccionismo Estados Unidos

Stephen Miller alienta los peores instintos de Trump: el chauvinismo beligerante, el odio vengativo a los liberales y la hostilidad a las minorías



En el entorno del presidente estadounidense Donald Trump hay muchos personajes raros, pero ninguno tan raro –o tan siniestro– como Stephen Miller (33 años), alto asesor de políticas de Trump. Miller se parece a un tipo de ultraderechista que es más común en Europa que en Estados Unidos: joven, astuto, bien trajeado, hasta un poquitín dandy. Es un hábil agitador, cuya retórica incendiaria contra inmigrantes y refugiados –“¡Vamos a construir ese muro, y lo haremos bien alto!”– enfervoriza a las multitudes que acuden a los mitines de Trump. Una de sus consignas demagógicas es que los migrantes contagiarán a los estadounidenses enfermedades terribles.

Miller alienta los peores instintos de Trump: el chauvinismo beligerante, el odio vengativo a los liberales y la hostilidad a las minorías. Su sectarismo es extremo. En sus propias palabras: “¡Todo lo malo que hay en este país es culpa de los que se oponen a Donald Trump!”. Tal vez hasta se lo crea.

Lo raro de Miller, entre otras cosas, es que sus ideas sobre inmigrantes, refugiados y minorías parecen incompatibles con sus antecedentes personales: es un descendiente de judíos que vinieron a Estados Unidos huyendo de los pogromos en Bielorrusia; creció en California y sus padres eran demócratas. Pero ya en la secundaria leía literatura de extrema derecha (revistas contra el control de armas y cosas así) y después de eso se asoció a ideólogos cuyas ideas suelen ser difíciles de distinguir del antisemitismo. El discurso que dio Trump el año pasado para el Día de Conmemoración del Holocausto ni siquiera mencionó a los judíos; algunos creen que fue obra de Miller.

Miller se declara patriota. Por supuesto, no hay nada inusual en que un judío sea un patriota estadounidense, francés, británico, ruso o también alemán. Y no hay razón alguna por la que no pueda ser conservador. Margaret Thatcher designó en altos cargos a varios judíos, lo que motivó un desdeñoso comentario del ex primer ministro Harold MacMillan, que dijo que en el gabinete había “más estonios [Estonians] que graduados de Eton [Etonians]”.

En el entorno de Trump hay otros judíos además de Miller. Trump designó a Gary Cohn como director del Consejo Económico Nacional y a Steven Mnuchin como secretario del Tesoro. Ninguno de los dos es un nativista. Cohn casi renuncia el año pasado, cuando Trump defendió a las violentas turbas supremacistas blancas de Charlottesville (Virginia). Finalmente renunció este año, pero en protesta por la introducción de aranceles a las importaciones de acero. Como Mnuchin, Cohn cree en reducir impuestos y no poner restricciones a la libre empresa. (A Jared Kushner podemos omitirlo de la discusión porque la única razón para su presencia en la Casa Blanca es que está casado con la hija de Trump, Ivanka.)

Lo inusual es ser judío y nativista (al menos, fuera de Israel). El Frankfurter Allgemeine Zeitung publicó hace poco una nota sobre varios judíos (al parecer, muchos de ellos de ascendencia rusa) que se habían unido al partido xenófobo Alternative für Deutschland (AfD). El motivo principal de su apoyo a la ultraderecha parece ser un temor exagerado a que los musulmanes destruyan Occidente. Miller está obsesionado con una visión apocalíptica similar, y no es el único: otro ejemplo es Sheldon Adelson, magnate del juego y gran donante de Trump.

Pero normalmente los judíos en la diáspora no se vuelven nativistas, por buenos motivos. Los movimientos nativistas, que insisten en los privilegios especiales de la sangre y la tierra, han sido invariablemente perjudiciales para las minorías (y en particular para los judíos) y causaron el tipo de violencia que obligó a los bisabuelos de Miller a huir de su país.

Para algunos es desconcertante que los antisemitas hayan acusado a los judíos tanto de ser el arquetipo del bolchevique cuanto el arquetipo del capitalista. Históricamente, la mayoría de los judíos, que vivían en aldeas pobres, no eran ni una cosa ni la otra. Pero no hay ningún misterio en que las ideas de izquierda atraigan a intelectuales judíos. Karl Marx esperaba que en cuanto los trabajadores del mundo se unieran, las distinciones étnicas y religiosas ya no importarían. Y Voltaire, que no era muy amigo de los judíos, dijo una vez en relación con la Bolsa de Londres: “Aquí el judío, el mahometano y el cristiano tienen tratos como si fueran todos de una misma religión, y sólo llaman infiel al que queda en bancarrota…”. El capitalismo, se sabe, trasciende las fronteras.

La emigración (no siempre voluntaria) ha sido el destino de los judíos desde el siglo VIII a. C. Pocas veces han sido bendecidos con sociedades abiertas, tolerancia religiosa y libertad de movimiento. De allí el atractivo tradicional de lugares como Ámsterdam, o también Estados Unidos. Y por eso los judíos estadounidenses, incluso los más pudientes, siguen votando mayoritariamente por el Partido Demócrata. Norman Podhoretz, un intelectual conservador estadounidense, escribió un libro titulado Why Are Jews Liberals? [¿Por qué son liberales los judíos?]. Lo desconcertaba la idea de que, como dijo otro conservador, Milton Himmelfarb: “Los judíos ganan como episcopales y votan como portorriqueños”.

Pero no es extraño. La desconfianza hacia el nativismo es el resultado de una larga y cruenta experiencia. Y motiva un creciente desencanto con Israel entre los judíos estadounidenses: también en Tierra Santa está en ascenso un nativismo, que destaca los derechos de los judíos en detrimento de los árabes. Aunque el primer ministro israelí Binyamin Netanyahu invoque el Holocausto cada vez que le conviene, está más cerca ideológicamente de fanáticos evangélicos y de nativistas de extrema derecha como su homólogo húngaro Viktor Orbán que de la mayoría de los judíos estadounidenses.

Por eso, por más que se hable de que en Washington hay poderosos grupos de presión judíos, la mayoría de los judíos seguirán votando contra Trump, a pesar de su apoyo casi servil al gobierno israelí y su hostilidad declarada hacia los palestinos. Y también por eso, Miller seguirá siendo un tipo raro. Al celebrar el mes pasado el Año Nuevo judío (Rosh Hashanah), el exrabino de Miller Neil Comess-Daniels denunció las posturas políticas de Miller como “completamente contrarias a todo lo que sé del judaísmo”. No estoy seguro de si la teología judía permitirá sostener una afirmación tan vehemente, pero está claro lo que siente.

Cuando William Kristol, un comentarista neoconservador que alguna vez coqueteó con la ultraderecha, expresó su malestar con Trump, David Horowitz, uno de los mentores de Miller, dijo que Kristol era un “judío renegado”. Sigmund Freud hubiera hablado de “proyección”. Un concepto que de hecho se remonta al menos al Talmud de Babilonia, que advertía: “No ensucies a tu prójimo con la mancha que tú mismo tienes”.

*Ian Buruma es autor de A Tokyo Romance: A Memoir [Romance en Tokio: una memoria]. Copyright: Project Syndicate, 2018.