Opinión

Elecciones anticipadas y/o dimisión

Nicaragua elecciones anticipadas

Que se ponga fin al gobierno de Ortega no debe costar una sola gota más de sangre de los muchachos que se la están jugando en la calle



Si hubiera un momento de calma, si pudiéramos fingir que no estamos furiosos ni que nos pesa el dolor desde dentro y desde fuera de lo que está pasando en Nicaragua. Si pudiéramos por un momento desarmarnos de las fotografías de muertos y desaparecidos tan jóvenes. Si pudiéramos respirar y enfriar la cabeza para preguntarnos de nuevo lo que siempre se ha preguntado en Nicaragua tras la revolución: ¿para qué sirvió tanta muerte de héroes y mártires?

No tengo una sola respuesta, pero lo que sí creo es que a los muertos en la masacre de abril y mayo no podemos defraudarlos. Y ahora debemos apoyar, cada uno desde su grano de arena, la construcción de eso por lo que muchos de ellos cayeron sin querer caer: un país más libre y más democrático. Sin olvidar que la muerte de esos muchachos ha representado el fracaso de ese país que no debió permitir acercarse a este precipicio, otorgando tantísimo poder a una familia. 

Para ello, de entre los puntos de la agenda, hay uno que es central y del que depende el resto del diálogo: acelerar la democratización. Sin ello, creo que la posibilidad de que se haga justicia (otro de los puntos centrales), una justicia real, no puede esperarse. 

Desahogo nacional

Sobre el primer día de diálogo un amigo lo calificó como “desahogo nacional”. Y me parece que eso sentimos todos los que escuchamos hablar al joven estudiante que, valientemente, y saltándose el protocolo establecido, dio voz a las víctimas y exigió el cese inmediato de la represión de fuerzas del gobierno.  

Sin embargo, al escuchar la entonación de las palabras de Daniel Ortega y las breves de Rosario Murillo, volvimos a confirmar que el diálogo va a ser un camino largo y difícil. Primero porque Ortega se quedó con esa mirada perdida en el horizonte donde no se distingue un solo rostro. No miró a nadie a la cara, prácticamente, salvo a su esposa con la que trataba de reafirmarse en ese largo y cansino discurso donde cada palabra pronunciada, por muy simple que sea, parece un hallazgo. Habló y se sentó con el mismo gesto de los carteles de campaña, incluso cuando escuchaba nombre a nombre la lista de muertos que le leyó una muchacha. Daniel no llegó a dialogar sino a dar un mitin, como si hubiera ido a la plaza el 19 de julio. Pero allí se encontró de frente y le salpicó a la cara el estallido de dolor, rabia y fatiga de la masacre que empezó el 19 de abril. 

Todo cambió

En cualquier caso, algo cambió. Quizá casi todo. Es un avance haber logrado que un presidente, que jamás atendió una sola pregunta de prensa independiente ni un solo debate con un oponente político, se sentara a escuchar (que no a ver) a las víctimas de este caos que ha producido su gestión. 

Muchos se preguntan qué se puede dialogar con quien está acostumbrado a conspirar, a manipular, o a esquivar enfrentarse a la verdad. En la recreación de Churchill, que se hizo en una película reciente, El instante más oscuro, el primer ministro británico dice: “No se puede razonar con un tigre cuando tiene tu cabeza en su boca”. Pero muchos queremos creer que es posible que dentro de las estructuras del gobierno de Ortega se esté empezando a debatir la posibilidad de aceptar lo que el pueblo pide a gritos y a sangre. 

¿Dimisión o/y Elecciones anticipadas?

Tras más de una década de construcción de un régimen basado en el culto a la personalidad de la pareja presidencial y del atropello de todos los poderes estatales que deberían ser independientes, es a día de hoy impensable confiar en que el poder judicial o la policía se presten a practicar una justicia imparcial sobre lo que ha acontecido. Así que cuando se reclama justicia, sólo se puede esperar que esta llegue una vez cambien dichas estructuras. Desconfío de que esa justicia sea posible si no se da la primera condición. 

La única opción y salida viable consistiría en unas elecciones anticipadas, y no sólo la hoja de ruta que parecen haber indicado las declaraciones de miembros de la OEA tras su última visita y conversación con el gobierno. Los acontecimientos graves así lo demandan: se tiene que acelerar el proceso. 

Devolver a la Constitución el artículo de la No Reelección

No se puede manosear la constitución a fin de que permita a un líder político perpetuarse en el poder. La democratización debe venir acompañada de impedir que un presidente como Daniel Ortega, después de haber agotado dos mandatos, sin sumar los de la década de los ochenta, pueda reelegirse. Ni siquiera el mejor de los presidentes resiste el paso del tiempo y el peso de la acumulación de poder. Es una evidencia que el tiempo se alía con el poder para corromper y para alejar a los gobernantes de la realidad y necesidad del pueblo. Nuevamente, los espejos de estas disputas en Venezuela y Bolivia nos advierten del descontento que generan en el pueblo estos intentos.

Si observamos ejemplos de levantamientos populares, algunos con liderazgos políticos detrás, y otros más espontáneos, veremos las dificultades que implican. El diálogo en Venezuela no ha producido los frutos esperados y este fin de semana se preparan unas elecciones cocinadas por el gobierno, como se ha hecho aquí en Nicaragua, y en las que nadie confía ni da crédito. 

Si la estrategia del régimen Ortega-Murillo es preparar un escenario similar al de Venezuela, la estrategia contraria debe entonces exigir la dimisión inmediata de este gobierno. Desde el punto de vista ético, político y eminentemente humano, nadie puede permitirse creer que su continuidad en el cargo esté por encima de la violencia, el rencor o la pérdida de tantas vidas. Cuando eso ocurre, esa persona, ese gobierno es ya un fracaso y cuanto antes se convierta en pasado, menos mal causará. 

Nicaragua pide algo básico y justo: más democracia, y la de verdad, no esta mentira disfrazada de colores y manipulaciones. Vuelvo a Churchill y a su famosa frase sobre la democracia: “Nadie fingirá que la democracia sea perfecta o absolutamente sabia, de hecho es la peor forma de gobierno, si exceptuamos las demás formas que han sido intentadas”.

No hinchemos más las palabras. No es momento de sembrar cizaña ni de exigir más sangre o violencia. Que se ponga fin al gobierno de Daniel Ortega no debe costar el precio, y lo digo desde el corazón, el precio de una sola gota más de sangre de los muchachos que se la están jugando en la calle. No sé si el país que quede después de los Ortega-Murillo será peor o mejor, pero un pueblo tiene derecho a decidir si quiere o no cambiar de gobierno con toda la libertad y con toda la seguridad de que será escuchado. Consigámoslo desde la paz sin descanso. Empecemos a cambiar el país luchando desde la vida. Diálogo sobre la médula de todo este problema. No podemos quedarnos sin respuesta cuando nos preguntemos para qué murieron tantos.