Opinion

El efecto de la crisis

Si no surge una alternativa de poder, la crisis destruirá también a la nación

Óscar Wilde decía: Creer es muy monótono; la duda es apasionante. La pasión, a la que se refería Wilde quizás consista en la toma de decisiones bajo incertidumbre, porque la falta de información conlleva el mayor riesgo. Es decir, lo apasionante sería resolver dilemas ineludibles de manera metódica, con el auxilio de alguna teoría de toma de decisiones, pero, con coraje, imaginación, y habilidad, porque cualquiera de estas cualidades puede resultar imprescindible para triunfar, aprovechando al vuelo las oportunidades que ofrece el azar. Napoleón, en sus cálculos militares, daba un tercio al azar. Menos que eso, decía, era ser imbécil, y más, era ser temerario.

Las causas internas de la convulsión social

Ortega, como gran mérito, muchas veces afirma: No hay plan b, ni c, ni d. Sólo plan a. No sólo sin considerar escenarios y alternativas, sino, que no le da ningún porcentaje al azar. ¿Qué habrá comandado alguna vez Ortega, dado que en política la incertidumbre es mayor que en la guerra? La rebelión de abril fue espontánea, pero, provocada, o estimulada, por la represión irracional. Prácticamente, la rebelión de abril se coló en ese porcentaje que en las grandes empresas corresponde al azar. Tanto así, que hasta la fecha no encuentra una dirección coherente.

Sin embargo, lo que hizo posible esta rebelión hay que buscarlo internamente, en el atraso de nuestra sociedad, con fallas estructurales que fomentan un enriquecimiento parasitario, con ayuda de la opresión política a la sociedad. En un orden social que cierra oportunidades, no sólo a los trabajadores que deben sobrevivir en la informalidad con trabajos precarios (la informalidad pasó del 60 al 80 % de la PEA, en los últimos 12 años, mientras el 20 % restante, es decir, el trabajo formal, ve disminuir en estos años el poder adquisitivo de su salario); un sistema negligente que por falta de competitividad dificulta la formación de grandes empresas, con algún valor agregado y con trabajo calificado; un sistema que desalienta, incluso, a los sectores que intentan una transición social por mérito intelectual y profesional.

Estos últimos, los estudiantes, los más decepcionados por sus propias perspectivas dentro de una industria que no demanda trabajo calificado, y dentro del Estado, donde prevalece el servilismo abyecto sobre el mérito profesional, han sido los primeros en encender la mecha de la rebelión. Pero, ahora viene el resto. Con la crisis, Ortega entrega a cada sector las consignas y demandas de lucha por las que saldrán a derribar a la dictadura orteguista. La rebelión de abril no fue más que un ensayo de la próxima convulsión social de la sociedad entera.

El subjetivismo

Hay una escuela… mejor dicho, una falta de escuela, una actitud metafísica que busca soluciones únicas, y las toma caprichosamente de ideas absolutas. Así, en su momento, de manera subjetiva, el sandinismo decidió que la salida al somocismo era la lucha armada. Y la salida al somocismo no fue la deseada. El país retrocedió cuarenta años en la década de los ochenta, con más de cincuenta mil muertos, no por la lucha armada, sino, por la forma subjetiva de tomar decisiones. Ahora, de manera igualmente subjetiva, se decide, en sentido contrario, que la única salida al orteguismo es la lucha pacífica. Como si no hubiera nada más que los extremos metafísicos excluyentes.

Las formas de lucha y la estrategia

La realidad es que las formas de lucha dependen de las circunstancias concretas, no de la voluntad. El arte supremo de la guerra es vencer sin disparar un tiro. De manera, que lo esencial en todo conflicto es la estrategia, es decir, cómo actuar con coherencia a lo largo de un árbol de toma de decisiones.

Las formas de lucha tampoco las determina uno sólo de los contendientes. Por el contrario, las decisiones de cada contendiente influyen en las decisiones de su contrario. A ello, Clausewitz le llamó acciones recíprocas. La estrategia consiste en prever las acciones que tomarán los sujetos sociales y los adversarios involucrados en el conflicto, para aprovecharlas o contrastarlas con las propias acciones y con los medios óptimos disponibles para tal fin.

Ortega, con la masacre de abril, no consiguió que los ciudadanos acatasen su voluntad. Más bien, la tendencia es a la rebelión creciente, que aguarda la oportunidad, a medida que Ortega se debilita, de manifestarse masivamente para sacarlo del poder. Por ello, Ortega se ve obligado a construir un Estado policíaco nunca visto. Ni siquiera durante la dictadura militar de Somoza. Es una muestra de su debilidad estratégica, ya que ahora se encuentra a la defensiva, por propia mano. Lo cual, es un caso común cuando la irracionalidad es ilimitada.

