Opinion

El orteguismo: neoliberal, dictatorial, camandulero

Si no fuera cierto el carácter camandulero del discurso orteguista,  no hablarían de “amor a Dios”, mientras matan a ciudadanos inocentes

A la memoria de Eddy Montes Praslin,
asesinado el 16 de mayo
en la cárcel “modelo” (de represiones
y muertes) y último que, con el
sacrificio de su vida, confirma la
criminalidad y las mentiras de la dictadura.

En un proceso acelerado de 18 años, partiendo del pacto Alemán, el orteguismo ha pasado del sandinismo al neoliberalismo, de ahí a la dictadura y, sin abandonar a ninguna, sino complementándolas simultáneamente, pasó a la camandulería, actividad de la que se están ocupando con mayor énfasis ahora con las negociaciones políticas vigentes.

De camandulero que, por ser adjetivo de poco uso, y quizás por muchos olvidado, copio su significado de un diccionario: el sustantivo es camándula (de camándoli, monasterio toscano). Significa Rosario y, figurativamente, marrullería, astucia e hipocresía. De modo, que el discurso del orteguismo es el mejor ejemplo de cómo estas acepciones se practican en la actualidad. Ya avisados, entonces sigamos su proceso hacia la camandulería.

La etapa neoliberal

Al comienzo de la década del 90 del siglo pasado, ya forrados de dinero como consecuencia de su piñata con los bienes públicos, el grupo político exsandinista de Ortega emprendió una jornada política desenfrenada tras el poder y, en lo inmediato, en pro de la impunidad, uniendo sus fuerzas con las de Arnoldo Alemán, por medio de un pacto político que tuvo la finalidad inicial de repartirse cuotas de poder en las estructuras administrativas y políticas del Estado.

Logrado el pacto, Ortega utilizó su amplia información sobre la corrupta administración pública de Alemán, para chantajearlo.  Logró que el presidente Bolaños lo echara preso, y él después lo metía y lo sacaba de la presión, a conveniencia. Ya neutralizado Alemán, Ortega consiguió la presidencia (2007), utilizando las ventajas que le dio el pacto político con el otro mafioso.

Luego, dominado como ya tenía los poderes del Estado, comenzó a reformar la Constitución Política a su gusto para reelegirse de modo indefinido.  Vuelto al poder montado sobre reformas y medidas inconstitucionales, logró dar vía libre a sus ambiciones de riqueza y de poder absoluto, lo que le permitió adecuarlo todo al sistema neoliberal, sin reparos ni frenos, pero manteniendo el mismo falso discurso revolucionario que ya le daba dividendos políticos en el exterior.

Así desarrolló el sistema neoliberal con la contenta colaboración del gran capital, a través de sus organizaciones gremiales, como el Consejo Superior de la Empresa Privada (Cosep) bajo el ojo paternal del Fondo Monetario Internacional y la mirada complaciente de los Estados Unidos.

Durante los primeros diez años hubo una feliz y armónica relación entre el viejo capital, el capital de los nuevos ricos orteguistas y los sindicatos domesticados por Ortega.  Esta triple alianza ejecutó medidas típicas de un gobierno corporativo, aunque los verdaderos aliados solo eran dos; el tercero, el diezmado sindicalismo, no tenía voto autónomo. Votaba, solo por lo acordado entre el gobierno y el Cosep.

Este modelo neoliberal tuvo cariñoso recibimiento entre los grandes capitales extranjeros que antes bendijeron todo lo privatizado por los gobiernos neoliberales post revolución.  Estos capitalistas, más que inversores eran compradores de bienes estatales a precio de “guate mojado”, como fue el caso de la empresa Telcor (ahora empresa Claro) y después llegaron de la mano del gobierno orteguista al paraíso en donde se invierte poco y se obtienen grandes ganancias.  Esto sí: siempre dejan coimas.

Nada fortuito fue que el comprador de Telcor, el multimillonario mexicano de origen libanés, Carlos Slim, fuera el invitado de honor y el padrino de una reunión entre el gobierno y el gran capital, en esa ocasión representado por Carlos Pellas, José Adán Aguirre y Bayardo Arce. (Hay una fotografía-testimonio de aquellos felices momentos con Slim, en donde el tercer miembro de la triple alianza, el sindicalismo oportunista lo hicieron “brillar”, no solo por su ausencia, sino por su insignificancia).  Slim, dejó bautizado el neoliberalismo orteguista e impulsado en su etapa dictatorial.

