Empresario y ejecutivo en la cumbre financiera

La primera vez que Henry Fernández salió en los periódicos fue cuando tenía poco más de cuatro años. Por travieso echó a andar el carro de sus padres y rodó colina abajo. Atravesó, calles, predios… Se detuvo hasta que unos beisbolistas se colgaron del vehículo y lo frenaron. En los diarios lo llamaron “Niño al volante”.

Se ha vuelto a escribir sobre él, no por su imprudencia, sino por su éxito empresarial. Hoy toma riesgos de otro tipo. Con títulos de universidades como Georgetown, Princeton y Stanford, Fernández dirige MSCI, una empresa con un valor de mercado de 7 mil millones de dólares y ventas anuales de mil 100 millones. MSCI tiene tres mil profesionales empleados en 25 países. “Creamos productos para la gente que maneja negocios mundiales”, explica.

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Se le ha escapado varias veces a la muerte y prefiere más la literatura que la música. Lo suyo es rascar las obras de autores latinoamericanos como Pablo Neruda, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa. Para conocer a este último solo basta una llamada por teléfono que aún no ha hecho, dice. Tres Premios Nobel de Economía fueron sus profesores. “Lo que yo he aprendido al estar al lado de ellos es la lucidez de su mente, cómo simplifican los problemas de forma maravillosa para poder darle soluciones muy grandes”, recalca.

Si pudiera invitar a alguien a un café sería al físico Albert Einstein. Con él quisiera discutir un problema importante y ver cómo lo resuelve.

Ciudadano del mundo

Henry A. Fernández tiene tres nacionalidades. Mexicano por nacimiento, nicaragüense por herencia y norteamericano por adopción. Nació en el norte y no en el ombligo de América, porque sus padres vieron en el México de los años 50 –el de María Félix, Cantinflas y Agustín Lara–, la oportunidad de “ayudar a mejorar la condición” de su hermano mayor que vive con una mal formación cerebral. También se fueron por razones políticas. Su papá, Armando Fernández, tenía un alto rango en la Guardia Nacional.

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Henry Fernández posee títulos de prestigiosas universidades como Georgetown, Princeton y Stanford

Henry, de padres nicas, fue inscrito en el libro de ciudadanos nicaragüenses nacidos en el extranjero. “Yo crecí con un nacionalismo muy alto, muy, pero muy alto (…) también porque como yo no había nacido en Nicaragua quería convencerme a mí mismo que mi nacionalismo era más fuerte que el de cualquier otra persona”, dice.

Anduvo por territorio nica por más de una década. A su papá lo movían de un sitio a otro. Así conoció distintas ciudades del país, hasta que se radicó en Managua. Allí vivió hasta los 16 que salió para estudiar economía en Estados Unidos. “Muchos de mis planes e ilusiones de la vida eran cómo poder ayudar al desarrollo económico, social, político de Nicaragua para que llegara a ser un país de mucha prosperidad”, recalca.

Viajó mucho y conoció más de 30 países. Cuando la Revolución Sandinista llegó, él estaba en el sur de China. Inicialmente quería terminar la carrera y regresar a Nicaragua. Después del 19 de julio 1979 cambió de opinión. Hubo una transición “de esa persona nacionalista amante de su patria a una persona que quemó los barcos y decidió que no había futuro para mí en Nicaragua”, asegura.

Se graduó con honores en economía, en la Universidad de Georgetown. Luego concluyó un doctorado en Economía en la Universidad de Princeton y un MBA (Master of Business Administration) en la Universidad de Stanford. Para entonces tenía 25 años y su estatus migratorio pendía de un hilo. Le habían negado asilo político en Estados Unidos y querían extraditarlo. Así estuvo 7 años.

De la universidad a Wall Street

Henry Fernández aprendió no solo a manejar empresas, sino a crearlas. “Cómo ser un emprendedor, era mi objetivo”, subraya. Se propuso llegar a Wall Street, aprender sobre el sube y baja de la bolsa y cómo se manejan las compañías a nivel global. Quería ir “a las cúspides más altas del mundo financiero en Nueva York, capital financiera de los Estados Unidos”, admite.

Un mundo feroz. Competitivo. Más para alguien foráneo. Peleó una plaza en Morgan Stanley, para entonces “un banco de inversión”. “Yo entré como lo que le llaman ‘Asociado'”, explica. Entrevistaban a miles y ofrecían 15 plazas en dos áreas: Finanzas Corporativas y Adquisiciones y Fusiones.

De esos 15 uno o dos podrían convertirse en socios. Él quería ser uno de ellos. “Yo me puse como objetivo llegar a ser socio de esta empresa, trabajar muy fuertemente y hacer todo lo necesario para llegar a eso y eventualmente diez años más tarde llegué a ser socio de la empresa”, cuenta.

