Opinion

El país que perdieron en abril

Si de algo estoy segura es de que no seremos otra Cuba, ni otra Venezuela

La sorpresa

A principios de abril de 2018, el gobierno de Daniel Ortega y Rosario Murillo sentía, no sólo seguridad en su poder, sino también satisfacción por los objetivos cumplidos. Aunque trabajaban orgánicamente, extendiendo su dominio territorial e institucional para derivar en su idea de un socialismo arcaico de partido único, mantenían a la par el esquema capitalista de mercado libre, de estímulo a las inversiones extranjeras, de ampliación de infraestructura, de programas sociales y prebendas que les permitían hacer crecer su base votante.

Este esquema económico, neoliberal en esencia, les estaba funcionando. La economía estaba creciendo, las inversiones aumentaban, sus tradicionales contrincantes ideológicos: el gran capital y la empresa privada, se habían convertido en sus socios. Por otro lado, a pesar de las muy públicas muestras que daban de avanzar en el control total de instituciones, en la partidización de todos los poderes del estado y las fuerzas armadas; a pesar de haberse garantizado reformas constitucionales que aseguraban su permanencia indefinida en el poder, la oposición era tan débil y dispersa que no representaba para ellos un peligro.

Hasta antes del 18 de abril, Daniel y Rosario Murillo, estaban orgullosos de sí mismos y de sus logros. Se sentían dueños y señores de la política, la economía y el futuro de Nicaragua. De ninguna manera estaban sicológicamente preparados para el estallido del descontento popular. Daniel Ortega estaba en Cuba en la inauguración de Díaz Canel. Rosario Murillo, su mano derecha y copresidenta, se hizo cargo de las primeras medidas y cometió su más grave error: juzgó que se trataba de un “grupito” (de allí que se haya aferrado a la idea de los puchitos). Juzgó que era otro movimiento de jóvenes como el de Ocupa INSS del 21 de junio de 2013 y decidió enfrentarlo de igual manera: con matones, motorizados, y grupos de la Juventud Sandinista que actuarían violentos e impunes, dándoles una “lección.” No fue suficiente, y decidió ir con todo, y decidió matar unos cuantos como escarmiento. Muy mal cálculo de la señora. Un mal cálculo basado en su sensación de dominio, de supremacía incuestionada, y las “buenas notas” de popularidad que le aseguraban las encuestas.

Sabemos lo que pasó después. Regresó su marido. Más avezado que ella, él se echó para atrás con las Reformas al INSS, y convocó a un diálogo. Ya para entonces, 62 personas habían muerto o sido asesinadas, la mayoría jovencitos como Alvarito Conrado. Ya para entonces, el país entero protestaba y les demandaba que dejaran el poder. Ya para entonces, sus números de popularidad se habían desplomado. Los que, de mala gana, toleraban su política de hacerse del poder absoluto, vieron de cerca lo que eso significaba: Ortega y Murillo tenían a la mano la capacidad armada del ejército y la policía y la usaban sin cortapisas o controles de ningún tipo.

El diálogo fue un fracaso. Ante la demanda de rendición de un chavalo de 20 años, la pareja perdió el autocontrol. Me he preguntado si algo diferente hubiese sucedido si Ortega hubiese reaccionado con madurez: “Ya sé que quieren que me vaya, pero vamos con calma y veamos si podemos llegar a un arreglo” Pero quizás del otro lado, también había una falsa sensación de poderlo todo. Era una generación que había vivido en libertad, que no había experimentado aún una dictadura represiva, que confiaba en el poder de su ciudadanía y sus reclamos, que aún no conocía la reacción de una pareja que tan sólo días atrás, se sentía omnipotente y segura de su ruta al futuro. En un momento, Ortega y Murillo, transitaron del poder absoluto a la humillación. Y su siquis no lo toleró.

Las consecuencias

Foto: Carlos Herrera | Confidencial

Conocemos las consecuencias: los más de 300 asesinados, la multitud de presos, la persecución, la transformación de la policía en lo que fue para Somoza su ejército privado, los miles de exiliados. Pero bien dice el aforismo: la violencia genera violencia.

