Opinion

El futuro llegó más rápido

Pensando en Italia, con dolor profundo. Todas las estructuras sociales y económicas anteriores a covid-19 tambalean

“No son los más fuertes de la especie los que sobreviven, ni los más inteligentes.
Sobreviven los más flexibles y adaptables a los cambios.”
Charles Darwin, 1862

Hace unos días veía unas imágenes de un señor caminando por la calle y una bandada de palomas le venía siguiendo a toda velocidad, al punto que tuvo que detenerse a resguardarse en una esquina. Un mes antes eran comunes las fotos de turistas en las plazas europeas rodeados de palomas. Las palomas que solían vivir de las miles de migajas que la gente deja por la calle llevan días desesperadas buscando comida. Una cosa tan pequeña me hizo reflexionar sobre la dimensión en la que se ha trastocado nuestro ecosistema. Cada uno de nosotros aislados en nuestros espacios en una lucha constante contra el tiempo, que ahora transcurre en una área mucho más limitada. Mamás y papás inventándose y reinventándose cada hora para aminorar el impacto que el encierro puede provocar en sus hijos. Las familias creando nuevos códigos de convivencia para coexistir y los que decidimos una vida en solitario repensando nuestras decisiones de vida. Estas reflexiones son para algunos privilegiados, el resto del mundo (la mayoría) haciendo las cuentas de cuánto queda para sobrevivir y cuántos días “realísticamente” pueden resistir el impacto de esta cuarentena. Durmiendo con un nudo en el estómago y despertando con un rezo. Todas las estructuras sociales y económicas anteriores a covid-19 tambalean, para muchos países esto no es un dato en abstracto, tiene un doloroso rostro humano.

El futuro llegó más rápido. El trabajo en línea, la virtualización de eventos masivos, estructuras colaborativas para co-crear y compartir información en línea, la telemedicina, la educación virtual, la automatización de la manufactura (para empezar), el estado policial “protegiendo” a la población con los datos de sus teléfonos celulares, la comida impresa en 3D, robots brindando atención médica, la identificación digital, entre muchos otros temas ya no son avances exóticos de economías avanzadas o de los controversiales “millenials”. De la noche a la mañana escuelas en todo el mundo cerraron sus puertas y en cuestión de horas tuvieron que re-diseñarse y adaptarse a la modalidad online.

Esta avalancha de cambios ahora son parte de las conversaciones del diario en todos los países, forman parte del “nuevo mundo” al que vamos aterrizando abruptamente. Una amiga me invitó a la celebración de su cumpleaños por zoom, otro amigo de más de 60 años me habló angustiado sobre cómo usar Zoom, por muchos años tuvo secretaria y ahora no sabe ni cómo encender la computadora. Las circunstancias lo hicieron aprender rapidísimo y para el viernes ya se reunía con su equipo por videoconferencia. A su vez sus hijos en casa, batallando con esto de la “educación en línea”. Otro amigo para sentirse más cerca de su hijo adolescente que vive en otro país, le recomendé sitios de realidad virtual en línea para que compartieran/construyeran un mismo espacio utilizando visores de realidad virtual.

Para los países que ya iban poco a poco incorporando ese “futuro”, la transición será más leve que para el resto de los mal llamados países “en vías de desarrollo” o mejor dicho, en pobreza generalizada. A esos países nos será más difícil acomodarnos a estos cambios a la misma velocidad aún cuando sean de vida o muerte. Las brechas que antes se medían en términos económicos ahora vamos a medirlas en términos de quien tiene acceso al “nuevo mundo” y quienes quedaron condenados al de atrás.

Pero aún para los países desarrollados esta crisis representará grandes retos. La tecnología solo es el medio pero lo que realmente está cambiando es la cultura imperante, nuestras estructuras sociales y políticas y la fibra social. Un desafío particular es la frontera entre ética y tecnología, que pasará de ser una discusión filosófica sin trascendencias globales a ser el primer tema en la agenda. Los países que utilizaron los datos de sus ciudadanos para rastrearlos y controlar la propagación del virus han sido los más efectivos conteniéndolo, el caso de China, Taiwán, Japón, Singapur, Israel y Corea del Sur. En Europa y el resto de países occidentales llevan años discutiendo sobre el tema sin ponerse de acuerdo. No cuestiono que se discuta el derecho a la privacidad y a la intimidad de las personas, pero situaciones de emergencia debieron considerarse antes. Si una cosa quedó evidente para las grandes economías es que la lentitud de sus burocracias dejó de ser un asunto de burlas para convertirse en una cuestión de supervivencia. La mayoría de nuestras instituciones, sobre todo las que operan a una escala global pasarán a ser obsoletas en cuestión de semanas, sino logran adaptarse.

Decía Orwell que lo importante no es mantenernos vivos sino mantenernos humanos. En una escala mucho más grande de la historia de la humanidad, somos una especie con una capacidad de destrucción pasmosa, para que el homo sapiens lograra la supremacía de la especie destruyó a diestra y siniestra. Hay algo en nuestro ADN que nos hace sumamente destructivos y acaparadores y hoy vivimos (de forma simultánea y a escala global) un pedacito de las consecuencias. Sin embargo, como bien dice el futurista Jamie Metzl, esta pandemia se mueve a la velocidad de la globalización, pero también lo hace la respuesta y las herramientas que estamos trayendo a esta lucha que son mayores que cualquier cosa que nuestros antepasados pudieran haber imaginado.

A título personal, esta situación nos permite desacelerar el ritmo, alinear mejor nuestras prioridades y repensar lo que consideramos más valioso y “humano”. El contacto físico, el romance, compartir una comida, asistir a un concierto de música o a una puesta en escena, hacer el amor, trabajar en equipo, la sonrisa de la señora de la tienda, el abrazo de mis colegas, compartir con la familia, besar a los niños; ya no son cosas que podemos dar por sentado ¿Qué es lo que haremos diferente como colectivo para conservar esos privilegios?.

Hace unos años se inauguraron institutos, programas de maestría y doctorado en ciencias de la felicidad, parecía un gusto exótico de algunos. El día de hoy, si algo pondrá sobre la mesa esta pandemia es que la vida es mucho más frágil que lo que pensamos y para que valga la pena debemos como colectivo aprender a ser “felices” en sentido pleno. Mientras tanto, regresemos a nuestra cuarentena escuchando el tic toc tic toc de nuestros inconscientes, avisándonos que aún no estamos ni en la cresta de la ola y que una vez que la tormenta pase, habremos caído a tumbos en el “nuevo mundo”.

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