Opinion

El discurso dictatorial y sus consecuencias

Maldad, demencia, ilusión y hasta ingenuidad concentradas en el pensamiento dictatorial de la pareja gobernante

…Y seguía el Primer Magistrado pensando en su obligado discurso,
sin que la imaginación se le mostrara propicia.
Palabras, palabras, palabras.
Siempre las mismas palabras.
Y, sobre todo, nada de libertad
 –con las cárceles llenas de presos políticos.

Alejo Carpentier

Ese estilo de hablar sin decir nada auténtico que refleje la realidad, los nicaragüenses lo reconocemos en los discursos de Daniel Ortega. El autor de El Recurso del Método, al describir el estilo del discurso de su personaje, el “Primer Magistrado”, hizo la descripción de las características comunes del discurso de cualquier dictador del montón: abundante en palabras y siempre huyéndoles a las causas de los problemas nacionales.

La discordancia entre su discurso y la realidad se aumenta con la velocidad que le imprimen los desajustes económicos, sociales y políticos a la crisis que provocó la dictadura. Sus discursos durante la actual crisis costosa y sin solución a la vista, proliferan las palabras escapistas, gracias a una poca propicia imaginación.

Los discursos cotidianos de la segunda al bate… ¡son los que batean con tan desmesurada lejanía de los hechos reales, que causan la impresión de que se está dirigiendo a ciudadanos de otra galaxia!

En verdad, ya luce cansina la recurrencia obligada a pensar, hablar, escribir, escuchar y leer sobre los objetivos principales que persiguen los dictadores, porque en sus discursos solo traslucen sus afanes por imponer la continuidad de su régimen. No piensan en otra cosa, si no en acelerar el manejo corrupto del poder; en la represión generalizada sin límites ni ahorro de violencia, incluso devenida en promotora de crímenes de lesa humanidad; en la invención de leyes y decretos contra los derechos humanos, ideados al mismo ritmo que violan la Constitución.

Con todo eso y más, roba a los nicaragüenses hasta las horas destinadas al sueño. Esa enfermiza actividad contraria a la institucionalidad, el bloqueo de las libertades y la tranquilidad de casi todos los nicaragüenses, ha sido la finalidad de los tres fraudes electorales perpetrados en trece años. En cómo hacer el próximo fraude, se han estado ocupando en el tiempo que falta para las próximas elecciones.

De tal manera se comportan con su obsesiva aspiración de dominio a cualquier precio para sus víctimas, que los ha llevado a la demencial pretensión de pensar en que nada puede ser ni será mejor para el país, sino hasta cuando todos piensen como ellos quieren que se piense. Es decir, tienen la loca idea de hacer de esta sociedad una manada de borregos.

De ahí uno de sus motivos para impulsar el iluso y totalitario propósito de llevarnos a ese estado de sumisión con sus decretos y leyes mordazas. Maldad, demencia, ilusión y hasta ingenuidad concentradas en el pensamiento dictatorial de la pareja gobernante. Así, solo están estimulando y recrudeciendo la lucha por la liberación para evitar el tránsito de la vida del pueblo por los cuatro caminos abiertos por la dictadura, de acuerdo a la filosofía rockonolera del bolero de Daniel Santos:

El hospital, la iglesia, la cárcel y el cementerio. El hospital más por golpizas que por coronavirus; la cárcel por días, meses o años que los dictadores quieran; la iglesia para las misas de nueve días y el cementerio, al final de todos sus caminos.

Sería un largo proceso de padecimientos. Pero podría ser un corto proceso, siempre que la lucha presente crezca en unidad y en conciencia de que las medidas dictatoriales amenazan intereses de todos los sectores sociales, en mayor medida de lo que ahora pensamos.

La anormalidad y las consecuencias vividas durante los últimos años, obliga a pensar con sensatez en lo que podría suceder en los días posteriores a la caída del régimen: el recrudecimiento de lo peor de las relaciones humanas por los conflictos políticos y su influencia en el proceso de reconstrucción nacional.