No quería ser banquero, sino su cliente. Comprar una empresa o fundar una nueva. A los 30, estuvo a punto de ser Director General de un banco en Búfalo, Nueva York. Consiguió los inversionistas dispuestos a inyectar el capital pero la adquisición se desmoronó. Fue una gran decepción, confiesa.

Esa experiencia le ayudó a descubrir que el empleo le estaba consumiendo. Determinado a socializar más y trabajar menos conoció a su esposa. En 1991 decidió independizarse de Morgan Stanley y crear su empresa. “La establecí con el criterio (de) que íbamos a comprar compañías en Estados Unidos y en México, la formé con otros tres socios, empezamos a levantar el fondo y empezamos a buscar empresas”, explica Fernández.

Así compró pequeños medios de comunicación: periódicos, estaciones de radio… En 1994 cerró la empresa y regresó a Morgan Stanley. Hasta que finalmente surgió una idea. Había un producto que Morgan Stanley compró y que generaba pocas ganancias “y entonces decidí tomar ese negocio, la casa matriz estaba en Ginebra, Suiza”.

Durante dos años trabajaba por el día para Morgan Stanley y por las noches se hacía un colocho buscando cómo levantar ese negocio al que nadie más le prestaba atención. “Yo dejé mi carrera en el Main (la parte principal) en Morgan Stanley y me tiré a una esquina totalmente ignorada y si hubiera pasado cinco a diez años sin lograr nada habría sido un tremendo fracaso. El resto de mis compañeros iban subiendo en términos de ganancias y compensaciones, yo estaba estancado y obviamente el negocio no podía pagarme y ellos me estaban subsidiando”, comenta.

Eso hace 20 años. Con el apoyo de sus jefes, se dedicó a él tiempo completo y se movió a Ginebra. Ahí se quedó hasta que lo echó a andar. “Ese es el negocio precursor del negocio actual que eventualmente colocamos en la bolsa de valores de Nueva York, luego nos separamos de Morgan Stanley y es una compañía a nivel mundial”, recalca.

Nació como Morgan Stanley Capital International, al desprenderse de su empresa madre redujeron el nombre a MSCI.

Esta compañía hoy tiene tres mil profesionales basados en 25 países. Un 50 por ciento de ellos tiene al menos un máster. 120 empleados son doctores en Finanzas, Economía o Matemáticas.

MSCI posee tres mil clientes en 90 países. La firma ahora goza de un valor de mercado superior a los 7 mil millones de dólares. Fernández es accionista de la compañía que le pertenece Morgan Stanley.

“Nosotros hacemos herramientas para profesionales que manejan dinero alrededor del mundo, para que ellos manejen sus inversiones”, explica.

Usualmente está de viaje visitando clientes o yendo a las oficinas donde manejan operaciones. De Nueva York a Londres. De París a Tokio. Ha visitado más de 100 países a lo largo de su vida. Una en la que se le ha escabullido a la muerte un par de veces. La última al no abordar un avión en el que iba a viajar. La aeronave tuvo un desperfecto eléctrico, explotó y cayó en Canadá. Una crisis financiera lo salvó de volar.

Vida entre reuniones

Henry Fernández reside en Nueva York. Allí se dedica a maniobrar todo lo relacionado a la compañía. Su tiempo se escurre entre reuniones. Reuniones. Reuniones.

Pasa conectado a la tecnología 24/7. Gran parte de su día lo dedica a contestar emails: Desayuno con sus hijos. Emails. Cena. Emails. Fines de semana. Emails. Viajes…

“Yo no trabajo, esto es un hobby para mí. Pienso que yo soy bendecido por Dios, trabajo en algo que me fascina hacer, no tengo que pagar para lograrlo, sino que a mí me pagan por hacerlo, es algo extremadamente satisfactorio y no podría hacer todo esto si no gozara enormemente de todo lo que hago en el día a día”, aclara.

Leer sobre economía, política y tendencias es su diversión. Aprender y seguir aprendiendo. Su refugio: el cine. Renta películas. Documentales, acción, drama. No nació, se construyó deportista. “Yo era más intelectual que deportista pero me casé con una mujer que es altamente deportista y le ha inculcado el deporte a mis hijos, todos mis hijos son atletas, digo atletas en el sentido que compiten, practican, son capitanes de sus equipos”. Tiene tres hijos. Dos varones. Una mujer.

En 40 años, solo ha regresado a Nicaragua una vez. Fue en el 2014. Vino, gozó del país de su infancia y se fue. Si le preguntan cuál de las nacionalidades que tiene es a la que se siente más estrecho, responde que a ninguna, él es “un ciudadano del mundo”, afirma.

“Pero al fin de cuentas cuando llego a alguna parte y me preguntan Where are you from?, les digo: Nicaragua”.

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