Rosario Murillo y el discurso de odio

El discurso del odio en un país de “comejenes” y “sapos”

El rosario de insultos de Murillo: “Minúsculos, vandálicos, peleles, chupasangre, golpistas, puchitos, chingastes, hongos, bacterias”

A partir de abril de 2018, Nicaragua entró en modo “nosotros versus ellos”. “Ellos, comejenes, hongos, bacterias…” son los más recientes insultos que la vicepresidenta Rosario Murillo dirige a quienes se oponen al actual régimen de su esposo, Daniel Ortega. El discurso oficial que emana principalmente de Murillo es calculado, peligroso e incita a la violencia en un contexto de represión e impunidad de un sector de la población hacia otro. “Ellos, los sapos”, responde, del otro lado, la ciudadanía nicaragüense cayendo en ese esquema que polariza y estigmatiza.

Es noche ajetreada para Ortega y Murillo. Es viernes cuatro de octubre y toca hacer aparición pública en un acto en honor al héroe nacional Benjamín Zeledón. El presidente se toma una hora para dar su discurso frente a decenas de jóvenes uniformados con propaganda partidaria, funcionarios, militares y policías leales al régimen. La transmisión a través de los medios oficialistas transcurre sin mayor novedad. Una vez termina Ortega, habla Murillo frente a una batería de micrófonos sostenidos en completo silencio ante ella.

Es la costumbre, un monólogo jamás interrumpido en que las preguntas no tienen lugar. “Los traidores”, sonríe levemente, pausa un segundo, “son” vuelve a pausar, “plagas, que ahí están”. Luego alza la voz, “son comejenes, que se reproducen; hongos, bacterias que se reproducen”, pausa otra vez. “Pero es más grande el alma de nuestros pueblos”, suaviza el tono.

Son los más recientes calificativos que ha escogido Murillo para que sean replicados y celebrados en las redes sociales por sus adeptos, para atacar a quienes no simpatizan con el actual régimen.

Del otro lado, la nueva tanda de insultos proferidos por Murillo causa indignación entre los opositores, pero de inmediato le sacan la vuelta con humor: se inventan un “reto” viral, el “Chayoker Challenge”, que implica grabar un video diciendo, sin parar, una enorme lista de epítetos cortesía de la vicepresidenta: “…comejenes, hongos bacterias, insectos, tranqueros, somocistas…”, pausa, “pero no sapos”, culmina. Sapo no, porque sapos son los otros, los leales al régimen. Así les llaman, así les definen.

Vamos a recitar sin respirar todos los nombres que nos ha regalado la vicedictadora.#ChayokerChallenge

Posted by Ricardo Zambrana – Zambranitis on Tuesday, October 8, 2019

En el campo del discurso, la dinámica de “sapos” versus “comejenes” dice mucho de la polarización que se vive en un país sumido en una grave crisis sociopolítica desde abril de 2018. En el esquema represor de un régimen que ha sido señalado por crímenes de lesa humanidad por organismos internacionales de derechos humanos, el discurso de la vicepresidenta Murillo, cae dentro de las distintas categorías del espectro de discurso de odio u hostil que persiste en el país.

Del discurso de odio a los crímenes atroces

No es la primera vez en la historia de la humanidad que gobernantes utilizan la estigmatización del otro y el discurso de odio. Las consecuencias, en muchos casos, han sido devastadoras. “Hoy es domingo 19 de junio de 1994 y son las 4:22 de la tarde en los estudios de RTLM. Un anuncio para todas las cucarachas que están escuchando en este momento: Ruanda le pertenece a aquellos que realmente le defienden… Todo el mundo está armado para vencer a las cucarachas… Tenemos suerte de que los Tutsis sean tan pocos en nuestro país… Si exterminamos a todas las cucarachas, nadie nos juzgará”. Son las voces de los locutores de la radio RTLM, una emisora estatal de Ruanda, un país que vivió el peor genocidio de la historia contemporánea de África, cuando al menos un millón de personas de la etnia Tutsi fueron asesinadas por los Hutu, la etnia gobernante.

“En los últimos 75 años, la incitación al odio se ha visto como precursor de delitos atroces, incluido el genocidio, desde Ruanda hasta Bosnia y Camboya”, indica Naciones Unidas.

