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El Salvador maquilla su plaza central para el nuevo presidente

El barullo de un pueblo pobre y necesitado, y la solemnidad de la asunción presidencial del político que sacó de circulación a los dos grandes partidos

El centro de San Salvador se despierta con nuevos invitados. Dos decenas de militares, cierres de calles y una barrera metálica rodean la Plaza Barrios. La mañana de este martes 28 de mayo presagia lluvia, pero ni los nubarrones interrumpen el trabajo de las decenas de trabajadores que preparan la Plaza Gerardo Barrios para este 1 de junio, el día en que Nayib Bukele asumirá el cargo de Presidente de la República de El Salvador.

Una anciana se acerca al único acceso de la plaza, que desde hace un mes permanece cercado. Dos militares custodian la entrada y salida del personal, que con radios en mano coordinan todo: audio, video y escenografía. Faltan cuatro días. Cuatro días para más miradas absortas de salvadoreños que caminan a sus trabajos, pero a quienes no les importa quedarse más de diez minutos observando cómo va la obra. “Aquí lo juramentará el pueblo, y es el pueblo el que lo puede botar”, murmura un hombre.

Pero esta anciana que acaba de acercarse al puesto de vigilancia solo quiere sentarse en el pedestal de la estatua del capitán general Gerardo Barrios, que lleva el nombre de un militar y político salvadoreño que fue presidente entre 1859 y 1863 y que posteriormente fue acusado de conspiración, capturado en Nicaragua y fusilado por órdenes del presidente Francisco Dueñas en 1865.

La misma anciana, que acaba de consultarle a los militares si puede pasar para sentarse a los pies del monumento como suele hacer una vez a la semana, se da cuenta de que la plaza que ha visitado tanto tiempo está hoy restringida. Por primera vez desde hace más de un año, cuando se concluía los trabajos de remodelación. Los drones sobrevuelan y esto de por sí ya es un espectáculo. Faltan cuatro días para que a Nayib Bukele lo abanderen como Presidente de la República de El Salvador, pero la solemnidad ya se siente en medio del olor a pan “de una cora”, entre los puestos de verduras que se levantan desde las 6 de la mañana en las vecinas calles neurálgicas hoy cerradas por militares. Cuatro estandartes con los colores de la bandera han sido puestos en medio de las columnas corintias de la fachada del Palacio Nacional. A los pies del edificio, una tarima de cuartones de madera y pintada a juego con el Palacio está casi lista. Encima de ella, el presidente electo dará un discurso a la nación y saludará al pueblo salvadoreño, rodeado de legisladores, magistrados, gobernantes extranjeros y diplomáticos. Para el sábado se pronostica lluvia con tormentas eléctricas y no hay indicios de toldos, hasta el momento. Si al clima se le ocurriera llover, alguien podría mojarse.

Esto y más se siente en el centro, en la Plaza Barrios, donde Bukele hará sentar a los diputados de la Asamblea Legislativa, a presidentes y a diplomáticos. Lo que hace solo dos años era un lugar olvidado, sucio, marginado, este 1 de junio será ceremonioso.

—¡A cora el pan! —se escucha afuera del perímetro.

Dentro, las primeras pruebas de sonido: “Sean todos bienvenidos a este magno evento…” La voz solemne se impone, en esta plaza popular que nunca había sido el escenario de una toma de posesión. Aquí, en este lugar donde se puede observar la vida cotidiana de los salvadoreños, cuatro hombres agarraron a machetazos en 1913 al presidente Manuel Enrique Araujo, y a pocos metros —en la Catedral metropolitana de San Salvador— descansan los restos de un santo, los de monseñor Óscar Arnulfo Romero. Y como si sus alrededores no hubiesen sentido, visto y oído lo suficiente, un 30 de marzo de 1980 presenció la muerte de 44 personas, después de que francotiradores parapetados en el Palacio Nacional dispararan contra una masa de feligreses que acompañaba el féretro de monseñor Romero.

La anciana se da al fin por vencida. Este día no se sentará en la plaza, volverá el domingo, tal vez. No vendrá tampoco a la toma de posesión. “Estará muy lleno”, dice. Lo verá por la televisión. En su casa tendrá un mejor ángulo que los miles de congregados ese día, pues al menos tres perímetros dividirán al presidente de su pueblo.

Ella, a sus 80 años, recuerda momentos vividos aquí. Su madre quedó atrapada dentro de la catedral cuando el funeral de monseñor Romero, marcando así una década de masacres, estallidos y rebeliones en El Salvador.

