Opinion

En esta pandemia, agradezco a mi madre seguir capeando la covid-19

En mis casi dos años de exilio, entrenada para el confinamiento, pero no para más muertes, la pandemia profundizó mi anhelo quienes amo y extraño

En diciembre del año pasado se miraban las noticias del nuevo coronavirus  en Wuhan China como algo que temer, pero todavía lejano. En menos de tres meses alcanzó al mundo. Nadie estaba preparado ante este nuevo virus de que causa la covid-19, ni la Organización Mundial de la Salud (OMS), ni los gobiernos, mucho menos las poblaciones. En lo personal, vi la noticia de la emergencia sanitaria por el coronavirus en Milán, región de Lombardía, Italia, en la madruga del 22 de febrero 2020 en mi rutina diaria de ver noticias en mi celular. Me fui a dormir con un boleto de tren comprado para viajar a Torino (Turín). Salí a las 6:00 am (con mucho miedo e incertidumbre), había tomado un tram (tren urbano) y luego un metro para llegar a las 7:00 am a la Estación Central de trenes.

Ya entonces unas pocas personas andaban con mascarillas, aunque no había ninguna información o publicación educativa en torno a la prevención del coronavirus. Me moría de hambre porque no había desayunado. En eso ví en la pantalla, que la salida de las 7:15 am de mi tren hacia Turín estaba “cancelato”; de verdad que me asusté más. Me fui a preguntar a un trabajador de Trenes de Italia y me dijo que podía tomar otro; “que la lleva a Porta Garibaldi, luego toma el tren que la lleva a Bérgamo, luego a Turín”. Pero para nada me gustó su propuesta. Volví a la pantalla y también estaba cancelado el tren hacia Roma. Pensé, recordando algunas clases de la Maestría en Salud Pública, “creo que quieren bajar el flujo de gente en los trenes (vectores de covid-19) y sin alarmarnos (y sin informarnos)”. Insistí en preguntar las razones de estas suspensiones y ninguna/o de las/os trabajadores lo sabía. Me sentí tentada de entrar a tomarme un café con un pancito, pero dije “no, chiva!, mejor me regreso a casa”. De nuevo tomé el metro y el tram, y al bajar, sí entré muerta de hambre al cafecito de la esquina cerca de la casa, pero me percaté de no tocar con mis manos lo que iba a tomar y comer. Regresé esa mañana a dormir mi desvelo, convencida que había tomado la mejor decisión. Además de cambiarme de ropa, lo primero que hice fue lavarme las manos (sin tanta espuma y sin los segundos requeridos) agradeciendo a mi madre, salubrista pública nata y que nos metió hasta en los genes este valioso hábito y muchos más; su pregunta de “¿ya se lavaron las manos?”, sujeto de chistes de sus nietas/os, en complicidad nuestra, hoy nos está salvando la vida a dos generaciones en esta pandemia. Ese mismo día recibí la propuesta de una amiga nica y su familia (que casi nunca podemos vernos) de encontrarnos por la tarde en el Castello Sforzesco, y así fue. Minimicé el miedo de la mañana en el mero contagio del virus; pero ni yo, ni nadie tenía real conciencia de esto en Italia, nadie nos lo dijo. Estuvimos caminando, vimos que había una feria de juegos mecánicos, puestos de comida, cantantes de calle, montones de turistas caminando, y ya algunos con tapaboca. Al día siguiente, domingo 23 de febrero, se declaró la alerta sanitaria para Milán como ciudad y para Lombardía como región; con 20 casos positivos y un fallecido, los gobernantes de la región de Lombardía emitieron ordenanzas de suspensión de todos los eventos públicos, y se cerraron escuelas y universidades. A partir del lunes 24 de febrero se suspendieron actividades de aglomeración de gente, pero el resto, incluido el transporte, seguía funcionando relativamente normal con algunas recomendaciones de distanciamiento y horario de cierre para los bares; donde la gente seguía llegando por el típico “aperitivo italiano” de la tarde.

