Opinión

¿Está desahuciada la entrevista?

Mientras medios y periodistas no superen las hipotecas que pesan sobre la entrevista, continuará empobreciéndose



 

La entrevista se halla en la misma base

de todo el quehacer periodístico. La mayoría

de las informaciones que obtenemos han tenido

como base una entrevista, el encuentro en estado

puro, entre el periodista y la fuente.

Miguel Ángel Bastenier

 

Aun cuando periodistas encumbrados no se ponen de acuerdo a la hora de considerar la entrevista cómo género periodístico, desde hace más de quince años estos mismos señores han advertido que esta pasa por malos momentos. (Iguales apuros vive el periodismo). No tanto por culpa de la misma entrevista, como por la manera despiadada con que han venido utilizándola. En nuestro país muy pocos han reflexionado acerca de este infortunio. Con más altas que bajas, diarios, radioemisoras y estaciones televisivas, siguen usando la entrevista de manera insufrible. Sus verdugos no quieren reparar en las lecciones básicas impartidas en las escuelas de periodismo, ni detenerse a examinar la experiencia de grandes periodistas; con insistencia señalan que no puede considerarse como entrevista la que se hace en grupo. Los desaguisados salen a diario en la radio y la televisión nicaragüense. Viviendo en un mundo aparte, sirven en su menú gato por liebre; venden al por mayor y al detalle primicias que no son más que declaraciones compartidas. ¿Pensaran que engañan a radioescuchas y televidentes?

La perversión de la entrevista proviene de no entender que se trata del “género maestro, porque en ella está la fuente de la que se nutren todos los demás”, respondió Gabriel García Márquez a Camilo González Díaz, cuanto este le preguntó si sus lectores podían esperar un libro suyo de entrevistas. Dejó claro que nunca cometería el despropósito de publicar un texto vertido en clave de preguntas y respuestas. No contento añadió que era imposible no reconocer que la entrevistano como un género sino como métodoes el hada madrina de la que nutren todos. En la misma línea se inscribe Miguel Ángel Bastenier. En su obra requete conocida El Blanco Móvil Curso de Periodismo (Santillana Ediciones, 2001), repite lo mismo dicho por Gabo un año antes: “Es la materia prima a partir de la cual es posible nuestra profesión. Todo procede de una entrevista, en el sentido literal del término. Ubicada como pivote central del periodismo, su uso supone una maestría suprema. Eludir preguntas de mérito trámite. Conocer todo lo que se pueda acerca del entrevistado. La entrevista se baila en pareja. El entrevistador conduce e interpela al entrevistado.

Con esa manía que tenía García Márquez de agarrar el toro por los cuernos, le preocupa que las entrevistas hayan adquirido fama de mujer fácil. ¡Un horror! Para poner yodo o sal sobre la herida, lamenta que cualquiera crea que pueda hacer una entrevista. Trata de restituirle la dignidad perdida. Con su crítica pareciera conocer a fondo nuestra realidad. En estas tierras del olvido se comparte el mismo mal. En esa degradación creciente a la que sigue siendo sometida la profesión, los dueños de medios, especialmente de la radio y la televisión, a través de un acto de magia, invisten como periodistas a muchos jóvenes y viejos. Con solo entregarles una grabadora, una cámara, un micrófono, una credencial, ¡zas! quedan ungidos hasta el resto de sus días. Después los mandan a la calle, se acercan a los entrevistados, estiran la grabadora y sin haber hecho jamás una pregunta, regresan al medio, que sin ningún pudor la transmite como suya. ¡Se necesita mucho descaro para hacer esto! ¿Piensan que la gente es tonta o chiflada? Ven la entrevista como tabla de salvación. ¡Ni siquiera necesitan hablar! Un recurso más barato para suplir carencias.

Los postmodernistas —haciéndose eco de los situacionistas europeos— caracterizan el presente como civilización del espectáculo. Un escritor lúcido en torno a la videosfera como Régis Debray, anota que desde hace rato navegamos sobre las aguas perfumadas del potespectáculo. La agresión más evidente proviene de la televisión y su cauda de entusiastas. El mal procede de preguntar lo que se debe a las personas menos indicadas. La irrupción masiva de músicos, futbolistas, beisbolistas, cantantes, payasos y maromeros, opinando sobre lo humano y lo divino, constituye más que una broma. Les entrevistan para que hablen sobre temas insospechados. ¿Nos verán cara de idiotas? Al menos que sean entendidos, son los menos indicados para hablar acerca de las cuestiones de Estado. Lo que pierde en seriedad el jefe de Estado —acota Debray— lo compensa la TV con la visibilidad que otorga. ¡Qué los futbolistas hablen de futbol! Duchos en meter goles, saben muy poco sobre administración pública. ¿Por qué atribuir un peso desmesurado a sus respuestas? ¡Mal de males!

