Confidencial

El presidente Ortega y la posverdad

Más rápido de lo que canta un gallo, el presidente Ortega se lanzó por los despeñaderos de la posverdad. El salto cuádruple lo hizo en una sola semana, sin redes ni paracaídas. El aislamiento político-diplomático internacional hizo que rompiera el silencio. Colocado a buen resguardo durante once años, creyó que los índices de desarrollo económico y su política clientelar lo ponían a salvo. Contaba en su haber con el descabezamiento de los partidos políticos y su eterna inercia, una alianza con el gran capital, haciendo entrega a cuenta gotas de las licencias de radio y televisión y una política informativa restrictiva, nunca imaginó que la onda expansiva desencadenada por los estudiantes el 18 de abril, provocaría una crisis que pareciera insalvable. Una situación que lleva más de cien días.

La ofensiva diplomática en distintas instancias —Vaticano, ONU, OEA, Parlamento Europeo, uruguayo, costarricense, estadounidense, etc. — condenando las muertes y pidiendo elecciones anticipadas, fueron determinantes para que el comandante Ortega invitara —primero que nadie— a la cadena televisiva FOX News, la niña de los ojos del presidente Trump. Con genuino cálculo político —contrario a lo imaginado por la mayoría de los nicaragüenses— hilvanó una narrativa llena de mentiras, verdades a medias y medias mentiras. ¿Acaso eso no es esto lo que ha venido haciendo Trump desde 2016? ¿No vivimos en la era de la posverdad? ¿Por qué debía de actuar a contrapelo de lo que acostumbran hacer políticos de distintas latitudes? La posverdad o fake news constituyen un enorme desafío para la sociedad actual.

El presidente Ortega salió en la búsqueda de las cadenas noticiosas internacionales. Convencido que jamás podrá poner de su lado a disidentes y opositores, no le quedaba otra alternativa que salir a oxigenarse en el exterior. ¿Lo consiguió? Si partimos de la respuesta inmediata del vicepresidente Mike Pence, a su entrevista con Fox News ¡de seguro que no! El primer intento de recurrir a la posverdad no resultó como esperaba. El revés obedece a diversos factores. La reacción estudiantil contra los ataques de sus fuerzas de choque en Camino de Oriente tuvo hondas repercusiones. Periodistas y camarógrafos nacionales e internacionales fueron agredidos y robados. El mundo era testigo de su proceder contra los manifestantes. La prensa internacional era convertida en testigo fehaciente de las acciones gubernamentales.

Las agresiones contra los estudiantes de la UCA, UNI, UNA y Upoli, desencadenaron la crisis. El intento de atemorizar la marcha de las Madres de Abril el 30 de mayo —con once muertos— fue una acción devastadora. Las muertes ocurridas en los días posteriores, la quema de radio Darío y el incendio provocado en una casa en el barrio Carlos Marx, donde murieron calcinadas seis personas —incluidos dos niños— deterioraron la imagen del gobierno interna y externamente. El país no salía del estupor. La comunidad internacional tomaba nota de lo acontecido. Las redes dejaban al descubierto a los hechores. En sus intervenciones del medio día la vicepresidente Rosario Murillo, en vez de calmar los ánimos, terminó exacerbándolos. No supo reaccionar ni enfrentar la situación inesperada que tenía frente a sus ojos.

Surge una pregunta inevitable, ¿a quiénes tenía presente el presidente Ortega durante las cuatro entrevistas? ¿A la comunidad nacional? No lo creo. Si este hubiera sido su nicho de audiencia, sus intervenciones hubiesen sido distintas. No hubiera insistido en señalar como golpistas a miembros del Partido Liberal Constitucionalista (PLC). Nadie le creería. Su socio mayor en la Asamblea Nacional. Tampoco los miembros de ese partido estarían insistiendo a que les incorporen como parte del Diálogo Nacional. No hubiese incluido tanto tiempo para referirse a las acciones de las fuerzas de choque. Ni diría que las fotografías en las redes son montajes realizados para desprestigiar al FSLN. Centenares de imágenes lo desmienten. Solo los miembros de su partido darían y han dado crédito a estas aseveraciones.