Los discursos que incitan al odio desde el poder no son, tampoco, cosa del pasado. Los hay contra los migrantes, la comunidad LGBTI y otros grupos vulnerables. Actualmente, por ejemplo, varios presidentes en distintas partes del mundo atacan directamente a periodistas. En Filipinas, el presidente Rodrigo Duterte los acusa de ser parte de un plan para darle un golpe de Estado, les llama “cuervos”, “espías” y “delincuentes” y ha dicho que su deseo es “matar el periodismo”; en Estados Unidos, el presidente Donald Trump los tilda de “enemigos del pueblo americano”. En Brasil, el mandatario Jair Bolsonaro, le copia a Trump y les llama enemigos del Estado; y en Medio Oriente, se les acusa de terroristas. En Nicaragua, Ortega debutó en 2007 calificando a los periodistas como “hijos de Goebbels” y llevó al extremo la criminalización del ejercicio del periodismo al castigar a Lucía Pineda y Miguel Mora con seis meses de cárcel.

El renacimiento del discurso de odio es motivo de alarma en Naciones Unidas. El secretario general de la ONU, Antonio Guterres, advirtió que “tanto en las democracias liberales como en los regímenes autoritarios, algunos líderes políticos están incorporando las ideas y el lenguaje alimentado por el odio de estos grupos a la corriente principal, normalizándolos, endureciendo el discurso público y debilitando el tejido social”.

Gregory S. Gordon, quien fungió como fiscal del Tribunal Penal Internacional para Ruanda, describe en su ensayo “El discurso en el espectro de la atrocidad”, cómo el discurso hostil va, desde formas de comunicación indirectas, hasta llamados directos a la exclusión, la privación de derechos o la violencia.

Gordon explica que, dentro del discurso hostil, existen varias categorías. El discurso oficial del régimen, diseñado por Murillo, calza dentro de varias de ellas.

La animalización para deshumanizar

Dentro de lo que Gordon llama “declaraciones generales”, están la repetición de estereotipos negativos, la difamación del grupo víctima y declaraciones deshumanizantes a través de técnicas de “animalización” y la demonización. Esa parece ser la especialidad de Murillo.

La experta nicaragüense en Estudios Culturales, Ileana Rodríguez, plantea las distintas categorías en las que se ubican los calificativos que Murillo atribuye a la ciudadanía disidente: “La vicepresidenta cataloga a sus conciudadanos acudiendo a series de discursos de distintas procedencias”.

La lista de insultos nace el 18 de abril de 2018, el día que iniciaron las protestas contra el Gobierno y que fueron reprimidas con violencia por miembros de la Juventud Sandinista. Una Rosario Murillo, con voz notoriamente ofuscada, en sus acostumbradas llamadas telefónicas a uno de sus medios de propaganda, exclamó: “¡Esa es una manipulación perversa! Esos grupos minúsculos, esas almas pequeñas, tóxicas, llenas de odio, no representan el sentimiento, la necesidad de paz, de trabajo y de cariño del pueblo nicaragüense que tanto ha sufrido”.

Las protestas ciudadanas crecieron y, con ellas, los epítetos. ¿Con qué objetivo? Las etiquetas, el poder las usa para controlar socialmente, explica la experta en comunicación Mildred Largaespada. Esos insultos buscan estigmatizar política y socialmente a quienes protestan. Murillo “se instala en el discurso de ‘nosotros y los otros’ y utiliza las etiquetas para ofrecer una calificación rápida y fácil a su grupo social para explicar quiénes son todos los que están protestando”, amplía.

El presidente Daniel Ortega, aunque con menos intervenciones, en sus discursos siguió esa misma línea en abril de 2018 y tildó a los manifestantes de delincuentes, pandilleros y vándalos, y el 19 de julio calificó a los obispos de la Iglesia católica de “golpistas”. “El objetivo de los que están dirigiendo estos planes criminales, es destruir la imagen de Nicaragua”, alegó Ortega.

La frase de Ortega aparece en el informe del Grupo Interdisciplinario de Expertos (GIEI), de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, un reporte que concluye que en Nicaragua el Estado cometió crímenes de lesa humanidad. En el informe se puede leer también que “el discurso público de descalificación y demonización de los protestantes” utilizado por el Gobierno es uno de varios elementos “que indican que estos hechos fueron decididos y avalados por las máximas autoridades del país”. Con “estos hechos” se refiere a asesinatos, privación de libertad de manifestantes, persecución, violaciones y torturas.

El GIEI dedica varios párrafos de su informe a valorar el discurso oficial del régimen Ortega Murillo en el marco de la represión desatada a partir de la fecha y que empezaba a cobrar muertes. Con los discursos se pretendía generar una imagen negativa de la ciudadanía. Primero se les minimiza (minúsculos, seres pequeñitos), para luego endilgarles intencionalidad negativa (destructores, tóxico). Seguido, se les culpa de los hechos trágicos y criminalizados (delincuentes, pandillas) y, a la vez, se les señala de traicionar ideales y logros políticos del sandinismo (financiados por el imperialismo estadounidense), se lee en el documento.

