Opinion

Estudiar para cambiar y mejorar

En la actualidad ni el dinero, ni las armas, son los factores de poder determinantes.

Quienes se graduaron de bachilleres culminaron una etapa sustantiva en su proceso de formación: tienen abiertas —de par en par— las puertas de la universidad y de cualquier otro tipo de aprendizaje. La sorprendente aventura del conocimiento tiene sus encantos y plantea enormes desafíos. Uno estudia para saber y el saber ofrece la oportunidad de cambiarse a uno mismo, metamorfosis que debe ocurrir de manera simultánea con el proceso de transformaciones que requiere Nicaragua. En la sociedad del conocimiento el estudio —ahora más que nunca— es una exigencia para toda la vida. Antes, cuando nos graduábamos en la universidad de manera equivocada decíamos ya terminé. En el cambio de época que viven las nuevas generaciones, el conocimiento se ha convertido en el factor de poder más importante.

En la actualidad ni el dinero, ni las armas, son los factores de poder determinantes. Esta es una de las características más novedosas del Siglo XXI. La riqueza y las armas siendo importantes, dejaron de ser los más influyentes. Sociólogos, filósofos, economistas y politólogos, coinciden que el conocimiento constituye el único bien que los seres humanos pueden utilizar una y otra vez; y en vez de disminuir, tiende acrecentarse. Algo similar a lo ocurrido con la multiplicación de los panes durante la última cena. Un córdoba en nuestras manos solo podemos utilizarlo una vez. El uso despiadado de las armas pone en riesgo a quienes lo hacen. Talleyrand, cuatro veces Ministro de Relaciones Exteriores de Francia, supo decirlo mejor que nadie: Todo pueden hacer los militares menos sentarse sobre las bayonetas.

Aunque el tiempo es el que se encarga de enseñar que se estudia para sentirnos más plenos y reconfortados, también lo hacemos para cambiar nuestras condiciones de vida. ¡Para tener una vida digna y decorosa! Como el corazón de la mayoría de los jóvenes permanece ajeno a todo egoísmo y mezquindad, el estudio les ofrece la oportunidad de ser mejores seres humanos, interesados no solo en su futuro, también en el futuro de toda Nicaragua. El conocimiento permite darnos cuenta que el destino de la humanidad —esa enorme familia a la que pertenecemos— está ligado con nuestro propio destino. Somos habitantes de un mismo planeta. En París se juntaron 195 países para luchar contra el cambio climático. Una lucha ardua y compleja por los intereses en juego. La delegación nicaragüense causó revuelo por abstenerse de firmar el acuerdo.

El desarrollo de un pensamiento crítico —aprender a cuestionar y disentir— debe formar parte de su formación básica. Un texto de historia de Nicaragua para que sea verdadero, tiene que contener un capítulo que destaque las luchas emprendidas por el estudiantado contra las satrapías, las desigualdades, el autoritarismo, la opresión y la mentira. Ser realistas supone no dejarse seducir por los cantos de sirena de los múltiples poderes. Las voces desde donde emerge su discurso podrán ser distintas, pero su pretensión es solo una: mantener una situación de privilegio que amenaza con eternizarse. Se necesita una visión crítica para liberarse de toda sujeción maniquea. De lo contrario, muy pocas personas recibirán los beneficios de la revolución científico-técnica. Una verdad constatable. Irrecusable.

II

Hace algunos siglos los descubrimientos geográficos convertían —a quienes los realizaban— en seres especiales. Nuestros maestros nos enseñaron a valorar la hazaña de Cristóbal Colón. Gracias a su obstinación se produjo el descubrimiento de América. El mundo a partir de ese momento fue más completo. En el presente, los descubrimientos más importantes ocurren en el campo de las ciencias y las tecnologías. Dichos descubrimientos están mejorando nuestras condiciones de vida. La forma vertiginosa que ocurren estas innovaciones, no sabemos todavía dónde van a desembocar. Esto genera temor e incertidumbre. Ningún ser humano es ajeno a esta realidad. Hay que evitar que la ciencia se pervierta y sea únicamente en provecho de unas minorías. Esta ha sido una de las más grandes desgracias del ser humano.

Las ventajas de las tecnologías de la información y comunicación —las llamadas Tics— pueden apreciarse de manera más íntima, a través de los llamados teléfonos inteligentes, los videojuegos, tabletas, computadoras y la nueva generación de televisores que invaden Nicaragua. Lo novedoso de estos aparatos es que para utilizarse requieren algún tipo de conocimiento. Como advirtió el francés Gilles Lipovestky, sin determinados conocimientos su uso resulta limitado. Eso es tan cierto que nosotros para usar el teléfono solo necesitábamos levantarlo. Igual ocurría con la televisión y la radio. El uso de un teléfono de sexta generación es más complejo. Su enorme capacidad integradora, sintetiza, añade y elimina funciones. Desde su despegue empezamos a vivir su apoteosis.

