Opinión

Es el hartazgo con el PRI, ¡estúpido!

AMLO

AMLO no surge de una cultura política socialdemócrata, nace en la corriente progresista del PRI que más tarde se convierte en PRD



México. Tiene años de darle “voz al horror”, recorriendo el país para construir el liderazgo político más importante de las últimas décadas que lo coloca en la silla que una vez ocupara Lázaro Cárdenas, su ídolo, el fundador de las instituciones y responsable de la nacionalización del petróleo en México.

Es Andrés Manuel López Obrador (AMLO), “El Mesías tropical” de 64 años, veterano político pragmático y nacionalista, luchador social asociado a una izquierda no marxista cuyo triunfo -luego de una jornada que cerró temprano con él como ganador indiscutible, sin crisis en los mercados- fue producto del hartazgo con la corrupción y la violencia bajo el PRI.

“Como nadie recorriste el país y entendiste su enojo. Como nadie capturaste el sentir de los indignados, los enfurecidos, los enojados. Años de democracia diluida, transición trastocada (…), pobreza lacerante. Años de sacar al PRI de Los Pinos para verlo regresar, más corrupto, más rapaz, más desalmado”.

“Y tú, el insurgente, ofreciste lo que tantos querían oír. La refundación. La transformación. El rompimiento con el viejo régimen. Invitaste al país a hacer historia contigo. Y la mayoría te acompañó; algunos con entusiasmo, otros con ambivalencia, muchos para darle un puntapié al priismo”.

Son palabras de la politóloga Denise Dresser, feroz crítica de lo que ella ha llamado la intolerancia, la incongruencia y el autoritarismo de AMLO, publicadas en carta abierta al ahora candidato ganador al día siguiente de su elección que otros denominan el “tsunami” de México.

Muchos en efecto votaron por AMLO con ambivalencia pero decididos a sacar al PRI de Los Pinos, convencidos que era la única opción viable para lograr que ese partido deje el poder de una buena vez y al menos disminuya su capacidad para expoliar el país y alimentar la cultura de corrupción de sus élites.

“Finalmente me convenció. Me costó pero esta vez lo logró,” me dijo un taxista días después de la votación. “Que conste. Yo no soy priista. Nunca voté por el PRI. Primero por Fox y después por Calderón, hasta que me di cuenta que todos los que decían que Andrés Manuel era un peligro para México, en realidad el peligro eran ellos”.

Hay quienes desconfían de que al final del día, AMLO sea más de lo mismo. El ahora líder indiscutible no surge de una cultura política socialdemócrata. Nace en la corriente progresista del PRI que más tarde se convierte en el PRD, agrupación que ha perdido el ímpetu rabioso que le daba razón de ser.

Claro que es más sencillo explicar a AMLO como un Chávez mexicano. Ambos son carismáticos y mesiánicos, por ejemplo. Muchos llaman ese paralelismo “reduccionismo lógico comprensible”, pero inexacto.

“México no es Venezuela ni AMLO es Chávez, dicho sin ofensa ninguna de por medio. La costumbre de etiquetar a los políticos hace difícil entender la personalidad de AMLO (…) Es de izquierda pero también conservador; es un líder social y un dirigente político; un candidato triunfante en tránsito a un gobernante sereno”, reflexiona en charla el reconocido analista René Delgado.

Morena (Movimiento de Regeneración Nacional), que AMLO funda en 2014 y que obtuvo mayoría en el Congreso y cinco gubernaturas el pasado 1ero de julio, dista de ser un partido consolidado. Nace como un movimiento reformista, contrario al neoliberalismo, que ganó con una campaña contra la corrupción.

Su pariente más cercano en América Latina podría ser el peronismo. Aunque el contexto sea otro, tienen elementos en común: un líder carismático, una masa devota y una coalición que cubre gran parte del espectro político nacional.

Así como la personalidad política de AMLO es compleja, Morena es ecléctica. Cuenta con evangélicos y políticos oportunistas cuya lealtad durará el tiempo que les convenga. También con aliados “moderados y radicales” quienes parecen entender “la importancia de la mesura para alcanzar las metas”.

“Su triunfo constituye un paradigma; en los 18 años que lleva la democracia mexicana, la alternancia se había dado del centro a la derecha y de la derecha al centro. El reto es convertir la alternancia en alternativa”, acota Delgado.

Para Rubén Aguilar Valenzuela, integrante de la campaña de Ricardo Anaya quien pasó de ser candidato perdedor a líder de oposición minutos después de que el conteo rápido indicara la victoria de AMLO, el 1ero de julio no hubo “una elección convencional”.

“Los criterios técnicos y políticos que se utilizan para tratar de entender un proceso electoral (…) no aplican para hacerse una idea más o menos clara, de lo que realmente pasó”, escribe el también académico.

Lo que está claro es que arrasó la “izquierda política no violenta” y perdió la “derecha corrupta”, opina el politólogo Sergio Aguayo Quezada. El voto fue un sí tajante a la reconciliación legal, pacífica e institucional, agrega el investigador del Colegio de México en entrevista.

Y AMLO, quien ganó con 53% en una de las elecciones más concurridas del país, ahora cuenta con un bono democrático incontrovertible. Pero no ha recibido un cheque en blanco.

Además de que enfrentará “un forcejeo permanente”, donde ganará aquí y perderá allá, el futuro jefe de Estado deberá lograr un equilibrio entre su perfil populista con brochazos místicos y su nuevo papel de estadista sobrio cuyo mandato es remodelar las instituciones en un cambio profundo, sin rupturas.

La política exterior no ha sido su fuerte ni su prioridad, al menos no por ahora. Su primera experiencia ha sido una conversación telefónica con Donald Trump donde ambos hicieron gala de sus vetas populistas e iniciaron una suerte de luna de miel que se antoja igual de efímera que las románticas.

En lo que es el primer ajuste de su gabinete, López Obrador ha designado a Marcelo Ebrard, quien fuera su sucesor en la jefatura de gobierno de la Ciudad de México, como canciller. Ebrard, graduado en Relaciones Internacionales por el Colegio de México, ocupó puestos diplomáticos en la ONU e impulsó el voto latino en Estados Unidos por la demócrata Hillary Clinton.

Analistas coinciden que el giro imprevisto es positivo. Héctor Vasconcelos, quien ahora aspira a ser presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, había sido su primera opción al frente de la Secretaría de Relaciones Exteriores.

Ebrard, asesor principal para la transición de Enrique Peña Nieto a AMLO, tiene claro que el populismo de derecha de Donald Trump es un riesgo para México. En ese sentido AMLO se estaría preparando para defenderse de la inevitable lluvia de ocurrencias “trumpistas” contra México.