La posverdad era el único recurso del que podía echar mano. Una estrategia para tratar de lavar la cara a su gobierno. A través de un espejo distorsionado percibe como golpistas a los obispos de la Conferencia Episcopal, estudiantes, miembros de las cámaras empresariales —sus antiguos aliados— y niega ataques contra los templos católicos. Enarbolar las banderas del antimperialismo constituye el mejor expediente para ganar espacio entre los partidos de izquierda —aunque por lo visto dentro de este sector ha venido perdiendo terreno—. Trata de desacreditar los informes de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). A juicio del presidente, Pablo Abrão “miente todos los días” sobre la realidad nicaragüense. Lo acusa de mentiroso compulsivo y señala de sesgados los informes de la CIDH.

La reacción de Ortega con la prensa extrajera fue a destiempo. Las entrevistas llegaron tarde. Durante más de tres meses la comunidad internacional había sido informada paso a paso, de la forma brutal que el gobierno reprimía la rebelión ciudadana. Zeid Ra’ad Al Hussein, Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, António Guterres, secretario general de la ONU, Luis Almagro, secretario general de la OEA, miembros del senado y congresistas de diferentes países, vienen manifestando preocupación y condenando las muertes a que conducía la violencia en Nicaragua. ¿Cómo hacer entender lo contrario a estos personeros? ¿A qué mecanismos recurrir? Una labor delicadísima. Casi imposible. Entró a la palestra cuando nada o poco podía hacer para ganarse la mente y corazones foráneos.

La lectura de la metáfora del vaso medio lleno o medio vacío, en comunicación funciona de manera diferente. No se trata de ser optimista o pesimista. El vaso fue llenado por otros. Esto supone tener que vaciarlo para empezar a llenarlo de nuevo y rectificar o contradecir a los adversarios. El presidente Ortega lidia con dirigentes bien informados. Con expertos de alto nivel en la labor que desarrollan. La información fluye todos los días. Especialmente dada la situación de violencia. Después de la entrevista brindada a Andrés Oppenheimer, CNN presentó Conclusiones, conducido por Fernando del Rincón, programa creado para analizar las noticias y situaciones dramáticas de la coyuntura latinoamericana. La refutación a los planteamientos del presidente Ortega fue fulminante. No esperaron ni un segundo.

Durante su intervención, del Rincón concluyó que la narrativa del presidente Ortega estaba encaminada a presentar realidades alternativas o fake news. Para los entendidos en comunicación, del Rincón aludía a que el presidente hacía una lectura distinta de lo acontecido. A quién creer, ¿a los periodistas o a las fuentes oficiales? Se preguntó. Sin duda que a los periodistas. El exsecretario de prensa de la Casa Blanca, Sean Spicer, tuvo que ser desmentido por CNN. Afirmó que la toma de posesión de Trump, había sido “la mayor audiencia que jamás haya presenciado una toma de posesión”. Kellyanne Conway, consejera del presidente, dijo a CBS que Spicer había presentado “datos alternativos”. La posverdad implica que la versión oficial es la única que debe tomarse en consideración. No existe otra verdad. Las demás no cuentan.

Los hechos desbordaron la política informativa gubernamental. Por más que los periodistas han insistido en presentar cifras de muertos y heridos —incluso datos proporcionados por la comisión oficial creada por el gobierno para investigar las muertes— no hay manera que el presidente las admita. Las rechaza. Mientras la comisión gubernamental registra 266 fallecidos, el presidente Ortega presenta un listado de 195 muertos. ¿No mide sus intervenciones? El presidente proporcionó tres versiones diferentes sobre la existencia de paramilitares. La primera vez dijo que eran grupos financiados por partidos políticos opositores, la segunda que eran fuerzas prohijadas por Estados Unidos y la tercera, que se trata de policías voluntarios. Contradicciones que en nada le benefician. Más bien han terminado perjudicándole.

Muchos nicaragüenses señalaron de “cínico y mentiroso” al presidente. Pasan por alto que la articulación de su discurso tiene como objetivo-meta a la comunidad internacional. Su mayor hincapié ha consistido en refutar las cifras difundidas por las organizaciones de derechos humanos. El presidente Trump ha llamado innumerables veces mentirosa a la prensa estadounidense. Considera a los periodistas de su país como “los seres humanos más deshonestos de la tierra”. No admite otra verdad más que la suya. El presidente Ortega pensó que podía recurrir a la misma estratagema. El momento en que se decidió hacerlo no le fue propicio. Un intento fallido. Su reacción fue tardía. No rindió los frutos esperados. Una especie de salto al vacío. La solidaridad mundial a favor de la CEN y el apoyo a la Alianza Cívica se mantienen.