Opinion

El escándalo del siglo

Gabo trabaja la palabra como el mejor orfebre del mundo talla sus piezas de oro y plata

Para Edgar Tijerino y Kiko Báez,

cómplices de mis lecturas.

La publicación de la más reciente antología de las crónicas de Gabriel García Márquez, El escándalo del siglo, (Editorial Vintage Español, octubre de 2018), reafirma mi tesis: Gabo es una mina inagotable, las casas editoriales y herederos habrán de explotar todavía por algún tiempo. Precedida por un prólogo escrito por el cronista estadounidense Jon Lee Anderson y una nota de su editor, Cristóbal Pera, (el mismo antologista de Yo no vengo a decir un discurso, 2010), indica que continuaran extrayendo oro en las profundidades de su producción periodística, publicada en cinco volúmenes por Mondadori. La obra compilada por Jacques Gilard ha sido reeditada en la colección de Literatura Random House. Una moda que satura el universo editorial. Todos se sienten autorizados a seguir sacando provecho de autores consagrados.

Empresas editoriales, autores, albaceas y antologistas, se han dado a la tarea de publicar textos inacabados o guardados en el cajón. Una variante asumida por los mismos autores. Añaden un nuevo cuento o dos crónicas inéditas en libros ya publicados con el propósito confeso de obtener dinero extra. El título lo toman de uno de los relatos o crónicas poco conocidas. El apetito por publicar a autores reconocidos se transformó en gula. Saben de antemano que tienen garantizado un buen segmento de lectores. Mientras haya quien los compre continuarán haciéndolo. En ocasiones no importa si el autor nunca quiso publicar su novela o libro de cuentos y los dejó a medio camino porque no estaba convencido de su valor literario o que más adelante podría volver sobre sus pasos hasta darlos por concluidos. ¡Vaya usted a saber!

En su nota introductoria, Pera confiesa que su intención es acercar a los lectores a la labor periodística de García Márquez. La razón es obvia. Gabo siempre consideró el periodismo como la fragua en la que forjó su estilo inconfundible. Su amor por la profesión lo llevó a decir que se trataba del mejor oficio del mundo. ¿En verdad los cincuenta textos seleccionados por Pera deben ser considerados cómo crónicas? A mi juicio algunos textos están más cerca de la ficción. No reúnen los atributos esenciales de lo que constituye una crónica. Son anticipos de su obra literaria mayor, pistas para conocer desde hacía cuánto tiempo nombres —el entrañable Aureliano, por ejemplo— y lugares venían revoloteando sobre su cabeza. Señalan el largo proceso de maduración que requirieron para quedar fijados en nuestras mentes.

A las menciones que hace de Aureliano en los relatos, Un hombre viene bajo la lluvia, publicado el 9 de mayo de 1954 y La casa de los Buendía, dado a luz en menos de un mes —el 3 de junio de ese mismo año— habría que agregar las referencias que hace a la fiebre del banano. ¿La hojarasca? Especialmente en la crónica El tigre de Aracataca (1 de febrero de 1955). Esto permite comprobar el largo camino recorrido para dar vida a temas centrales. El tiempo que tomó para redondear sus relatos. El trayecto que va de 1954 a junio de 1967 —fecha de aparición de Cien años de soledad— dura quince años. Durante toda esa época el periodismo fue su fuente nutricia en el sentido literal de la palabra. Vivía de su ejercicio. Sin renunciar para nunca jamás a la ambición de convertirse en celebrado escritor de ficciones como manifestó a sus amigos.

Otro aspecto sobresaliente en la escogencia hecha por Pera, está relacionado con su estilo literario. Las primeras crónicas revelan cómo el periodismo imprime un tono y fija un rumbo a su escritura. Gabo se mostrará desde sus años primerizos como un escritor ambidiestro. Con la mano izquierda redactaba crónicas y reportajes. Con la derecha transmutaba su argamasa en cuentos y novelas. Un intercambio fecundo. Inusual en la mayoría de cronistas y escritores de ficción. Analizado de arriba hacia abajo y de derecha a izquierda, el sustrato que sirve de alimento para construir sus dos oficios siempre será el mismo. En esto radica su magia incandescente. El hechicero hace cabriolas. Sabe mejor que nadie que la realidad se presta para alternar periodismo y ficción. Una avenida de dos vías por la que siempre caminará a sus anchas.