La anciana se va decepcionada porque hoy no alimentará a las palomas, pero decenas de personas se quedan fuera del perímetro. Algunas antes de ir a sus trabajos ven embelesadas algo que nunca antes habían visto, algo que les ha costado un millón de dólares y que marca la “nueva era” que ha prometido Nayib Bukele, cuando sea Presidente de la República de El Salvador.

Él ya conoce el terreno. Aquí inauguró la restauración del centro histórico cuando fue alcalde de San Salvador, aquí fue su cierre de campaña, y muy cerca de aquí, en la Plaza Morazán, celebró su victoria presidencial el 3 de febrero. Ese día, Bukele rompía con la hegemonía de los dos grandes partidos políticos que han gobernado El Salvador durante 30 años. Los dos gigantes caídos, Arena y FMLN, son partidos que nacieron en la guerra. El FMLN, como frente guerrillero en 1980, y Arena en 1991, como organización de contención contra “el comunismo”.

El 16 de enero de 1992 Nayib apenas tenía 10 años cuando en el Castillo de Chapultepec, el FMLN y aquel primer gobierno de Arena suscribían la paz. Mientras eso sucedía en México, esta plaza, que se aproxima a los 500 años de edad, era sede de una masiva y espontánea fiesta de ciudadanos y ciudadanas que se congregaron para celebrar el fin oficial de la guerra civil.

Nayib Bukele ya se ha dado baños de pueblo aquí.

El 26 de enero, al cierre de su campaña, entró seguro de sí mismo. De fondo se escuchaban las primeras notas de piano de la canción “Viva la Vida”, de la banda británica Coldplay. Caminó y saludó a una marea de jóvenes vestidos de cían. “¡Nayib, Nayib, Nayib!”, coreaban. De fondo, el Palacio Nacional brillaba con luces amarillas y un azul encendido que daba casi a celeste.

Listen as the crowd would sing

Now the old king is dead! Long live the king!

(Escucha cómo cantaría la multitud

¡Ahora el viejo rey está muerto! ¡Larga vida al rey!), sigue la canción de fondo, mientras Bukele camina al estrado.

“Esta batalla es por cada salvadoreño que ha sido ignorado, abandonado, por los gobiernos de turno, por cada salvadoreño que le tocó migrar y dejar todo atrás”, decía Bukele aquella noche, en la plaza donde este sábado será juramentado.

Algunos transeúntes se detienen a ver los detalles del montaje donde se desarrollará el traspaso de mando del presidente Salvador Sánchez Cerén al nuevo presindete, Nayib Bukele, que gobernará por cinco años al país. Foto FACTUM/Gerson Nájera
Algunos transeúntes se detienen a ver los detalles del montaje donde se desarrollará el traspaso de mando del presidente Salvador Sánchez Cerén al nuevo presindete, Nayib Bukele, que gobernará por cinco años al país. Foto FACTUM/Gerson Nájera

Esa plaza también la peleó. El 8 de abril Nayib Bukele anunció que la toma de posesión sería en el centro histórico y envió una carta de solicitud a Norman Quijano, presidente de la Asamblea Legislativa. Desde 1984 será el primer traspaso de poder celebrado en un espacio abierto. Bukele, que labró su camino a la presidencia con un discurso agresivo contra la corrupción y el despilfarro de los recursos públicos,  ha invitado “al pueblo” a su fiesta de asunción.

—Antes todos lo hacían encuevados, que no podía llegar la gente —murmura Tomás, de 78 años. Él sí llegará el sábado a la toma. Por ahora sigue atento el ritmo de trabajo en el escenario improvisado de madera. Ha hecho lo mismo durante los últimos días cada vez que pasa por la zona.

—¿Cuánto pisto gastarán en eso? —inquiere otro hombre a un desconocido. Ambos observan las gradas a los pies del Palacio Nacional que cierran toda la calle.

—Un millón, dicen —responde el desconocido. El primero arruga la cara y se va.

Faltan cuatro días para que Nayib Bukele ascienda al poder, dejando atrás los gobiernos de los dos grandes partidos de la guerra. Pero el ritmo cotidiano no se inmuta todavía en el centro histórico de la capital salvadoreña. La gente solo ve con sorpresa cómo cambia una simple plaza, que de por sí ya ha cambiado mucho a lo largo de la historia. Esta plaza que fue escenario de la fiesta del fin de la guerra, este sábado será sede de la fiesta del fin de la posguerra.

Publicado originalmente en Factum. 

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