En realidad, antes del 15 de febrero Italia ya tenía tres casos confirmados. No obstante, así se realizaron en Milano, City la Feria Internacional de la Bolsa de Turismo (del 9 al 11 febrero; allí donde varias nicas hicimos la protesta frente al stand de Nicaragua) y la Feria Internacional del Calzado (del 16 al 21 febrero), esta última con una aglomeración de más de 40,000 participantes, 60% procedentes del exterior. El mismo día que finalizó la Feria del Calzado, se jugaron los octavos de final de la “Champions League” entre Atalanta y Valencia, con asistencia de 44 236 personas. Todo esto se realizó con el antecedente de haber detectado con covid-19 a una pareja de turistas chinos, confirmados el 30 de enero del 2020 y confinados en el “Instituto Spallanzani”, en Roma, hasta el 26 de febrero, donde fueron declarados curados y dados de alta. La primera víctima mortal en Italia fue un señor de 78 años de la provincia de Padua, que fue hospitalizado por 10 días por otras patologías, y que no había viajado a China. Por lo tanto, el foco y la cadena de transmisión se habían prácticamente perdido.

Mientras tanto, cada cual fue asumiendo el quedarse en casa, aun sin tener una campaña educativa de medidas de bioseguridad que ahora el mundo conoce. El metro, el tram, los buses, los bares siguieron funcionando, o -mejor dicho- acogiendo gente estornudando, sacudiéndose la nariz, sin lavado de manos, saludando con beso y de partida doble, uno en cada cachete. Así llegaban las familias a saludar a sus madres, padres, abuelas, abuelos (y ojo que muchos de ellos/as, también andaban en las calles).

El sábado siguiente me vi obligada a interrumpir el auto confinamiento por un accidente que dañó el sistema eléctrico del apartamento. Salí para ir donde la misma amiga que me daría posada por el fin de semana. Llegando, me dio pena evadir el caluroso saludo y minimicé la pandemia, e instintivamente nos saludamos de beso; ella seguía asistiendo todavía normalmente a su trabajo. El lunes 2 de marzo tomé el metro y tram para regresar al apartamento ya reparado. Este fue el segundo momento en que rompí el auto confinamiento, y me expuse a la lotería de covid-19.

Si bien Italia está entre las 10 primeras economías del mundo con alto nivel y calidad de vida, el #MeQuedoEnCasa (#IoRestoACasa) se asumió muy tarde, cuando las cifras de contagios ya se contaban en miles y los muertos –principalmente de la tercera edad- estaban en ascenso. Digamos que ‘la saliva no controlada a tiempo’ fluyó libremente en tiempo de contagio “comunitario” y sin mascarillas -por recomendación inicial de la OMS-, en un país de más de 60 millones de habitantes y de alta movilidad y concentración turística en museos, cines, teatros, pasarelas, parques, estadios y conciertos, y las consecuencias fatales llegaron por miles. Ver las noticias de esas muertes, sobre todo para quienes lo vivieron en carne propia, fue la ‘educación’ más rápida y dolorosa para Italia, y sobre todo saber que muchas personas sanas y portadoras de covid-19 habían contagiado a sus familiares.

En mis casi dos años de exilio, entrenada para el confinamiento, pero no para más muertes, la pandemia me profundizó mi condición de anhelo de las personas que amo y extraño. Volvió así el Abril de luto y de vidas inciertas en la Nicaragua reprimida y asediada por la dictadura Ortega -Murillo, y fue literalmente como cargar dos pandemias al mismo tiempo. Siempre contemplé que en una emergencia, aunque no lo quisiera mi familia, tomaría un avión de regreso a Nicaragua y allá vería después lo de mi seguridad. Cuando se anunció el cierre de los aeropuertos sentí otro golpe de realidad, la posibilidad de no poder encontrarme con las personas que amo ni en la vida ni en la muerte; un sentimiento que nunca me lo había proyectado. Este encierro me hizo reflexionar en el privilegio de quien cierra el ciclo de la vida rodeado de sus seres queridos, cumpliendo el ritual del funeral, recibiendo los apapachos de solidaridad, sabiendo donde están sus restos, ante el contraste extremo de no saber qué hacer con el cuerpo sin vida y contagioso de tu ser querido en un cuarto de tu casa; como sucedió en Italia o en Guayaquil, en Ecuador. Así mismo, la prohibición de tajo de las visitas, el abrazo, el beso y el último adiós a las personas hospitalizadas, y el funeral, un ritual doloroso, en tiempos de pandemia se convirtió en un privilegio del pasado, igualando en la muerte a las personas que en vida pudieron vivir con todo, con las que vivieron con casi nada, apiladas para el manejo final y menos contaminante de sus cuerpos.

