Opinión

Elecciones venezolanas: David contra Goliat

sanciones económicas

La violencia progubernamental se ha convertido en una constante de la realidad de las elecciones venezolanas



Es tal la disparidad de fuerzas entre la oposición y el gobierno frente a las próximas elecciones venezolanas que la referencia a la figura bíblica resulta inevitable. Algunos más afectos a las metáforas deportivas podrían señalar que la cancha está inclinada, y mucho, en un determinado sentido. De todos modos, se aborde el problema por donde se aborde la conclusión acaba siendo siempre la misma.

Esto vale para algunas cuestiones claves como la financiación de las campañas, la neutralidad del estado y sus instituciones, el acceso igualitario a los medios públicos de comunicación, la transparencia del proceso, la independencia de las autoridades electorales o cualquier otro punto que se quiera tomar en consideración.

La violencia progubernamental se ha convertido en una constante de la realidad electoral. El asesinato del dirigente opositor Luis Manuel Díaz es sólo una muestra más de la impunidad con la que muchos grupos operan a la sombra del poder. Tras su lamentable muerte comenzaron las rutinas oficialistas preestablecidas: acusar a la oposición, a la oligarquía y al imperialismo de la violencia política o denigrar a la víctima hasta convertirlo en victimario y en el responsable directo de su mala suerte.

El objetivo gubernamental con tales conductas no es sólo proteger a los verdaderos responsables, los colectivos armados, generalmente motorizados, también se busca amedrentar a la oposición. Desde las altas instancias del gobierno o de la Asamblea Nacional se lanzan las peores invectivas y amenazas contra los dirigentes opositores, siendo Lilian Tintori, la mujer de Leopoldo López, uno de sus blancos favoritos.

Como dijo Nicolás Maduro antes de las elecciones argentinas en un tono claramente amenazador en alusión a la oposición venezolana y su posible triunfo: “Ustedes pónganse a rezar, oligarcas de la derecha, porque la revolución triunfe el 6 de diciembre. Pónganse a rezar, desde ya, para que haya paz, tranquilidad, y ustedes se quitan eso de encima, porque si no, nos vamos pa’ la calle. Y en la calle nosotros somos candela con burundanga. ¿Oyeron? Mejor estamos aquí tranquilitos, gobernando pa’l pueblo y todos felices: pensiones pa’ los viejitos, viviendas pa’l pueblo, educación pública y la revolución avanzando. ¿Verdad?… Fin del capítulo de terror… Perdonen”.

Si desde dentro la presión es brutal, las complicidades externas no son menores. Frente al anuncio de Mauricio Macri de aplicar la cláusula democrática de Mercosur, la respuesta de Rafael Correa expresa claramente un estado de opinión fuertemente asentado en América Latina: “Es muy preocupante. Es claramente una interferencia en los asuntos internos de Venezuela”. Agregó que en Venezuela existe una democracia y un proyecto político “que se ha cansado de ganar elecciones”. “Que hay perseguidos políticos (…) demuéstrenlo! También lo dicen de Ecuador”.

Puede ser que el proyecto político bolivariano, como dice Correa, “se haya cansado de ganar elecciones”, pero la lógica democrática supone también perderlas, y eso es precisamente lo que no contemplan ni quieren contemplar ni Correa ni Maduro. No pueden admitir el rechazo del pueblo porque en su “relato” ellos son la encarnación del pueblo. De todos modos, eso no les habilita para llamar a la insurrección más allá de sus fronteras. ¿Si pretender aplicar la cláusula democrático es “injerencismo”, qué sentido tienen estas palabras de Maduro?: “Sé lo que les digo: el pueblo argentino está listo para luchar [contra Macri]”.

La derrota electoral del kirchnerismo muestra la gran paradoja de los forjadores de la “Patria Grande”, que sólo adquiere sentido si sus impulsores la piensan de un modo bolivariano. Caso contrario la manida unidad carece de significado. Las discrepancias chirrían en esta concepción tan singular. Por eso será interesante comprobar las notorias ausencias que podrán verse el 10 de diciembre en Buenos Aires durante la toma de posesión de Mauricio Macri. Los otrora tan viajeros Maduro, Correa, Morales, Ortega y Castro con toda probabilidad se queden en casa, demostrando una vez más que su discurso de respeto a las decisiones populares es totalmente incoherente.

Brasil y Uruguay dudan si seguir a Macri, apoyado por Paraguay, a la hora de aplicar la cláusula democrática de Mercosur, buscando vías intermedias que sean menos duras para Maduro y sus seguidores. El riesgo es que su actitud convalida la violencia creciente que sacude a Venezuela. Ésa es la gran responsabilidad de los mandatarios latinoamericanos que han minusvalorado sistemáticamente las implicaciones de la crisis venezolana, dando alas a una represión insoportable.

Unas preguntas frecuentes frente a este escenario de violencia que muchos se formulan son: ¿qué salida tiene Venezuela?, ¿cuán violenta será?, ¿cómo se recompondrá un tejido social duramente golpeado por tantos años de experimento chavista? Anta la falta de canales adecuados para la participación política de las mayorías y minorías, ante la falta de instituciones y la vulneración permanente de las leyes y de la propia Constitución bolivariana, el temor a una violencia desbordada crece cada día. Cuando Maduro llama a un gobierno cívico – militar para defender la revolución en caso de una derrota electoral está apostando por un autogolpe inconstitucional. De repente todo lo que Chávez y Maduro dijeron sobre los “golpes” en Honduras y Paraguay parece un misterio del pasado.

Cada vez más el gobierno bolivariano parece cercado por su propia realidad. Sus dificultades internas son crecientes, y no sólo en los campos políticos y económicos. En el frente externo las firmes tomas de postura de Macri y de Luis Almagro fueron respondidas con descalificaciones rayanas en la escatología y la violencia por parte de Maduro, Diosdado Cabello y otros personajes de menor nivel. Actuando cada vez más como una fiera acorralada las reacciones pueden ser imprevisibles y descontroladas. Es hora de que todos aquellos que dicen sentirse muy concernidos por lo que ocurre en Venezuela, como Dilma Rousseff y Michelle Bachelet, se impliquen seriamente para evitar inútiles derramamientos de sangre que, de producirse, tendrán efectos negativos sobre todo el continente.

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Publicado originalmente en Infolatam.