Opinion

El Cid vuelve a batallar

Arturo Pérez-Reverte mantiene su propensión de fabular y recrear personajes y acontecimientos históricos en su novela El Sidi Un relato de frontera

“Pero tú eres una leyenda viva, Sidi Qambitur. Contigo

vencería yo a los hombres, a los diablos y a los ángeles del cielo”.

Arturo Pérez-Reverte.

Arturo Pérez-Reverte mantiene su propensión de fabular y recrear personajes y acontecimientos históricos. Una constante en su profusa obra narrativa. Gradúa hasta donde puede ficción y realidad. Las historias reales las complementa con su imaginación. El Sidi Un relato de frontera (Alfaguara, 2019), constituye otro intento por lanzarse al vacío. Se toma todos los riesgos que supone traer de regreso hasta nosotros al Cid campeador. Lo evoca y emplaza. Un desafío del que sale airoso. La mezcla de humor y la densidad del relato, la necesidad de utilizar voces andaluzas del siglo XI, la caracterización de los actores del drama, el uso de la terminología ecuestre y la estructura narrativa, confieren verosimilitud a la obra. Una nueva conquista.

Al invitarnos a participar en los preparativos de la batalla que el Cid sostendrá con los moros, nos hace partícipes de una época que sabemos habitada por hombres rudos, barbados, prestos a la lucha, sirviendo al rey sin asomos de cansancio ni dobleces, aunque muchas veces la traición y los cambios de bando dependen de la paga. Pérez-Reverte se regodea en cada descripción. La discusión de la estrategia a la luz tenue de teas colocadas bajo su tienda, la revisión del mapa para determinar el lugar exacto donde deberá hacerse la emboscada, el santo y seña en la oscuridad de la noche, el chasquido de los caballos, el toque de cornetas anunciando el juicio final y el choque de espadas apostando al triunfo, dan sabor especial a esta novela histórica.

¿Después de leer la novela de Pérez-Reverte nuestra visión del Cid —Sidi como gustaban llamarlo los moros— debería cambiar? ¿Trata de redimirlo? El hecho que el Cid haya peleado al lado de los moros queda doblemente justificado. Apremiado por las circunstancias no le queda otra alternativa que batallar al lado de los enemigos a muerte de los cristianos. Alfonso VI lo lanzó al abismo. Eso nunca cambió su fidelidad con el rey de Castilla. Nunca aceptó las diferentes propuestas de guerrear en su contra. Como muestra de lealtad, siempre apartó el porcentaje que por ley pertenecía a su rey como parte del botín ganado en combate. No hubo manera que lo mal dispusieran con Alfonso VI. Actitud que lo enaltecía frente a los demás.

¿Al cumplir fielmente con las cargas establecidas y al ser aceptadas por Alfonso VI, la condición de mercenario del Sidi queda lavada? Sus afectos los tenía a buen resguardo. Con cierta nostalgia, el recuerdo de Jimena, su mujer, laceraba su corazón. Lejos de casa, el Sidi y sus hombres sentían el peso inconmensurable de la soledad. Eso al menos sugiere el nuevo canta-autor de su gesta. El valor del Sidi sobrepasando riesgos y su fidelidad hacia el rey Sancho, son evocadas por la forma temeraria que lo rescata. Cautivo entre trece jinetes, su alférez, el Cid, lo salva de la muerte. La inquina de Alfonso VI obedece a la derrota que le propinó cuando vadeaba el Cea y por haberle obligado a jurar frente a todos, que no había matado a traición a Sancho.

La ilación del relato y el desarrollo de la trama son un solo engranaje. La ironía y mordacidad una constante. Se asiste de ellas hasta en las horas trágicas. Una manera de reafirmar el temple de los hombres de la mesnada del Sidi, guerreros forjados en la guerra, aguantando hambre, sol y agua. Listos siempre para combatir al lado de un jefe dotado de una capacidad excepcional, capaz de guiarlos y salir airosos en cualquier reto. Exalta, como debe, la relación fraterna entre el Sidi y Minaya, segundo jefe y apoderado de los suyos. Con paciencia franciscana y de forma prolija narra la primera parte —La cabalgata. Pérez-Reverte deja sentir su largo aliento narrativo. ¿Un regusto especial por alargar y detallar la persecución de los moros por el Sidi?

