Opinion

El violento oficio de escribir

Para los nicaragüenses también llegó el momento de resituar la figura de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal

 

portada - copiaAl argentino Rodolfo Walsh tenemos que ubicarlo como fundador de lo que después se conoció —debido a la forma que fue nombrado este fenómeno en Estados Unidos— como Nuevo Periodismo. Una valoración de su obra periodística lo sitúa como auténtico pionero. Alguien que se adelantó diez años a la obra cimera de Truman Capote (A sangre fría 1966). Su libro Operación masacre (1957) lo eleva a esta condición. Una investigación que lo encumbró al estrellato. En la medida que el tiempo avanza y el conjunto de su obra periodística —también escribió cuentos y novelas— circula sin cortapisas, nadie puede regatearle la condición de precursor. El joven que se había iniciado en la Editorial Hachette a los 17 años de edad como corrector de pruebas logra que el Editorial Sigla le publique el texto inaugural. Después tendrá nuevas ediciones donde Walsh hará correcciones, corregirá datos, suprimirá prólogos y epílogos. Con el transcurso del tiempo se reencontró para siempre con el periodismo.

Considerado como un libro testimonial Operación masacre constituye la primera aventura de un periodista —que como algunos de sus pares en América Latina— convierte al periodismo en un arma de combate. A leer la producción periodística de Walsh uno no deja de compararla con la obra de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal. Para ese mismo año el nicaragüense había publicado en México y Argentina Los Somoza: la estirpe sangrienta (1957) bajo el sello de la Editorial Patria y Libertad. Leído desde el presente el texto de Chamorro Cardenal participa del género testimonial igual que el libro de Walsh. El otro parentesco entre ambos escritores fue haber convertido el periodismo en una trinchera de batalla. Eran años aciagos. El periodismo era concebido en esta parte del mundo como un ejercicio legítimo para enfrentar las dictaduras militares que asolaban América Latina. Un mal que devastaba el continente con la venia de Estados Unidos. Eran sus mimados.

En Walsh el proceso de decantamiento ocurre a la inversa, al inicio asoma el escritor de ficciones. Primero publicó un texto de cuentos —Variaciones en rojo 1953— y después —sin abandonar este oficio o más bien sirviéndose de sus técnicas— se dedicó al periodismo político y de denuncia. En Chamorro Cardenal primero fue el periodista (1948) y después como resultado de la censura de prensa impuesta por el último Somoza escribe cuentos y novelas (Jesús Marchena, (1975); Ricther 7 (1976) y El enigma de las alemanas (1977). Años antes había publicado Diario de un preso (1963). El común denominador viene a ser que ninguno de los dos abandona el periodismo. Walsh incluso en los últimos años acentúa su condición de periodista. En los años precedentes a su asesinato por los sicarios de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) —el 25 de marzo de 1977— su interés fundamental está encaminado a enfrentar a la dictadura militar con pluma y fusil.

Walsh y Chamorro Cardenal padecen por igual los horrores de la persecución política; el ejercicio férreo de la censura de prensa les inhabilita de publicar sus creaciones periodísticas. Los dos se pronuncian contra las restricciones que supone no poder publicar sus escritos. Walsh y Chamorro dejaron testimonio de los abusos y temores que suscitaban estas prohibiciones. Angustiado Walsh invita a los argentinos a que  Reproduzca esta información, hágala circular por los medios a su alcance: a mano, a máquina, a mimeógrafo, oralmente. Mande copias a sus amigos: nueve de cada diez las estarán esperando. Millones quieren ser informados. El terror se basa en la incomunicación. Rompa el aislamiento. Vuelva a sentir la satisfacción moral de un acto de libertad. Derrote el terror. Haga circular esta información. Chamorro Cardenal condena al régimen por querer tapar el sol con un dedo. Padece los mismos sinsabores y elogia la conducta popular.