Mi generación es hija de las máquinas de escribir mecánicas y eléctricas, para usarlas únicamente requeríamos teclearlas. Las computadoras exigen conocimientos para extraerles todas las ventajas que ofrecen. Muchas personas las usan como procesadoras de textos. Un desperdicio. Una queja reiterada de los expertos es la falta de uso de diversos programas que algunas ya traen. Los programas informáticos se han diversificado y son utilizados en todas las actividades que realiza el ser humano: desde la medicina pasando por la meteorología, arquitectura, ingeniería, diseño, mecánica, astronomía, vulcanología y aviación, para poner únicamente ojos algunos ejemplos. Los jóvenes son hijos y herederos de estas grandiosas invenciones.

Ahora nos enteremos de inmediato de todo lo que acontece en el mundo. Todo es aquí y ahora. El chat es la prueba más convincente. Apenas hace unos años —para conocer si habíamos aceptados como novios— teníamos que esperar la respuesta durante días, cuando no semanas. La espera producía ansiedad y en otras generaba elucubraciones. ¡Saber o no saber! Esa era la cuestión. Los jóvenes hoy en día pueden mantener comunicación en tiempo real. Gracias a las nuevas tecnologías las madres mantienen un sistema de vigilancia permanente sobre sus hijos e hijas. La comunicación con sus seres queridos radicados en Costa Rica, San Salvador, México, España y Estados Unidos es instantánea y muchas veces hasta gratuita.

III

Gracias a estas mutaciones los hombres más adinerados del mundo —Bill Gates y Carlos Slim— el primero dueño de Microsoft y el segundo de la firma Claro, no son dueños de bancos, ni de instalaciones petroleras, industrias y compañías de aviación. Son dueños de programas informáticos, tecnologías de información y entretenimiento. La economía actual es inmaterial. El conocimiento genera cada vez más y más riqueza. La propiedad intelectual, esa que proviene del conocimiento, conformada por los derechos de autor, marcas, patentes, secreto comercial —y toda actividad vinculada con la informática y la electrónica— logró posesionarse como la principal generadora de riquezas. Ya no proviene por lo tanto de la tenencia de fincas ni de supermercados, tiendas de ropas y corporaciones inmobiliarias.

El cambio de época enfatiza la urgencia de adquirir nuevos conocimientos. Bill Gates —patrón de Microsoft— dijo hace solo unos días, que las empresas debían poner atención especial en la contratación de personas que sabían hacer. Una de las múltiples exigencias del mundo actual se inclina a favor del desarrollo de destrezas y habilidades. El conocimiento teórico no basta. Se necesita del conocimiento práctico. Los graduados universitarios tienen que poner en práctica los conocimientos adquiridos. Sin olvidar de ser cada día mejores seres humanos. Como anticipó hace muchísimos años François Rabelais: Ciencia sin conciencia es la ruina del alma. No podemos ser indiferentes ante lo que pasa a nuestro alrededor. Sería continuar siendo complacientes con las desgracias que embargan a los humanos.

Los resultados de los descubrimientos científicos y tecnológicos no deben ser solo en provecho de unos cuantos. Al ingresar a las universidades los jóvenes no pueden descuidar su formación humanística, ni creer que la ética es una cuestión menor. ¡No! Existe una gran película —El ciudadano Kane— que resume la biografía de William Randolph Hearst, uno de los barones de la prensa de Estados Unidos, durante el siglo pasado. Ambicioso, llegó a acumular muchísima plata. Sería ventajoso que los jóvenes pudieran verla para comprobar cómo mal logró su vida y la forma miserable que vivió sus últimos días. ¿Para qué tanto dinero, terminamos preguntándonos? La gran lección consista en que jamás pudo desprenderse del momento más feliz de su existencia: los años de su niñez. Entonces solo tenía un juguete y eso le bastaba.

Los estudios cambian la sensibilidad y templan el carácter. Nuestra manera de ver el mundo y resolver los problemas contemporáneos. Incluso modifica la forma de apreciar la vida. Los estudios constituyen una manera asombrosa de movilidad social, favorecen sustancialmente nuestra existencia, teniendo en cuenta que una sociedad que define el bien como la satisfacción máxima —como establece Ivan Illich, ese gran educador— por el mayor consumo de bienes y servicios industriales, del mayor número de gente, mutila en forma intolerable su autonomía. Hay que evitar ser víctimas de la avaricia. El olvido de los otros jamás no debe formar parte del credo personal de los jóvenes y tener siempre presente, que pertenecen a esa minoría que logra ingresar a la universidad!

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