Una característica que vuelve apetitosa a cualquier novela, radica en la capacidad que muestra el escritor por crear una atmósfera envolvente. Pérez-Reverte, amigo del detalle, nos hace sentir el olor a sudor, cuero y metal que desprenden los soldados, en su marcha inexorable hacia la contienda. Narra de forma precisa como colocan los escudos en la grupa de las bestias y acomodan las lanzas en los estribos. Sentimos el ruido de los cascos de las cabalgaduras. De manera morosa relata los movimientos de la tropa, cambiando de postura para no fatigar el cuerpo. Pérez-Reverte muestra su ferocidad en la batalla. Su condición aventurera y su lealtad hacia el Cid. Se aferraban a él por el prestigio y la aureola que le precedían. Un honor luchar a su lado.

Meterse entre el pellejo del Sidi viene a ser una odisea; inclinado a la provocación constante de académicos de la lengua y otros especímenes, más de alguno leerá esta novela con lupa en mano. Pérez-Reverte se mueve sobre terreno escarpado. El apego al dato se vuelve imperioso. Las licencias de las que puede echar mano son muchas, ninguna sin embargo le habilita de hipostasiar la verdad. Él lo sabe mejor que nadie. La cauda de enemigos que se ha echado sigue creciendo. Están prestos. ¿En el colmo de la envidia y malestares, no le perdonan su derroche creativo? ¿Su producción desmesurada? ¿Olvidan que el escritor se dedica de tiempo completo a uno de los placeres más gratos del universo? Su constancia lo reafirma. No para de escribir.

Hay dos aspectos del relato que me recuerdan al patricio romano Julio César, la relación que guarda el Sidi con la tropa y el esmero con que selecciona sus caballos. La vida en la batalla pende de la maestría con que conducen a la bestia. Guerrero y caballo eran uno solo. Seleccionados y adiestrados con celo, Persevante y Cenceño, fieles hasta que la vejez y la muerte los alcance. El célebre Babieca, lo compró al moro Ali Farach. Una escogencia escrupulosa. El Sidi jamás consintió que se los ensillaran antes de partir a su encuentro con la vida o la muerte. Un gesto que enaltecía al guerrero. Como Julio César se comportaba como uno más de los soldados. No era partidario de tener mayores prerrogativas de las que gozaba su mesnada.

El secreto de una fama bien ganada, no pasaba por alto para un observador perspicaz. Mutamán, rey de Zaragoza, un moro afiebrado a cuyo servicio estuvo después del destierro, se dedicó a observarlo en la hora definitiva. Antes y durante la batalla contra los ejércitos de su hermano Mundir (heredero Lérida, Tortosa y Denia) y Berenguer Remont, conde de Barcelona. Comprobó que su prestigio lo cimentaba en su arrojo y valentía, siendo virtuoso en el combate. “Sabes mandar. Renuncias a privilegios que te corresponden: duermes como todos, comes lo que todos. Jamás dejas a uno de los tuyos desamparado, si puedes evitarlo… ¿Estoy en los cierto?”. Claro que lo estaba. Sidi Qambitur labró su ascendiente a fuerza de combatir y servir como prototipo a sus hombres.

¿Convertirá Pérez-Reverte en una zaga su relato sobre el Cid? Es probable. No estira la historia hasta su muerte. ¿Veremos al Sidi librando nuevas batallas? ¿O podemos concluir que su objetivo fundamental ya lo cumplió? En un mundo donde la épica está de baja, Pérez-Reverte decidió meterse en los entretelones de una historia milenaria. Desde mis primeros años de estudiante de secundaria, nuestros profesores ponían énfasis especial al hablarnos de los cantares de gesta, destacando la figura del Cid Campeador. A Berenguer Remont, el Sidi pide entregarle su espada a cambio de su libertad. La espada Tizona con la que ofreció rebanarle el cuello. Espada-símbolo como su caballo Babieca. No hay persona más o menos informada que lo ignore.

Con intención premeditada, Pérez-Reverte consigue la proeza de poner frente a nuestros ojos las cualidades que requiere un verdadero líder en épocas de sequía. Entre el epígrafe —Hay hombres que son más recordados que naciones enteras, de Elizabeth Smart— y el final de la obra, existe correspondencia plena. En el diálogo que sostiene el Sidi con Berenguer Remont, engreído, dando muestras que la derrota no había mellado su carácter, le grita irritado: “—¿Oyes lo que te digo Ruy Díaz?… Dentro de unos años nadie recordará tu triste nombre”. Con humildad muy suya asintió, respondiéndole: “—Probablemente señor—dijo—. Probablemente”. Pérez-Reverte ratifica algo que todos sabemos. El Sidi sigue vivo, ganando nuevas batallas aun después de muerto.

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