El asedio y la incitación

En el espectro del discurso hostil descrito por Gordon, a este tipo de “declaraciones generales” le sigue el asedio, cuando se hacen declaraciones directas hacia las víctimas. Murillo, en varias ocasiones, ha lanzado amenazas directas hacia los manifestantes: “Ahí andan unas campañitas ridículas en redes sociales, terrorismo, terrorismo, dejen de jugar con fuego”, dijo el 27 de agosto de 2018.

Del asedio, se pasa a la incitación al odio, la discriminación y a la persecución. La incitación al odio urge a la mayoría a desarrollar sentimientos de odio hacia el grupo víctima. La incitación a la discriminación urge a maltratarlas. “Ya nuestro comandante el sábado alertaba sobre aquellos, aquellos puchos que quieren sangre, todavía en Nicaragua. ¡Qué horror! Cómo puede alguien tener una óptica y un corazón de vampiro, que todavía quieran sangre en nuestras calles, en nuestras comunidades, odio, sangre, eso no puede tener existencia en nuestro país, eso no es de cristianos…”, dijo Murillo el 15 de octubre de 2018, un día después de que la Policía agrediera y arrestara a unas 38 personas que intentaron manifestarse pacíficamente en Managua.

La incitación a la persecución implica abogar por la exclusión del grupo víctima de su participación en la sociedad y del disfrute de sus derechos civiles de forma completa, explica Gordon.

También el GIEI apunta que “el clima de persecución a los manifestantes, generado por la política de represión y por los discursos de descalificación emanados desde las más altas autoridades del Gobierno, tuvo su repercusión en la actuación del sistema de salud pública”, así lo recogieron en las múltiples entrevistas en las que hubo denuncias de severas irregularidades y la denegación de atención médica estatal a los participantes de las manifestaciones que resultaron heridos.

Exclusión y hostilidad

La comunicóloga Mildred Largaespada también señala cómo, desde el poder, con un discurso replicado por funcionarios públicos y convertido en política nacional de comunicación, se “pretende excluir a un enorme grupo social de su propio territorio y de su propia sociedad”.

Seguido, llegan las formas más serias del discurso hostil, la incitación a acciones violentas de forma explícita o no explícita, detalla Gordon. Murillo provee un ejemplo, en su alocución del diez de octubre de este año: “Todos sabemos que las edificaciones, las casas, todo eso lo levantamos, ponemos las primeras piedras, y ponemos las piedras fundacionales de todas las edificaciones… ¿Y qué pasa? De repente descubrimos en las paredes, nidos de comején. Y ese comején quiere meterse, quiere destruir, quiere botar nuestros edificios. ¡Pero no lo permitimos! Siempre sabemos cómo combatir eficazmente las plagas, los insectos, los comejenes, y no permitir que destruyan lo que construimos con tan buen corazón”.

Discurso de odio para invertir papeles

Existen, además, otros métodos del discurso hostil como la “acusación en espejo” que consiste en imputar a la víctima la intención de cometer los mismos crímenes que el perpetrador comete. Murillo y Ortega han trasladado la responsabilidad estatal de los crímenes cometidos durante las etapas más cruentas de la represión directamente a los manifestantes: “Ellos los mataron… ¡Que paguen por sus crímenes! Ellos, que apostaron a destruir Nicaragua; ellos, que destruyeron por un tiempo la paz en Nicaragua; ellos, ¡que sembraron odio! ¡Eso es imperdonable! ¡Un pecado capital, sembrar odio en Nicaragua! ¡No lo olvidamos, ni lo olvidaremos! Justicia… ¡Que paguen por sus crímenes!”, dijo Murillo el ocho de agosto de 2018.

Durante su discurso del cuatro de octubre de este año, en el acto al héroe Benjamín Zeledón, Ortega dijo que denunciaría a sus opositores ante la justicia internacional: “Si aquí habría que llevar a Corte Penal Internacional alguna, es a los criminales que promovieron estos crímenes”, amenazó, aunque su Gobierno no acepta la jurisdicción de la corte.

Para justificar la violencia, explica Gordon, se describe la atrocidad que “los otros” llevan a cabo “de forma que convence a la audiencia de que la violencia es moralmente justificada”. Este fue otro de los métodos aplicados por Murillo, sobre todo durante lo que el régimen llamó la “limpieza” de “los tranques de la muerte”, bajo la excusa de que en las barricadas se cometían crímenes y de que Nicaragua estaba secuestrada. La “Operación Limpieza” fue un operativo militar ejecutado de forma conjunta por policías y paramilitares que, con armas de fuego de alto calibre, desmantelaron las barricadas que los protestantes habían ubicado sobre las principales vías del país, dejando decenas de muertos.