Afortunadamente, dada la decisión de un cambio pacífico, la población desarmada, no optó por las armas. Hubo sin duda unas cuantas, pero muy pocas como para que se desatara una lucha armada.

Y, sin embargo, todo cambió en Nicaragua. Vino entonces la palabra a convertirse en arma. Y el gobierno y su comunicadora urdieron la historia del golpe, de la injerencia de Estados Unidos. Incapaces de humildad, atemorizados, Ortega y Murillo reeditaron el discurso de los 80: la gran revolución y la terrible Contra intentando destruirla. Pero se labraron una telaraña, porque no pasaron en vano los dieciséis años sin Ortega, ni incluso los once años de éste, con actos esporádicos de represión. El pueblo se acostumbró a la libertad, se acostumbró a un mundo sin guerra fría, a una presencia norteamericana aceptable: Laura Dogu, por ejemplo, y las donaciones de EEUU a la policía, al Consejo Electoral, las becas, la cooperación con la DEA en la lucha contra las drogas. Y las remesas que vienen de allí, que mantienen a tantas familias.

La represión le ha ganado al régimen sanciones de EEUU y de otros países, pero son sanciones personales a los funcionarios del gobierno. Ningún poder extranjero está armando un ejército como en los 80, ni matando nicaragüenses.

Pero Ortega y Murillo, al armarse de esa narrativa, al convertir a la población descontenta en una versión de la Contra y arremeter sin descanso contra todo el que les parezca peligroso y capaz de volver a las calles o a los satanizados tranques, se han condenado a sí mismos al aislamiento internacional y al repudio nacional.

Ellos saben que ya no gobiernan como antes de abril, saben que no tienen el pueblo dispuesto que pensaban tener, saben que tienen cientos de alacranes dentro de la camisa, gente que se alimenta de ellos, pero cuyo corazón ya no les es leal.

Esto los ha llevado a la tiranía, a un lugar muy distinto al que pensaron llegar suavemente con un pueblo que aceptaría mansamente su poder absoluto, al que tendrían contentos económicamente, dormidos y apacibles con sus canciones de amor y paz y sus constantes alusiones a la voluntad de Dios y la Virgen Santísima, mientras ella y él se crecían en vanidad y en omnipotencia y preparaban su dinastía

Y hay que decirlo: estábamos resignados hasta cierto punto, dispuestos a seguir mal que bien nuestras vidas. Nos alegraba que el país creciera económicamente, que hubiese turismo y bienes de consumo e inversiones. Personalmente reconozco que pensaba que algunas cosas las estaban haciendo bien, pero me parecía intolerable que tuviésemos que pagar el alto precio de quedarnos a su merced, sin democracia, con elecciones fraudulentas, en otra dictadura: la misma mona con distinto rabo.

Por otro lado, los Azul y Blanco estamos aún en un atolladero. Somos sujetos de castigos desmesurados; somos el blanco del odio más concentrado de estos dos gobernantes que aún no logran aceptar su responsabilidad de haberse excedido en sus ambiciones y métodos represivos. Estamos desconcertados ante el proceder cruel y descarnado de sus siquis adoloridas y humilladas. No nos acostumbramos a la idea de vivir bajo semejante dictadura y todavía actuamos con ingenuidad política y seguimos sin organizarnos, dando traspiés, atrapados en la idea de autoconvocarnos, de ser autónomos, y de una democracia medio entendida que nos previene de claridad y propósito unitario.

Los Ortega- Murillo tendrían que ser los primeros en percatarse que perdieron un país, que están como esas cobayas, dando vuelta a una rueda, atrapados en su crueldad. Ya es hora de que se retiren y dejen a otros tomar las riendas. Pero si el instinto de quedarse es mayor que su raciocinio, deben someterse a elecciones sin trampas, confrontar la realidad y dejar de dar patadas y hundir a Nicaragua. Es su única oportunidad de salvar a la nación del odio y la venganza que, de seguir las cosas como van, hará que la historia repita un ciclo de violencia y destrucción que nos afectará a todos. Si de algo estoy segura es de que no seremos otra Cuba, ni otra Venezuela.

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