La entrevista ha perdido prestigio —entre otras razones— debido a que los funcionarios públicos tienen prohibido hablar con periodistas y medios ajenos al control de la familia presidencial. El precio pagado por los rebeldes les paraliza. ¡Fueron despedidos de sus cargos! Los mismos gobernantes han sido los primeros en cerrar puertas. Durante casi un decenio han permanecido lejos de las cámaras y grabadoras de periodistas que no están en nómina. Los resultados son contradictorios. Supone una gran ingenuidad, que metiéndose en un invernadero, no habrá consecuencias adversas. Los saldos son doblemente negativos. Al plegarse los gobernantes a su propio dispositivo mediático y al ceñirse las preguntas a los lineamientos oficiales, pierden los gobernantes y pierden los periodistas. Los gobernantes porque se desacostumbran a que les pregunten sobre su esfera de actuación (sobre la cual están obligados a rendir cuentas) y los periodistas por sentirse atados a un guión preestablecido. Las entrevistas rosas despiden un olor insoportable. Huelen a propaganda. Son fácilmente identificables.

El mal se prolonga a través de algunas revistas matutinas; con sus gritos esperpénticos, la naturaleza de las preguntas y las respuestas obtenidas provocan un ruido ensordecedor. Son de una extrema liviandad. Para no entrar en contradicción con quienes detentan el poder, los dueños de estaciones televisivas se han privado de contar con sus propios programas de opinión. La solución ha sido deslizarse por la fácil pendiente de las banalidades. La afirmación de Mario Vargas Llosa, vertida en La Civilización del Espectáculo (Alfaguara, 2012), cobra vida todas las mañanas. Considera que en esta sociedad el payaso es el rey. La fiesta de puerilidades se prolonga por horas. A los entrevistados les preguntan nimiedades. Hubo un tiempo que hasta los programas informativos empezaban con un payaso anunciando la rifa de un teléfono. Hay que evitar que los comparecientes agrien el desayuno de quienes ejercen el control de los aparatos de Estado. La culpa deriva de la propia televisión. La multiplicidad de sus narrativas estimula el entretenimiento. Los telenoticieros marchan en esta misma dirección.

En Nicaragua dos periodistas sostienen por el cuello la entrevista, Carlos F. Chamorro a través del programa televisivo Esta Semana y Fabián Medina (hasta hace poco, cuando hacía periodismo de calle), se esmeran por lograr que sus entrevistados luzcan sus mejores prendas o queden al desnudos. Eduardo Cruz, Matilde Córdoba, Alejandra González y Fabrice Le Lous, deben desprenderse del error más común en que incurren la mayoría de los entrevistadores. El más obvio y peligroso de todos: ser fieles devotos del formato de preguntas—respuestas. Cuando trabajan sus entrevistas, evitan párrafos cansinos, sirven a la mesa ricos manjares. Bastenier recuerda a los olvidadizos, que no sueñen con que es posible o conveniente transcribir, porque lo que hay que hacer es escribir. No chorrear en cascada las respuestas. ¡Facilismo puro! Conozco dos periodistas que hacen exactamente lo prescrito por el periodista español: Gabriel García Márquez y Olga Wornat. Léanlos. ¡Pónganlos al derecho y examínenlos de revés y lo comprobaran! Hay que atenerse a sus predicados. Son maestros del oficio.

Mientras medios y periodistas no superen las hipotecas que pesan sobre la entrevista, continuará empobreciéndose. Lucirá desabrida, perderá fragancia. Los únicos autorizados para hacer preguntas directas y presentarlas dela misma manera son los periodistas de la TV. Aunque el problema es que la mayoría no se prepara a como se debe. Trabajan bajo encargo de reportar cinco o seis noticias diarias a los telenoticieros. La desesperación llega y asfixia. No pueden convertir este requerimiento en eximente. Mientras no asuman su trabajo con pasión desmedida, seguirán los traspiés. En Nicaragua, los entrevistadores exhiben uno de los peores males que aquejan al periodismo. ¿Será difícil recordar la advertencia de Gabo? Tuve que tomar notas en un cuaderno de escuela, y eso me obligó a no perder una palabra ni un matiz de la entrevista, y a tratar de profundizar a cada paso. Hay que releer las páginas de una de las más grandes entrevistadoras de todos los tiempos, doña Oriana Fallaci, quien para dicha de todos, legó ese texto memorable de Entrevistas con la historia (Barcelona, Noguer y Caralt Editores, 1984). ¡Advertidos quedan!