Opinión

¡El olvido que seremos!

"Memoria o crónica, Héctor Abad Faciolince, logro escribir un libro exultante. Muy bien acabado"



Si me mataran por lo que hago,
¿no sería una muerte honrosa?
Héctor Abad Gómez

El título del libro-homenaje del escritor colombiano Héctor Abad Faciolince, dedicado a conmemorar la memoria de su padre, resulta seductor. Produce encanto e invita a la lectura. El hechizo que despide se corresponde con su contenido. Uno de los atractivos más fascinantes, para mí ha sido siempre la imaginería del autor para conducirte a su redil. Los títulos al fin y al cabo suelen ser traicioneros. Un mecanismo urdido para atrapar incautos. Las editoriales cuentan con sus propios aparatos publicitarios. Trabajan con esmero las portadas, colores y en muchas ocasiones, hasta sugerir o cambiar títulos que les parecen desabridos. Nada impactantes. Menos sugestivos. En otros momentos los autores cautelan con celo lo conducente con la edición, publicidad y lanzamiento. Una audaz combinación de intereses económicos y literarios. ¿Abrazo inesperado?

El olvido que seremos, (Seix Barral, España, 2017), ¿cómo no se me había ocurrido antes acercarme a su lectura? Héctor Abad Faciolince consiguió un título majestuoso, fulgurante. ¡Demasiado hermoso! ¿Será o no será? El gancho al hígado me cortó la respiración. Imposible rehuir. Tengo en mis manos la 25 edición. La primera fue en 2006. ¿A qué obedeció mi reticencia? ¡Error imperdonable! Tuve frente a mí muchas veces el libro y jamás se me ocurrió siquiera hojearlo. ¿Será que padezco de empacho? Las culpables son las firmas editoriales y las mismas librerías. Sin escrúpulos siguen convencidas que lo importa es vender, aumentar las ganancias. La llegada de los bestseller y su aceptación unánime por el mercado, corrompe gustos y atrofia la mente. El postmodernismo hizo tabla rasa. Ofertan y colocan en un mismo nivel, los libros de Piketty, Joyce, Cortázar, Coelho, Julia Navarro, Marsilio Ficino, Moisés Esagüi, etc.

Los libros de esoterismo, autoayuda, marketing y otras naderías, son puestos en las estanterías, junto a libros de economía clásica, filosofía, sociología, en un revoltijo impensable. Un logro de la posmodernidad. ¡Importan los pesos y centavos! No privan otras razones. El libro, por mucho que nos duela, se convirtió en objeto mercantil. Coincido con Vargas Llosa. No puede quedar en manos del mercado establecer el canon literario. No lo digo con deje elitista. Acuérdense de las coartadas. Nosotros ofrecemos lo que gusta a la gente, aducen. No creo en una definición esencialista de la cultura. Pensar que todos los autores son equivalentes constituye una aberración. ¿Cómo no tomar precauciones? ¿A cuenta de qué irme de boca? Es probable que estas prevenciones sean responsables de haberme privado —hasta ayer— de leer un libro singular, cargado de historia. La omisión fue mía. ¡Estoy ante un parto magistral!

Desde mediados de los sesenta del siglo pasado, habíamos quedado claros: los libros testimoniales constituyen literatura de primera. No es el formato lo que vuelve apetecible un libro. Es el desgarramiento, la tersura de la prosa, el manejo del tiempo, los recursos estilísticos, la explosión de metáforas, el diseño de su estructura, el desarrollo de la trama, el uso del suspense, los trucos sintácticos, los saltos verbales, las cajas chinas, la solidez del relato, las incursiones en la historia, el universo creado, etc., las que confieren singularidad y una característica notable a las creaciones de ficción y a la belleza infinita que ofrecen las crónicas, (literatura bajo presión). Sería incurrir en un bizantinismo continuar discutiendo —frente a los tontos— los merecimientos y fortalezas literarias de crónicas y reportajes. Solo unos pocos sostienen este disparate. Memoria o crónica, Héctor Abad Faciolince, logro escribir un libro exultante. Muy bien acabado.

