Opinion

Es la lectura

El libro sobrevive gracias a las virtudes de su propia lectura que nos vacuna contra la pandemia de distracción que asola el mundo

Hace poco, el editor Antoine Gallimard se quejaba de la disminuida importancia del libro en la cultura francesa. Por mi parte, durante un regreso reciente a Londres observé que ahora, en el metro, pocos leían libros de papel. Sin embargo, unos cuantos pasajeros parecían leer algún volumen en sus teléfonos inteligentes, sus Ipads o sus libros electrónicos. Pero todo puede ser peor: en el metro de Santiago de Chile casi nadie parece leer (¿quién podría hacerlo con el ruido atronador de los músicos ambulantes en los vagones?).

Profetas agoreros pronostican el apocalipsis de la Galaxia de Gutenberg. Dicen que en el muro del banquete contemporáneo ya han sido escritas las palabras condenatorias: los libros marcharán al mismo matadero donde perece el resto de la cultura impresa. En efecto, revistas y diarios desaparecen o se jibarizan. Sus sustitutos digitales no logran reemplazarlos, no son rentables y su calidad baja. En consecuencia, el periodismo profundo escasea más que antes y el sensacionalismo distractor florece.

Muchos anunciaron que los libros sufrirían una decadencia similar a ésa cuando, en 2007, Amazon lanzó su aparato de lectura electrónica (Kindle). Pronosticaron que primero desaparecerían los textos de papel, las librerías y las bibliotecas reales. Todos ellos sufrirían la misma extinción que barrió con los discos y las disquerías. Luego, una vez transformados en virtuales, la calidad general de los libros colapsaría por falta de financiamiento, igual que está ocurriendo con el periodismo.

Una docena de años después, ese anunciado apocalipsis aún tarda. Aquellas amenazantes “palabras escritas en el muro del banquete” pueden leerse en distintos sentidos. Y no todos esos sentidos son ominosos.

En los mercados editoriales más desarrollados las ventas de libros electrónicos subieron mucho y luego se estancaron. Desde hace un lustro el formato digital representa un saludable, pero limitado, 20% de las ventas (en EE. UU. y el Reino Unido). A esa cifra hay que sumarle un número creciente de autores indie que autopublican sus ebooks y venden bastante. La mayoría de esas autopublicaciones son de pésima calidad; lo que confirma el pesimismo de los agoreros. Pero, sin duda, entre esos autores indie habrá algunos con talento que buscan más independencia y remuneración.

Esa autoedición electrónica amenaza a la industria editorial tradicional. Un escritor autopublicado recibe un 70% del producto de las ventas de su ebook; mientras que las editoriales tradicionales le dan sólo un 10% a sus autores. En esas condiciones, los escritores de superventas conocidos podrían mudarse a la autoedición electrónica. A su vez, los superventas que surjan en ese medio indie no tendrían estímulo para migrar al sistema tradicional. Este daño económico a las editoriales podría repercutir en sus autores con ambición artística, cuyas obras se venden menos. Privadas de sus superventas, las editoriales tradicionales tendrían menos recursos para publicar libros de calidad. Por ese camino, a la larga, tanto los autores jóvenes y desconocidos como también muchos escritores establecidos y valiosos terminarían publicando en editoriales pequeñas, “de nicho”. Y algunos de ellos podrían incluso autoeditar sus ebooks, si algún algoritmo inteligente les prometiera conectar sus libros exigentes con lectores igualmente exigentes.

Esos nichos editoriales podrían ser nidos. Esas autopublicaciones de calidad podrían inducir la formación de comunidades de lectores selectivos. El futuro no tiene que ser necesariamente apocalíptico. Por ejemplo, es cierto que varias cadenas de librerías han sucumbido ante la arrolladora competencia de la tienda virtual Amazon. Es lamentable. Pero al mismo tiempo, en algunos países el número de librerías independientes ha venido aumentando. En EE. UU. estas pequeñas librerías llevan nueve años de crecimiento, renaciendo como centros comunitarios, en los barrios.

Algo parecido ocurre con las bibliotecas. En el mismo metro de Santiago, donde nadie parece leer, funciona una extensa red de bibliotecas públicas que hace miles de préstamos semanales.

En este panorama desafiante y confuso el libro resiste. Resiste incluso a sus mismos editores que proponen tonterías. El líder del grupo editorial Hachette afirma que los libros digitales son demasiado parecidos a los de papel y que por eso se estancaron. Él quisiera que los ebooks sean más interactivos, que lleven enlaces a imágenes y videos. Pero cuando los editores publican un libro electrónico con esos recursos la gente los rechaza. ¡Y con razón! Los lectores quieren que el libro electrónico siga siendo un aparato de concentración en la lectura, en lugar de convertirse en otra consola de juegos.

Algunos argumentan que el ebook no aumenta sus ventas porque los lectores están hartos de mirar pantallas chillonas. Eso mismo explicaría que las ventas de audiolibros vengan creciendo sostenidamente. La persona que se pasa todo el día entre su computador y su teléfono inteligente, querría descansar sus ojos irritados posándolos en la calma del papel o cerrándolos para escuchar una novela. Pero esta explicación meramente fisiológica es absurda: la pantalla de un Kindle tampoco brilla ni chilla. Además, ese mismo deseo de “descansar los ojos en el papel” no está salvando a los diarios y revistas que, fabricados del mismo material, se extinguen.

No son sus soportes, es la lectura. Lo que salva al libro, hasta ahora, no son sus distintas plataformas. El libro sobrevive gracias a las virtudes de su propia lectura que nos vacuna contra la pandemia de distracción que asola el mundo.

La lectura de libros, con sus peculiares requisitos de concentración larga, enfoque sostenido y silencio, es un refugio y un remedio contra el mareo provocado por las redes sociales y otros medios. El lector que se concentra en un volumen, ya sea de papel o electrónico, escapa del chorreo de estímulos distractores y de datos menudos en el que nos ahoga nuestra sociedad hipermediatizada. Ese acoso mediático incesante irrita algo más que los ojos: irrita la inteligencia. Por eso es que, cada vez que un editor codicioso intenta añadirle interactividades a un ebook, los lectores rechazan esa desnaturalización de la lectura.

El libro digital es un hermano más o menos fiel del libro impreso. Podría ser que, precisamente gracias a la edición electrónica, las cifras de lectura de libros en general no hayan disminuido aún más. Como sea, todas las plataformas del libro son armas en la lucha contra el verdadero enemigo: la epidemia de distracción banal que amenaza con crear una sociedad de zombis enajenados de sí mismos y del mundo.

Mutando y adaptándose, batallando en múltiples terrenos, el libro resiste a pie firme. En una sociedad donde todo se confabula para distraernos, el libro nos rescata, concentrándonos. El libro se salva porque nos salva.

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