Confidencial

El “cogito Interruptus” de Mario Vargas Llosa

El ensayo de Mario Vargas Llosa, Más información, menos conocimiento, publicado en el libro La civilización del espectáculo, es una especie de “cogito Interruptus”, en el sentido que Umberto Eco dio al término en su famoso libro Apocalípticos e Integrados, es decir, el pensamiento interrumpido, una mezcla de proposiciones falsas y verdaderas, y metáfora que resulta tedioso descifrar y explicar.

Y es que el Premio Nobel de Literatura 2011, se presenta como uno de esos intelectuales apocalípticos, que basado en el libro de Nicholas Carr, Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?, da rienda suelta a su irrefrenable rechazo a las nuevas Tecnologías de la Información y el Conocimiento, sencillamente porque no la comprende ni la domina.

Posiblemente, el septuagenario Vargas Llosa experimenta el efecto relativista del tiempo, que tan ingeniosamente ha representado Tennessee Williams, y aunque reconoce a regañadientes el impacto revolucionario de Internet, dice que esto tiene un precio en nuestra vida cultural y en la manera de operar del cerebro humano, pues el exceso de información más bien lo está atrofiando.

“Hay pruebas concluyentes de que, cuando la memoria de una persona deja de ejercitarse porque para ello cuenta con el archivo infinito que pone a su alcance un ordenador, se entumece y debilita como los músculos que dejan de usarse”, enfatiza Vargas Llosa, una afirmación que parece expresada por un monje del siglo XVI, para quien la imprenta destruiría todo lo establecido.

A todas luces se observa que el escritor tiene un enfoque limitado de la Web y de los ordenadores, pues en parte limita su papel a mero medio de información y asigna un papel pasivo al hombre/mujer frente a los ordenadores o computadora, como si las computadoras fueran seres autónomos, y no producto de la creación de los seres humanos.
La web es mucho más que simplemente acceso a información, es una red integrada de carácter mundial, con diversos niveles de conocimientos y aplicaciones, más allá del hipertexto, porque no solo ha integrado la multimedia y niveles de comunicación jamás visto.

“No es verdad que el Internet sea sólo una herramienta. Es un utensilio que pasa a ser una prolongación de nuestro propio cuerpo, de nuestro propio cerebro”, dice asombrado, y en su última aserción tiene razón, pero en el sentido que los ordenadores son una prolongación de nuestro cerebro, pues la inteligencia ya no reside en el cerebro de unos pocos ilustrados, sino en millones de seres humanos e instituciones que comparten e intercambian el conocimiento.

“¿Para qué mantener fresca y activa la memoria si toda ella está almacenada en algo que un programador de sistemas ha llamado “la mejor y más grande biblioteca del mundo”? ¿Y para qué aguzar la atención si pulsando las teclas adecuadas los recuerdos que necesito viene a mí, resucitados por esas diligentes máquinas?”, se interroga, como si la memoria fuera la parte del cerebro que más se debe estimular, en vez resaltar la capacidad de interpretación, que tanta demanda y preocupación ha tenido por todos los pedagogos del mundo.

Pero desde luego, la memoria tampoco se atrofia con la Web, todo lo contrario, ha significado más bien, experimentar una nueva forma de utilizarla, un nuevo proceso de adaptación. La capacidad de la memoria más bien se ha optimizado con la Web y se han dejado los ejercicios tediosos de memorización, para dar lugar al disfrute y a un proceso más significativo de procesar información.

Vargas Llosa cita a un filósofo que supuestamente dijo que “sentarse y leer un libro de cabo a rabo no tiene sentido”, para afirmar que esto es uno los estragos que puede causar la adicción frenética a la pantallita, con lo que revela que tiene una visión estrecha del libro, pues la Web ha permitido el acceso a millones de libros digitales, en diversos formatos y dispositivos.

El talentoso escritor escribió es un torrente de frases con claro estilo de “cogito interruptus”, como la afirmación de que las nuevas generaciones están acostumbradas a picotear información en sus computadoras, sin tener necesidad de hacer prolongados esfuerzos de concentración y que han sido condicionados para contentarse con ese mariposeo cognitivo a que los acostumbra la Red.