En lo inmediato, de modo espontáneo, podrían verse reacciones poco racionales entre las personas afectadas emocionalmente por la derrota, o por la victoria, como efecto de la incultura política tradicionalista aún vigente en algunos sectores de todos los bandos políticos. Esta expresión rezagada de la vieja política de nuestro país, es alimentada ahora:

Con el actuar de personas que durante el mando de “su” partido, se han llenado de odios, actúan con modos agresivos en contra de las personas de militancia opositora; practican la delación, ofrecen falsos testimonios, denuncian falsos delitos y discriminan a los que piensan diferente y practican su derecho a manifestarse en contra el régimen de “su presidente”, etcétera.

En un futuro lejano o cercano, cuando “su” gobierno deje de existir, se verá cuan difíciles y conflictivas podrán ser las actitudes de quienes se sentirán afectados durante el proceso de cambio de las situaciones políticas actuales del país. Eso, lo podemos imaginar…

Al margen de estas cuartillas

*Lo poco narrado antes, de imposible olvido, es parte de lo que se ha visto durante los años de gobierno orteguista: las agresiones en vecindarios, barrios, pueblos y ciudades en contra de opositores azul y blanco, a veces por solo izar una bandera nacional en la calle o por tenerla desplegada en algún lugar de su casa.

*Detenciones ilegales, secuestrados y procesados mañosamente conforme a lo urdido por los guardias y los jueces oficialistas; testigos falsos que aseguran haber visto a los secuestrados en donde nunca estuvieron, que portaban cosas que nunca portaron y que nada hicieron de lo que los acusan.

*Les ha perecido normal condenar a penas de cárcel absurdas de centenares de años (una cadena perpetua con la cual está amenazando la dictadura).

*Nunca valen los testimonios a favor de las víctimas y les aplican penas de odio por encargo político de obligatorio cumplimiento.

*Un sistema carcelario primitivo con torturas y tratos inhumanos, con el empleo de manos (y patas) de guardias de azul, sin ninguna diferencia con el empleo de las manos (y patas) de los guardias de kaki somocistas, tan expertos como estos en el oficio de violar dignidades y derechos humanos.

*Por mucho que aquí intente señalar todos los medios y los métodos de guardias, delatores y jueces que actúan como robot del régimen, no se podría agotar los casos de las crueldades cometidas en cualquier cárcel del país.

*Todas esas crueldades y falsedades con las cuales la dictadura ha venido condenando inocentes, constituyen un caudal de odio y rencor que podría desbordarse sobre la conciencia de la ciudadanía atropellada, y despertarles sentimientos de venganza, máxime si la justicia no actuara en su momento como lo demanda el concepto jurídico de la justicia transicional.

*Un poco de todo eso que amenaza la futura reconstrucción económica, política y moral de Nicaragua, se vislumbra por los insanos sentimientos históricamente cultivados por la dictadura en personas que han visto o han sufrido cualquier injusticia de parte de quienes apoyan al régimen. Por eso, no es raro oír a las víctimas, sus familiares, amigos o testigos de todo eso, expresar (de modo emocional, desde luego):

¡Quién sabe en dónde se van meter o adónde se van a ir estos… cuando caiga la dictadura!

*Así, pero sin recurrir al eufemismo de puntos suspensivos como lo hice, para omitir el adjetivo merecido, se escucha en personas dolidas, aunque incapaces de cometer ningún delito alguno. Pero esas emociones podrían no ser bien manejadas por otras personas con cultura política tradicional.

*Nadie puede imaginar hasta dónde llegarán las consecuencias de la siembra de odio y las prácticas crueles de los dictadores y sus partidarios, lo cual no sería más que la repetición de lo peor de la incultura política con que los caudillos han distorsionado los sentimientos humanos de los nicaragüenses en todas las épocas.

*No podemos dejar de imaginar cual podría ser la actitud de los opresores de hoy el día de mañana, y tampoco podemos dejar de imaginar cuáles y cuántos podrían recurrir a la violencia “desde abajo”, sabiéndose huérfanos del poder y temiendo ser objeto de venganza de alguna de sus víctimas de hoy.

Seamos realistas y sobre todo conscientes: las nuevas generaciones de políticos, que conocen ese tipo de reacciones en nuestra historia, pueden y deben tratar de evitarlas en sus partidarios, combatiendo desde ahora esa arraigada incultura de la violencia política… para bien de todos.

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