Opinion

Encuentro con una madre en Roma

En la profunda crisis que vivimos sentimos tan necesario y urgente el estilo tan humano de doña Violeta y sus grandiosos ideales de paz y democracia

A mediados de los años noventa, cuando yo estaba en Roma preparando mi doctorado en Sagrada Escritura, doña Violeta, siendo Presidenta de la República, llegó de visita a la Ciudad Eterna. Gentilmente nos invitó, a través de la Embajada de Nicaragua ante la Santa Sede, a los pocos sacerdotes nicaragüenses que estudiábamos allá para que tuviéramos un encuentro con ella. Ella misma nos recibió en la puerta de la Embajada con una cariñosa sonrisa y un gran abrazo:

–¡Qué alegre verlos mis muchachitos lindos!– nos dijo. –¡Qué gusto me da verlos! Pasen adelante!– Y luego se dirigió a algunos del personal de la Embajada: –Ve, tráiganles una coca colita y un pedazo de queque a los padres–.

Habíamos llegado a visitar a la presidenta de nuestro país, pero nos encontramos a una madre; estábamos atentos al protocolo diplomático que había que observar, pero no había ninguno, solo acogida humana y cariñosa. Transcurrieron un par de horas de conversación amena y sencilla con ella sobre la situación de Nicaragua y su difícil gestión presidencial, pero también hablamos sobre lo que a ella parecía interesarle mucho: cómo iban nuestros estudios, qué necesidades estábamos pasando en Roma, cómo estaban nuestras familias, etc.

Inolvidable aquel encuentro. Comprendí que Nicaragua, en aquel momento herida por largos años de guerra y dolor, de autoritarismo y pobreza, ahora estaba en manos de una madre. Había que pacificar y reconstruir el país y aquella  madre, aquella mujer sencilla, inteligente y firme, estaba luchando por hacer de nuestra sociedad una gran familia. Hizo lo que pudo e hizo mucho.

En la profunda crisis política y social que hoy vivimos sentimos tan  necesario y urgente su estilo tan humano, su gestión tan honesta y sus grandiosos ideales de paz y democracia.

Doña Violeta vivirá eternamente en el corazón de Dios a quien amó y adoró y será recordada siempre como admirable protagonista de una de las páginas más gloriosas de la historia de Nicaragua. ¡Gracias, doña Violeta!

*El autor es obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Managua

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