Desde luego que las nuevas Tecnologías de la Información y el Conocimiento han tenido efectos adversos, al igual que lo tuvo la imprenta, la radio y la televisión (con la publicación de pornografía, pasquines, obras de hechicería, etc.), pero no es la tecnología per se, sino que lo humano se impone ante cualquier revolución tecnológica. Lo que hay que valorar es el balance, el saldo, y como persona optimista, me apunto a un balance positivo de la Web.

Pero Vargas Llosa parece que no respiró cuando escribió este artículo, pues a continuación afirma que sin duda se almacenará con facilidad a Proust, Homero, Popper y Platón, pero difícilmente sus obras tendrán muchos lectores. ¿Para qué tomarse el trabajo de leerlas si en Google puedo encontrar síntesis sencillas, claras y amenas de lo que inventaron en esos farragosos librotes que leían los lectores prehistóricos?

En este punto, cabe preguntarle a Mario Vargas Llosa, si las síntesis sencillas las inventó la generación Web, o ya existían antes. ¿Acaso han abundado verdaderamente los lectores de Proust, Homero y Platón? El escritor confunde la obligada lectura de las escuelas secundarias, con el verdadero placer de leer, pero limita la lectura, como casi todos los novelistas, precisamente a su oficio, pero las fronteras de la lectura va más allá de la ficción.

Aunque su sentido poético de ver la lectura como un placer es atractivo, debería reconocer también que la lectura es un proceso tortuoso, un oficio que pocos llegan a dominar y que la Web, paradójicamente, ha multiplicado, como lo revela el mundo de la blogosfera, pero ante la diversidad de artefactos letrados, debemos de ser más cuidadosos en este tipo de comentarios.

Al respecto, Daniel Cassany, en su análisis sociocultural de la lectura, afirma que “precisamente porque cada práctica lectora es distinta, nadie sabe comprender e interpretar todos los textos de una comunidad. Todos somos analfabetos con los artefactos y las prácticas que no usamos en nuestro día a día.”

Hay que aprender los aspectos socioculturales de cada práctica letrada: cómo, dónde y cuándo se usa cada artefacto, para conseguir qué propósitos, de qué manera, explica Cassany.

La frase menos inteligente el Premio Nobel, la dejó para el final:

“Cuanto más inteligente sea nuestro ordenador, más tontos seremos”.

El rol de los ordenadores es múltiple: puede verse desde el rol de medio de comunicación, tutor, herramienta y alumno. Esto tiene implicaciones profunda, pues dependiendo del rol que cada usuario le asigne, así será el impacto que tendrá en su vida y su cultura. Lo natural y deseable es mantener un equilibrio, pero desde luego, las computadoras no puede verse aisladas en la era de la supercarretera de la información ni del resto de aparatos letrados, pero el balance final de su impacto en la cultura, dependerá de las políticas culturales y el trasfondo político y cultural del mundo moderno.

Vargas Llosa refuerza su argumentación con las teorías del ahora olvidado Marshall MacLuhan, como él mismo dice, a quien nadie hizo mucho caso cuando, hace más de medio siglo, aseguró que los medios no son nunca meros vehículos de un contenido, que ejercen una solapada influencia sobre éste, y que, a largo plazo, modifican nuestra manera de pensar y de actuar”.

La invocación de MacLuhan me hizo recordar por eso la famosa frase de Umberto Eco, el “cogito interruptus” que aplicó al autor norteamericano famoso también por el slogan, el medio es el mensaje, que Vargas Llosa aplica, basado en Carr, a las nuevas tecnologías.

El “cogito interruptus” es propio de aquellos que ven el mundo lleno de signos o síntomas, dice Umberto Eco, pero también es típico de aquel que, en lugar de símbolos, percibe un mundo lleno de presagios: signos ciertos de algo que no está en ninguna parte, pero que tarde o temprano sucederá.

El medio no es el mensaje, dice Eco, el mensaje se convierte en aquello en que lo convierte el receptor, al adaptarlo a sus propios códigos de recepción, que difieren de los del emisor y de los del teórico de la comunicación.

El “cogito interruptus” lo definía Eco, como la técnica de no definir los términos, para lo cual se usa un lenguaje seudocientífico, de fuerte resonancia, y que en la era de la supercarretera de la información ha reaparecido con el mismo espíritu apocalíptico de los años 60 ante las nuevas Tecnologías de la Información y Comunicación.