La forma que discurre el discurso y el entrelazamiento de su historia familiar con la historia colombiana, se inscriben dentro de una corriente imantada. Esa que pone ante nuestros ojos —de forma novedosa— acontecimientos y circunstancias que de otra manera jamás conoceríamos. Narra un momento esencial de la tragedia colombiana. Ese Medellín turbulento, presa de narcos y paramilitares, dueños de la vida de quienes disienten de sus tropelías y abusos. Abad Faciolince tuvo que espera años, muchísimos años, antes de decidirse a contar la muerte de su padre, Héctor Abad Gómez, médico, profesor universitario, defensor de los derechos humanos, molesto, decente e inclaudicable, en su oposición al desparpajo por la cauda de crímenes ejecutados por los militantes del extremismo, quienes no reconocían otras voces y demandas. ¡Solo las suyas debían acatarse! Abad Gómez se ubicó en la otra punta al precio de su muerte.

No crean que a su hijo resultó fácil vomitar su dolor y exponerlo en carne viva ante nuestros ojos. “Me saco de adentro estos recuerdos como se tiene un parto, como se saca un tumor”, confiesa. Ya habían transcurrido veinte años, hasta entonces fue que pudo sacarse la espina clavada en el corazón. Su papá le enseñó a evitar la venganza. El hijo adolorido, dos veces adolorido, escribió su relato cuando su recuerdo no alteraba la razón. Su padre era la persona que más amaba. Más que al mismísimo Dios, como le dijo a Sol, la monja que lo cuidaba de niño. —Su papá se va ir al infierno. Por qué le preguntó. Porque no va a misa. —Y yo, le preguntó. Usted va irse al cielo porque reza. Una noche Sol empezó a entonar las oraciones. Héctor se abstuvo. Ah, no, le retó Sol. —No. Yo ya no me quiero ir para el Cielo. A mí no me gusta el cielo sin mi papá. Prefiero irme al Infierno con él, respondió entristecido. Un amor correspondido. Su padre le amó de manera semejante.

La ruptura de su silencio tiene explicación, Héctor estaba convencido que solo podía combatir a los asesinos de su padre, en su propio terreno. Desde el filoso e impactante mundo de las palabras. Creía igual que Wright Mills. Para el sociólogo estadounidense, si la respuesta a la palabra es la cárcel, significa que las palabras cuentan. Sabía que las palabras tienen poder, un poder difícil de esquivar. Usando sus dedos, insiste el hijo, hundiendo tecla tras tecla, podía revelar la verdad y declarar la injusticia. ¡Eso fue lo que hizo! Tenía a mano el recurso de su padre. El lenguaje era su más grande arsenal. “Uso su misma arma: las palabras. ¿Para qué? Para nada; o para lo más simple y esencial: para que se sepa. Para alargar su recuerdo, un poco más, antes que llegue el olvido definitivo”. Alegato que ni los verdugos pueden obviar. El olvido que seremos es un memorial de agravios. Un recordatorio. Nadie que lo haya leído resulta ajeno a este dolor.

El recuerdo de su padre volvió a su mente, por los mismos motivos que adujeron los bárbaros que lo asesinaron. Hoy la indefensión de los defensores de los Derechos Humanos resulta un contrasentido en Colombia. ¡Inadmisible! La Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas (ONU) —diez días antes que concluyera 2017—expuso ante el mundo su preocupación por el asesinato de 117 defensores de Derechos Humanos en Colombia. La situación ha tendido a empeorar. Como advierte Ariel Ávila la violencia selectiva y silenciosa contra los líderes sociales prosigue su marcha. “Entre el 24 de noviembre de 2016 y el 13 de noviembre de 2018 se asesinaron 200 líderes sociales, eso significa que cada cuatro días matan un líder en Colombia”, advierte Ávila. El nuevo presidente colombiano, Iván Duque, no ha podido contener la hemorragia. El libro de Abad Faciolince se erige en testimonio viviente. ¡No puede haber olvido!

El acierto del título lo debe a Jorge Luis Borges, el grande. Un préstamo Abad Falciolince que tomó y devolvió con creces. Su padre había copiado a mano el soneto del compadrito. Lo llevaba en el bolsillo el día que matones a sueldo de los paramilitares segaron su vida. El poema de Borges se llama Epitafio. Un título regio, único, vigoroso, palpitante. Como contrapartida, demandaba unas líneas dignas de esta grandeza. De lo contrario hubiera naufragado. Se hubiese precipitado a los infiernos. El tributo a su padre no tendría la grandeza alcanzada. El mérito es de Abad Faciince no de Borges. En un subcontinente que hace los mejores esfuerzos para recuperar y mantener la memoria, El olvido que seremos suma y no resta. La adecuación entre la grandeza del verso tomado de Borges y la execración de los culpables, conforman una sintonía. Ni editor ni autor recurren a ningún subterfugio. No hay engaño. No por eso debo bajar la guardia. ¡Mañana podrían darme gato por liebre!


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