La firma de Daniel Ortega con el chino Wang Jimg (2013) fue la más grande e ilusoria conquista del neoliberalismo orteguista: construir una faraónica obra canalera interoceánica, pero en realidad, fue solo el pretexto para alcanzar objetivos comerciales de otro tipo, incluso el robo de las tierras sobre la supuesta ruta canalera.

Ese pacto, es más antipatriótico que el pacto canalero Chamorro-Bryan de 1914, bajo dominio militar norteamericano, y el que Sandino combatió a muerte.  El nuevo pacto traicionero encontró la resistencia organizada, pero desarmada, de los campesinos que, pese a sufrir la represión durante cinco años, se convirtió en ejemplo de la lucha por la libertad y la democracia dentro del movimiento auto convocado.  Los campesinos anti-canal ocupan un lugar de vanguardia y también son víctimas de la represión.  Solo un ejemplo: su presidente, Medardo Mairena, la dictadura le condenó… ¡a más de 200 años de prisión!

La etapa dictatorial más dura 

La represión nunca dejó de ser una práctica cruel de Ortega.  Pero al alegre matrimonio entre la nueva y vieja clase dominante les llegó el divorcio, no por “incompatibilidad de caracteres”, sino por causa bélica mortal provocada desde el 18 de abril/2018 por el socio-Ortega, a quien un simple reclamo cívico de justicia social le sacó a luz pública su cara delincuencial, la que venía disfrazándola con el progreso macroeconómico.  El primero de los centenares de asesinatos, fue cometido el 19 de abril por la guardia orteguista, y esto detonó la ruptura de la armonía clasista entre la burguesía tradicional y la neo burguesía orteguista.

La lucha adquirió unidad nacional con la incorporación del Cosep, previa autocrítica, por haber sido cómplice y beneficiario del modelo neoliberal orteguista, caracterizado por el crecimiento macroeconómico en detrimento de la pérdida de las libertades públicas, el desmantelamiento constitucional del país y de los derechos humanos.

La etapa camandulera

Descarada ya la dictadura, y con todas las consecuencias antidemocráticas, criminales y otros viles actos que han merecido la condena internacional como delitos de lesa humanidad, tomó mayor auge el discurso camandulero de Rosario Murillo, iniciado desde cuando el orteguismo centralizó la información gubernamental y ella se convirtió en la única portavoz del oficialismo.  En esta etapa camandulera no hay noticia, comentario o informe oficial que no contenga una invocación a Dios, a todos los santos del cielo y a las once mil vírgenes.

Han asumido, hasta llegar al abuso, el vocabulario religioso de sacerdotes católicos y lo revuelven con la lectura de la Biblia al estilo de los pastores protestantes.  Esto lo hace Rosario en su  diario discurso por radio y televisión, Daniel Ortega en sus discursos políticos sobre cualquier tema y en cualquier ocasión y últimamente han puesto a leer el discurso camandulero de Rosario al canciller Denis Moncada –sin quitarle las diatribas ni las calumnias— contra los negociadores de la Alianza Cívica.

Pero no es la forma reiterada y diaria de invocar a las divinidades la única característica del discurso oficialista, sino el uso pleno de la  camandulería, como:

*La Marrullería, porque con un lenguaje engañoso pretenden conseguir que su actitud represiva, antipopular y antidemocrática el pueblo la acepte como una expresión de su amor a Dios, y que        los vea como portadores y practicantes de los valores cristianos.

*La Astucia, por el hábil manejo de su sinónimo la marrullería para buscar cómo engañar al pueblo sobre la supuesta religiosidad de sus actividades políticas estatales, como un disfraz de su verdadera naturaleza dictatorial.

*La Hipocresía, para el fingimiento y la apariencia de ser lo que no son, o de sentir algo bueno por algo que, en verdad, solo sienten odio.  El odio y mentira, forman lo esencial en el discurso político oficialista.

Si no fuera cierto el carácter camandulero del discurso orteguista,  no hablarían de “amor a Dios”, mientras matan a ciudadanos inocentes, los secuestran y los torturan; no hablarían de paz mientras le hacen la guerra al pueblo por su reclamo de libertad,  sus derechos humanos y democráticos conculcados por los dictadores.

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