América Latina tuvo la oportunidad de sacar lecciones aprendidas de este virus nuevo con las experiencias de China, Italia, España y otros países. Muchos países lo hicieron, sin embargo, el gobierno de Nicaragua en dictadura y prepotencia se burló de la pandemia, planificó y promovió la aglomeración para el “contagio de rebaño”, nunca reconoció el contagio comunitario; y sigue ahora mintiendo sobre las cifras de casos y muertes por covid-19, sin brindar acceso a la realización de las 26,000 pruebas que recibió como donación. Mientras tanto, Italia está en el desconfinamiento gradual para recuperar una normalidad atípica, y va conociendo mediante estudios cómo fue el comportamiento inicial del contagio de covid-19 en Lombardía, la zona más afectada de Italia.

Este articulo lo empecé a escribir a mediados de marzo, y ahora que lo finalizo, puedo armar las piezas de las sospechas. Hoy hablé por teléfono con mi amiga nica, con la que di el paseo y me hospedó un fin de semana en su casa, cuando me vi obligada a romper el auto confinamiento; y me dijo que está casi segura que la gripe que le dio antes que yo estuviera en su casa, era covid-19; según ella “fue una gripe brutal como nunca había tenido; tenía todos los síntomas de covid-19, incluso perdí el paladar y el olfato, pero yo no los conocía”. Y esto se confirma con el hallazgo de investigaciones que dicen ahora “que la covid-19 se confundió con la gripe y se escapó el control mucho antes de que las autoridades decretaran cuarentenas locales en el norte de Italia”; se estima que el 26 de enero es el día en el que comenzó el contagio local, según esta investigación ya publicada en los medios de comunicación. Los días de febrero que se realizaron las ferias internacionales, donde fuimos a protestar y el famoso evento deportivo, la investigación revela que ya había 46 casos en Milán y 500 en Lombardía, en el norte de Italia. Cuando se perdió el caso cero y la secuencia del contagio, simplemente ya estaba perdido el control inicial de la pandemia y, por lo tanto, el proceso de confinamiento fue tardío; en realidad, fue el incremento veloz de la curva de la pandemia la que confinó en sus casas a toda Italia.

Es obvio que en la experiencia de Italia hubo una mezcla entre desconocimiento del nuevo virus que causa la covid-19 con la priorización de lo económico; sin embargo, luego se pusieron las pilas hasta doblar la curva ascendente, que hoy en día tiene un total de 59,322 personas positivas, 32,616 fallecidos, y una sensible disminución cada día. Aun hoy hubo 652 casos positivos nuevos y 130 fallecidos, con 595 en terapia intensiva, pero hasta hace pocas semanas las cifras diarias se contabilizaban en miles.

Exactamente tres meses después de la cuarentena e inicios del desconfinamiento en Italia, todavía con el uso obligatorio de mascarillas y el distanciamiento físico, analizo cuánto me sirvió mi intuición como producto de los conocimientos adquiridos en la maestría de salud pública. Pero sobre todo agradezco a mi madre, Sara García Reyes, quien este 23 de mayo cumple 89 años, por haberme inculcado y educado en el hábito particular del lavado de manos frecuente y de la higiene en general, lo que seguramente me ha permitido a la fecha capear la covid-19.

Ahora sigo en la distancia de quienes amo y extraño en Nicaragua y lo hago con profunda angustia, viendo a la gente convertida en los ‘casos’ y con un número de fallecidos en ascenso por la pandemia de covid-19, que la ciudadanía da a conocer y la dictadura ya no puede esconder, esperando que esta pandemia de partida doble para Nicaragua termine pronto y alivie el “dolor de respirar”.

*Socióloga y salubrista pública, feminista y defensora de derechos humanos en el exilio.

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