Para quienes han seguido de cerca la totalidad de su producción narrativa —sus subidas y bajadas— resulta fácil encontrar las líneas de continuidad existentes en el conjunto de su obra. La crónica El escándalo del siglo (son varias en verdad), enviada desde Roma, fue publicada por entregas en El Espectador de Bogotá, entre el 17 y 30 de septiembre de 1955. Ese mismo año el periódico había publicado de la misma forma las crónicas que dieron vida a El relato de un náufrago. Provocaron un enorme impacto en la sociedad colombiana y un estruendo explicable en los cuarteles. El revolcón en el mar del destructor Caldas de la Armada Nacional colombiana, se debió a que venía sobrecargado de aparatos domésticos. Las crónicas son un desmentido a la versión oficial. Mal dispusieron a Gabo con gobernantes y militares. Le cogieron tirria.

La publicación de El relato de un náufrago marcó una doble inflexión en su futuro como periodista y escritor. Gabo tuvo que ser enviado a Europa de manera urgente. Partió envestido como corresponsal de El Espectador de Bogotá. La decisión la tomaron los Cano para evitar represalias en su contra. El gobierno se atragantó con la noticia y el estamento militar se descompuso. El relato de un náufrago por demás colocará a Gabo en un lugar cimero: lo convertirá en uno de los fundadores de la crónica contemporánea. Encallado en París ante el cierre intempestivo de El Espectador, escribirá El coronel no tiene quien le escriba. Una aproximación a sus deseos de convertirse en escritor laureado, así tuviese que comer mierda (estuvo a unos pasos). Europa, con todas las amarguras que le depara, cimenta su obsesión de escritor.

Las líneas de armonía entre Gabo cronista y Gabo novelista son percibidas nítidamente por el antologista Pera. En la selección incluye la primera crónica que escribió para El País de España. La fuente de la que se asistió no fueron las Notas de Prensa publicadas por Mondadori, prefirió asomarse a las páginas de las Notas de Prensa publicadas por la Editorial Sudamericana. La selección de Mondadori va de 1961 a 1984. La de sudamericana de 1980 hasta 1984. El fantasma del premio Nobel (1), sirve a Pera como punto de partida. La edición de Mondadori alza vuelo con la publicación de la crónica Un hombre ha muerto de muerte natural, publicada originalmente el 9 de julio de 1961. Gabo para entonces ya había salido de Europa, donde estuvo varado por más de dos años. Plinio Apuleyo Mendoza le tiró una balsa de rescate.

Cuando objeto que algunos textos incluidos por Pera no son crónicas —pese a descreer en la pureza de los géneros periodísticos— no lo hago por simple prurito. El mismo Gabo se encarga de aclarar en La casa de los Buendía, que esta narración constituye el esbozo para una novela. ¿A cuál novela se refiere? Podría decir que a su obra magna: Cien años de soledad. ¿Erraría de tiro? En lo que estoy completamente seguro es que La Casa de los Buendía no es una crónica periodística. Gabo sostiene que “la crónica es como un cuento, nada más que es verdad”. En esta realidad incontrastable radica mi objeción. Pienso que era innecesario presentar como crónicas relatos que no guardan el canon de las crónicas. Jon Lee Anderson tiene el cuidado de no señalar como crónicas los textos aludidos. Conocedor del oficio, se muestra más cauteloso.

Para los gabólobos El escándalo del siglo no añade nada novedoso en la vastedad de su paisaje. No así para quienes se acercan por primera ocasión a sus páginas. Aunque siempre será un deleite asomarse una y otra vez a su universo encantado. Crónicas, reportajes, cuentos y novelas, son la expresión maravillosa de uno de los más grandes novelistas y periodistas del siglo veinte. Más allá de Pera y sus herederos, no hay forma de eludir la belleza con que Gabo teje cada una de sus crónicas. El brujo de Aracataca es capaz de hacernos levitar bajo el sortilegio de sus creaciones. El ingenio del malabarista le permite encontrar agua en el desierto para saciar nuestra sed de lectores. Su maestría le permite convertir cualquier tema en una preciosa joya engastada. Gabo trabaja la palabra como el mejor orfebre del mundo talla sus piezas de oro y plata.

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