Opinion

El diplomático y el científico

Los viajeros son seres excepcionales, corriente impetuosa nos arrastra para mostrarnos tesoros soterrados.

¿Viajar a dónde y para qué? Sigue siendo una pregunta que ronda mi cabeza. Viajar para conocer otros mundos, tomar contacto con otras culturas y escalar otros cielos. Los viajeros han sido gente curiosa. Sumamente estudiosa. Sus investigaciones sobre diversos países forman parte de un estupendo legado histórico. Nos asomamos a sus páginas para descubrir —con asombro— detalles insospechados. Su sensibilidad pasa la prueba del tiempo. Sus textos continúan siendo consultados por las enseñanzas que nos dejan.

Su mirada ausculta el corazón de las cosas. Con sus pasos iluminan el camino de otros caminantes. Son los testigos de una época sin cuyos descubrimientos no tendríamos ni la más remota idea de situaciones y acontecimientos de primerísima importancia. Diligentes e inquietos, se atienen a sus propias reglas y mandatos. En Nicaragua son muchos los que han incursionado en diferentes campos. Altos mojones, permiten divisar los cuatro rumbos cardinales del país.

Los viajeros son seres excepcionales, corriente impetuosa que nos arrastra para mostrarnos tesoros soterrados. Vinieron con el ánimo de encontrar pepitas de oro en los socavones, guirnaldas y flores en las llanerías y nuevas especies en las profundidades de las montañas. Las reportaban y adornaban con su exotismo los museos de Berlín, París y Londres. Venían con los ojos abiertos dispuestos a encontrar lo que buscaban. Nuevas plantas, animales y otras rarezas.

Excavaron las profundidades para indagar nuestra riqueza arqueológica. Sus resultados saltan a la vista. Contribuyen a analizar y comprender diversas culturas aborígenes. Sus inquietudes trascendían la paga recibida. Su más grande apuesta estaba orientada al estudio de las novedades que encontraban a su paso. Luego las remitían como su mayor conquista a sus lugares de orígenes: especialmente al continente europeo. Su ánimo y disposición eran otro. Estudiar y analizar formaba parte de su credo.

Pienso por ahora en E. George Squier y Thomas Belt, joven diplomático el primero, y geólogo el segundo. Squier talló sobre roca Nicaragua, sus gentes y paisajes (1852) y Belt auscultó la flora y fauna nicaragüense. Vinieron con propósitos distintos. Se empinaron sobre sus pies para ver más allá del horizonte de sus cargos. A Squier creímos culpable de la llegada de William Walker en Nicaragua. Dos prominentes liberales —Francisco Castellón y Máximo Jerez— le invitaron a venir a Nicaragua para acuerpar sus luchas contra los timbucos. En verdad llegó para proteger los intereses del comodoro Alexander Vanderbilt. Belt fue más incisivo.

El inglés se dedicó a develar los misterios del trópico. Su coterráneo Charles Darwin recomendaba su libro como un clásico. El diplomático y científico. Más de un siglo después —en compañía de Franco Peñalba— Jaime Incer desanduvo los caminos transitados por Belt en el siglo diecinueve. Una larga caminata de grandes y fructíferas consecuencias.

La obra de Squier llegó de manos de Luciano Cuadra Vega, el mayor de la familia Cuadra Vega, una familia de poetas y humoristas. La Editorial Universitaria Centroamericana, (Educa, 1972), fue la encargada de difundir —por toda la región— las conclusiones a las que había arribado el diplomático estadounidense. Capítulo fascinante, el dedicado a la política. Su crítica a las elecciones en Nicaragua todavía golpea mis oídos. La comparación que hace con las elecciones estadounidenses es aleccionadora.

Lo que en aquel país son tolvaneras de verano, aquí eran la antesala del infierno, tanto para el partido perdedor como para sus adláteres. Quien gana —recalca Squier— lo gana todo. Quien pierde, lo pierde todo. ¡Ay! del que disiente. Lo esperaba la cárcel, el exilio, la confiscación o la muerte. ¿Cuánto ha cambiado desde entonces el panorama político nacional? ¿Mucho? ¿Poco? ¿Nada? Una invitación encaminada a repensar la realidad política nicaragüense. Especialmente en estos días.

A Jaime Incer, traductor de cronistas y viajeros —cronista y viajero él mismo— debemos no solo la traducción, también haber descubierto la obra de Belt. El naturalista en Nicaragua (1874), fue uno de sus más felices hallazgos en la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos. Incer se encontraba en Washington D. C., durante el verano de 1960, junto con su hermano Roberto. Ambos sin un centavo en la bolsa. En aquellas circunstancias halló el libro de Belt.

La manera como narra la forma que encontró el texto del geólogo inglés (Nicaragua: un anecdotario de semblanzas y recuerdos, 2015), ratifica que grandes logros muchas veces provienen del estómago vacío. Titula el trabajo: Desayuno en la biblioteca del Congreso. Para paliar el momento decidió desayunar con nutritivas lecturas. El delicioso desayuno le produjo buena digestión. Solo los editores del Taller San Lucas en Managua, conocían de su existencia. Jaime sería el más connotado impulsor de la obra de Belt.

A Luciano y Jaime debemos el conocimiento de dos obras capitales, tuvieron visión y acierto. Trajeron hasta nosotros dos textos que sintetizan parte de nuestro acervo cultural. El de Squier hermanado con la política, expone el entusiasmo de un diplomático que supo invertir sus largas horas de ocio. Vio, analizó y escribió sobre un momento clave de la historia nacional. Si animó o no al filibustero para que desembarcara en Nicaragua y se hiciese nombrar presidente a sangre y fuego, no podemos culparlo.

Belt vino al servicio de explotadores del oro. A cambio nos dejó la primera obra científica nicaragüense. Un texto impresionante incubado en los minerales chontaleños, ahora explotados a cielo abierto por empresas mineras transnacionales. La diferencia de aquellos hombres con el presente es abismal. Ya no vienen diplomáticos estudiosos de nuestra historia, ni científicos dedicados a estudiar la flora y fauna nacional. La mayoría es gente codiciosa, codiciosa, codiciosa…

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