Felicitar la violencia del pasado es también parte de los métodos no explícitos del discurso hostil. Los locutores de la radio estatal RTLM felicitaban a los “valientes combatientes” que iban a la “batalla” contra los tutsis en Ruanda; en Nicaragua el régimen felicita y condecora a quienes ejecutaron la represión contra los manifestantes.

El GIEI en su informe detalla los nombramientos y ascensos, que se dieron en agosto y septiembre de 2018, justo después de la eliminación de las barricadas, como el de Francisco Díaz, también consuegro de Daniel Ortega, como director de la Policía, quien desde antes de abril de 2018 ya asumía de facto dicho puesto, así como el de otros integrantes de la jefatura, como los comisionados generales Ramón Avellán, Jaime Vanegas y Adolfo Marenco, varios integrantes de la Dirección de Operaciones Especiales (DOEP), personas señaladas como encargadas de los ataques a la ciudadanía y Luis Alberto Pérez Olivas, jefe de la Dirección de Auxilio Judicial (DAJ), la cárcel conocida como “El Chipote”, adonde llevan a manifestantes detenidos ilegalmente, muchos de los cuales han declarado haber sufrido torturas.

“El Estado sostuvo un discurso público de construcción de un enemigo y en ningún momento cuestionó el uso de la fuerza letal contra protestantes. Por el contrario, el accionar de las fuerzas represivas fue avalado por las autoridades políticas y varios de los responsables fueron ascendidos”, dice el GIEI.

El peso de quién, a quiénes, cómo y cuándo

Que sea la vicepresidenta y virtual copresidenta quien diseña y practica el discurso de odio es sumamente importante, pues se trata de una figura de autoridad. También importa la forma cómo lo difunde: de manera consistente y repetitiva, a través de sus medios de comunicación masivos y de los funcionarios públicos que lo repiten al pie de la letra. Importa también el contexto.

Edison Lanza, Relator Especial para la Libertad de Expresión de la CIDH se refiere al hecho de que sea una vicepresidenta quien habla de “combatir eficazmente a las plagas, los insectos, los comejenes”: “No es lo mismo que lo diga alguien que en redes sociales tiene 20 seguidores, a que lo diga alguien que ocupa la vicepresidencia de la República. En segundo lugar, el contexto, una cosa es decir algo que descalifica al otro políticamente en un país donde no hay violencia, y otra cosa es decirlo en un país donde acabamos de tener, lamentablemente, más de 300 asesinatos por razones políticas o vinculadas a razones políticas. Entonces creo que es un discurso que realmente está al borde…”. Aunque prefiere no catalogarlo como discurso de odio, describe el discurso de Murillo como uno que busca crear un enemigo.

Lo que el discurso dice de Murillo

La doctora en Filología, Addis Esparta Díaz, excatedrática de la UNAN, analiza el discurso de Murillo como “degradado” e “irracional”. Díaz también presta atención a las distintas terminologías “habilidosas”, pero muy fuertes.

Para la experta, es un discurso intransigente, pero también un discurso transgresor y cuando ya la persona transgrede ciertas normas y pasa de ser una persona ecuánime a una persona que muestra un desequilibrio”.

Es “un discurso irracional. Es el discurso de lo que se conoce en terminología filológica como el discurso de la censura o discurso maniqueo”, es decir un discurso retórico, repetitivo, violento y divisivo y que, además, está asentado en “las pasiones y las emociones, que son formas, digamos semióticas, que pueden subvertir muchas veces todo lenguaje”.

“La palabra es política, moviliza y desmoviliza. La palabra es muy decidora del sujeto que habla y que nos hace sospechar en los poros e intersticios de su discurso no solo su sensibilidad, sus deseos políticos, sino también sus temores y resquemores”, analiza Rodríguez, quien ve en las alocuciones diarias de Murillo “un empeño absoluto en apoderarse de las ondas sonoras del aire para estar hablando constantemente”.

Así, este discurso podría decirnos más sobre quién es Murillo, que sobre quienes ella trata de definir.

La intencionalidad política

El discurso de Murillo, apuntalado sobre todo en la estigmatización, busca, además, construir un archivo alterno de la memoria en torno a las masivas protestas en su contra a partir de esa fecha, apunta Ileana Rodríguez.