En su editorial del 24 de noviembre de 1966 —El manchón será nuestra propaganda— el periodista nicaragüense resalta la valentía de quienes hacen propaganda desafiando al régimen. El 28 de septiembre de 1973 apunta: Mientras haya una máquina de escribir, un papel, un micrófono, una plaza pública, un balcón o espacio para hablar aunque sea en la celda de una cárcel, seguiremos denunciando a los inmorales, especialmente cuando trafican con la necesidad social de los pobres. Esa es la razón principal de nuestra existencia, como hombres, como periodistas y como ciudadanos. Coindicen en su terquedad. En no amilanarse. Walsh y Chamorro Cardenal han dispuesto sus vidas en denunciar los crímenes cometidos. En este combate desigual no reciben ni dan tregua. Saben que corren peligro de muerte. El golpe artero puede segar sus vidas. Las armas del periodismo son eficaces. Wright Mills había dicho que si la respuesta a la palabra es la cárcel quiere decir que las palabras cuentan. Sus escritos resentían el ánimo de los dictadores.

En un contexto como el latinoamericano de los años cincuenta y sesenta del siglo pasado —con dictaduras militares entronizadas en el poder— enemigas acérrimas de la libertad de expresión, organización y movilización, era impensable que periodistas que habían asumido como banderas de lucha la defensa de las libertades cívicas y políticas ejerciesen un periodismo diferente. En esos años donde los dictadores eran enemigos del diálogo —encajados en el poder a base de golpes de Estado y fraudes electorales— los márgenes para el ejercicio del periodismo eran estrechos. La diferencia la hacían periodistas inclaudicables. Ajenos por completo a las componendas y corruptelas Walsh y Chamorro Cardenal decidieron transitar por caminos llenos de espinas, incomprensiones, cárceles, censuras, confiscaciones y al precio de sus vidas. Los dos al final fueron asesinados. Sus banderas ondean airosas. Su gesta es reconocida hasta por quienes les dieron la espalda. Sus voces se escuchaban en el silencio de la noche.

En estos momentos de revisiones y ajustes en el periodismo latinoamericano, en Argentina al menos reclaman para Rodolfo Walsh el lugar que le corresponde como fundador del Nuevo Periodismo. Creo que para los nicaragüenses también llegó el momento de resituar la figura de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal dentro del mapa del Nuevo Periodismo. Una lectura atenta y desprejuiciada de solo dos de sus obras —Estirpe Sangrienta: los Somoza (1957) y Diario de un preso (1963)— lo ubican por derecho propio como miembro de número del selecto número de sus fundadores. Tanto en Walsh como en Chamorro Cardenal sus compromisos políticos fueron quienes les condujeron a realizar un tipo de periodismo comprometido, cívico y civilista. Sus asesinatos son el resultado por la forma que actuaron y se pronunciaron frente a poderes omnímodos que conculcaban las libertades públicas. Sus verdugos creyeron que silenciando su palabra paralizarían el accionar del pueblo.

Ambos fueron activos militantes del violento oficio de escribir y fieles al compromiso de dar testimonios en tiempos difíciles. Cuando Juan Villoro nombra a la crónica como el ornitorrinco de la prosa lo hace convencido porque ningún género periodístico —solo esta— ha saqueado a su gusto y antojo los diversos géneros literarios. Tom Wolfe acredita como aspecto sustancial del Nuevo Periodismo haber fagocitado con creces el territorio de los géneros de ficción. El mexicano Julio Scherer García se solaza al decir en nuestra profesión nada supera al dato estricto y a la palabra exacta. En este territorio se desplazaron a sus anchas Rodolfo Walsh y Pedro Joaquín Chamorro Cardenal a través de sus textos periodísticos. Llegó la hora de hacer justicia a ambos. Sus libros gozan del doble estatuto de la crónica señalado por Martín Caparrós. En este ámbito política y literatura se dan un abrazo. En los trabajos de Walsh y Chamorro Cardenal política y literatura caminan de la mano. Son pioneros.

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