De manera, que Ortega ha fracasado militarmente, pese a sofocar en sangre a la rebelión. Es lo que se llama una victoria pírrica. El objetivo de la guerra no es matar, sino, destruir la voluntad de lucha del adversario. Esa lección elemental, del arte de la guerra, no ha podido asimilarla. La resistencia ciudadana no puede ser destruida policialmente, porque subyace como un iceberg dentro del tejido tenso de la sociedad. Ortega, rodeado de serviles, subestimó la voluntad de resistencia del pueblo. Subestimó su capacidad de resistir al terror…, y de aguardar atento que el régimen atrapado pierda fuerzas y se canse. El Estado policíaco en permanente alerta representa para Ortega un enorme desgaste que le pasa factura en una situación de crisis.

Golpe de Estado y crisis

Esta crisis, me recuerda a Santiago, protagonista de El viejo y el mar, un hombre salao dispuesto a recobrar su honor de pescador, que lleva 84 días sin atrapar un pez.  Cuando un pez espada pica su anzuelo mar adentro, aguarda por tres días que el pez, que arrastra el bote con el sedal atado al anzuelo, se canse y dé vueltas sin sentido alrededor del bote, para clavarle entonces el arpón con todas sus fuerzas. La concentración del 19 de julio fue un esfuerzo penoso, un derroche inútil de energía y de recursos escasos. El pez de Santiago también, con la esperanza de desanimar al pescador, salió del agua para mostrar su tamaño y luego se sumergió sin remedio en el agua.

Un golpe de Estado puede ser derrotado con la captura de los conjurados, una rebelión social no, porque se alimenta de la crisis del poder. En la medida que Ortega insiste en esa tesis falsa del golpe de Estado, da coces, como diría Sancho, contra el agujón.

Ningún golpe de Estado fallido suscita crisis.

La tesis del golpe de Estado obliga a Ortega a hablar de normalidad después de la represión, y la tesis de la normalidad le obliga a echar la crisis bajo el tapete. Porque si hablara de la crisis tendría que decir que su régimen suscita desconfianza, que aumenta el riesgo país, que es inestable, y que debe cambiar.

La disciplina y un plan de acción

¡Qué disciplina!, dijo Ortega, viendo el reloj al final del día en la plaza. La muchedumbre estaba desde las dos de la tarde, y eran las siete de la noche cuando le tocó el turno de hablar a Ortega. Todo empleado público debía asistir, y se le controlaba por medio de códigos de zona, para que no abandonara la plaza.

La disciplina, decía Sócrates a Pericles (según transcribe Jenofonte en recuerdos de Sócrates), depende de que un mando experimentado dé directrices sobre aquello que domina. Alguien que improvisa, advertía Sócrates, no consigue la disciplina. Ortega confunde la obediencia con la disciplina. Un rebaño es obediente, no disciplinado. La disciplina sigue un plan, persigue un objetivo consciente, tanto en sentido colectivo como individual. La muchedumbre de empleados públicos en la plaza hizo gala, no de disciplina o de paciencia, sino, de resignación momentánea, como el prisionero, obligado por el carcelero a obedecer reglas de control penitenciario, que constriñe su voluntad.

Ortega no ofreció nada en la plaza. Hizo bien. El futuro no le pertenece…, mejor dicho, no tiene futuro. Ya no habla con fanfarronada de la tierra prometida. Su proyecto es mantenerse en el poder como un fin en sí. En el aniversario cuarenta de la caída de Somoza, no hubo un balance de triunfos para el pueblo. Ni hubo, tampoco, un plan de conquistas. Parecía el ensayo de un sombrío entierro concurrido.

Si Ortega gobernara habría abordado, esencialmente, la crisis que paraliza la economía progresivamente, como la enfermedad del tétano que cierra el cuello, contrae los músculos hasta producir desgarres y fracturas, y con espasmos graves afecta el sistema respiratorio. Pero, Ortega ejerce un mando exclusivamente destructivo. No es de sorprender que diga que no hay más negociación, porque el espíritu de deserción avanza por dentro, en su alma, como en un ejército cuando sufre una derrota terrible. El régimen se muestra carcomido como un árbol hueco infectado por los hongos.

El problema es que, si no surge una alternativa de poder, la crisis destruirá también a la nación.

*Ingeniero eléctrico

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