Largaespada agrega que la insistencia, de Murillo, hasta hoy, en el uso de calificativos hacia la oposición tiene una razón: “Cada vez que ella dice una nueva etiqueta o una ristra de nuevas etiquetas es porque se le está debilitando su cohesión en los grupos simpatizantes”. También considera que el discurso del régimen, que insiste en catalogar las protestas como un golpe de Estado, ha sido errado y “no han podido recomponerlo… Se le ha mirado asustada. A Daniel Ortega también se le ha mirado asustado… están los dos empantanados en el discurso”.

Es necesario, además, analizar lo que Murillo no nombra: los manifestantes asesinados, sus familiares que piden justicia. “No mencionan el dolor de lo que puede significar eso para una madre. Entonces, esa deshumanización, es como que no han existido, ni siquiera como ciudadanos, como seres humanos. Si no los nombra es porque quiere que no existan, porque para su grupo social es importante que esos muertos no existan, porque son demasiados y si un grupo social cerrado se da cuenta de que toda a esta gente alguien la debió haber matado, entonces hay gente que se puede cuestionar y se le puede seguir erosionando su base social y política”, anota Largaespada.

 El discurso del otro lado de la acera

La ciudadanía que se ha levantado en contra del régimen, en una buena parte, ha respondido reapropiándose de los insultos. Es así como en las redes sociales, aparecen perfiles que orgullosamente se auto denominan “vandálicos”, “terroristas”, “puchitos” y ahora “comejenes”.

Desde la perspectiva de Mildred Largaespada, “no es adecuado para una persona aceptar un nombramiento o un bautizo que venga desde el poder de manera negativa y descalificando tu identidad. Los autoconvocados, al utilizar esas palabras, ¿están aceptando que el poder les nombre?”, cuestiona.

Pero, además, desde quienes desafían al régimen, se ha posicionado el uso del descalificativo “sapo” para definir a los nicaragüenses que son leales al régimen Ortega Murillo.

“Hay toda una conducta humana en torno a este animal, que resulta repulsivo cuando se usa en términos generales. La palabra ‘sapo’ en el lado ‘Azul y Blanco’ claramente está denotando el animal, pero a la par tenemos una connotación mayor, porque el sapo viene siendo este individuo que anda como una especie de espía, que trata en todo momento de ser un delator”, dice Díaz.

El uso del término, nace de la indignación de la ciudadanía, ante los insultos que les dirige Murillo, dice Díaz. Rodríguez coincide: “Lo que tenemos es una profunda indignación, pero yo siento que sería mejor expresarlo con un lenguaje más elevado”.

“Es una manera de denigrar y también, en ese sentido, están utilizando el mismo método que el régimen para para deshumanizar a esa persona”, expresa Largaespada, aunque agrega: “me pongo a pensar siempre en las madres, ¿qué le va a decir una madre a Rosario Murillo o a Daniel Ortega? Obviamente no va a tener un debate de altura con esta gente, porque la rabia, el dolor que tiene una madre o un padre que le han asesinado a su hijo… pues, no le podés pedir eso, no. (Sí) es condenable por parte del poder y más condenable cuando hay una política organizada de tener un discurso que violenta la sociedad, que exacerba los ánimos, que divide entre ‘ellos y nosotros’, eso es un discurso inaceptable, que provoca que esto no se acabe y que más bien continúe el país hacia el despeñadero”.

Actualmente, Murillo ha impuesto un discurso violento, pero “ese no puede ser el esquema de la lucha política de la nueva Nicaragua. Debería de ser más refinado, con debates de altura. Tenemos que insistir para que no lo usen periodistas o los líderes políticos y figuras mediáticas… deberían de sentirse con mayor responsabilidad de elevar el debate”, finaliza Largaespada.

Así, en la Nicaragua de “sapos” y “comejenes”, los discursos de la población serían no solo síntoma del conflicto, sino también un catalizador, sobre todo del lado de quienes ostentan el poder y lo han usado para cometer crímenes contra la población.


Los epítetos de Rosario Murillo

Recopilación de Pedro X. Molina

  • Minúsculos
  • Vandálicos
  • Peleles
  • Vampiros
  • Chupasangre
  • Derechistas
  • Pandilleros
  • Golpistas
  • Pelagatos
  • Caricaturas
  • Terroristas
  • Satánicos
  • Hijos de satanás
  • Fascistas
  • Imperialistas
  • Vampiros
  • Saqueadores
  • Puchitos
  • Poca cosa
  • Chingastes
  • Pudientes indolentes
  • Migajas
  • Miserias humanas
  • Filibusteros
  • Ridículos
  • Ilusos
  • Criminales
  • Violadores
  • Comejenes
  • Plagas
  • Hongos
  • Bacterias

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