Opinion

Falso manifiesto franciscano

¿Cuál es la táctica de los manifestantes? No hay táctica. Intentan darle un voto de confianza a la dictadura

Un grupo de 27 personas –al parecer, un número cabalístico– ha suscrito un documento ecléctico, que llaman “manifiesto”, para que no permitamos –según dicen– que una minoría secuestre a la nación. De la lectura del texto se deduce que la nación ya se encuentra secuestrada, y no necesariamente por una minoría. O, si se prefiere, se encuentra avasallada, oprimida, por una dictadura corrupta que se ha apoderado del poder con todos los medios a su alcance, y que reprime con violencia los intentos de defensa de las condiciones de vida del pueblo. De modo que todas las libertades ciudadanas han sido sustraídas.

En el documento se dice que hay un ejercicio arbitrario de la autoridad, que se violan sistemáticamente los derechos humanos, se persigue y boicotea a los medios de prensa independientes y se entrega la soberanía nacional. Hay fraudes electorales, autoritarismo, falta total de transparencia, corrupción e irrespeto a las leyes. El tal manifiesto debió llamar, entonces, a luchar por la libertad de la nación. Pero, así, en lugar de un documento ecléctico, había que suscitar, por el contrario, un debate ideológico, para unir metodológicamente la caída del orteguismo con la reconstrucción progresista de la sociedad.

El documento señala hechos inequívocos, que corresponden a un régimen de carácter dictatorial y, a la vez, llama a actuar como si tal dictadura no existiese, como si su naturaleza fuese, a quererlo, dialogante, reflexiva. O, peor aún, como si pese a su naturaleza dictatorial y corrupta, el régimen pudiese actuar de manera distinta. Algo así, como la fábula del lobo de Gubbia que, a ratos, si le recrimina Francisco, se vuelve manso y bueno como un can de casa o como un cordero.

Eclecticismo: elecciones sí, lucha contra la dictadura no

Sería éste, entonces, un falso manifiesto franciscano, sin lobo manso y bueno, y sin santo de Asís. Es, más bien, el complemento político de la táctica electoral de la dictadura orteguista. Las elecciones son vistas como una pieza teatral, con dos personajes que representan su parte, para darle credibilidad al otro.

El documento se centra, deliberadamente, en las próximas elecciones, no en la lucha contra la dictadura. Considera que las elecciones son el medio civilizado para definir el rumbo de la nación. En tal sentido, de hecho, sostiene que la lucha consecuente contra la dictadura, que define de verdad el rumbo de la nación, no sería civilizada. Mientras lo que no es civilizado es la dictadura y su juego táctico electoral, no la lucha efectiva en su contra.

Las elecciones otorgan –dice el susodicho manifiesto– legitimidad al vencedor para garantizar el desarrollo económico. Antes que nada, el desarrollo económico no está garantizado por elección alguna, mucho menos, que cualquier desarrollo económico produzca, a priori, nuevas oportunidades para los marginados sociales o que reduzca la desigualdad. Tampoco una elección, aunque sea transparente, legitimará jamás a una dictadura, como dice intencionadamente el “manifiesto”, ya que los derechos ciudadanos no pueden ser conculcados por votación alguna. Del resto, toda dictadura consolidada tiende a ganar elecciones, aún en procesos limpios y, ello, no les resta el carácter dictatorial. Hitler, Mussolini, etc., ganaban elecciones, a quererlo, con 100 % de votos.

Una dictadura es la identidad plena, por coacción y corrupción, de la burocracia estatal con la burocracia partidaria en el poder. Y es retrógrada, si con ella retrocede la productividad y el conocimiento. En tal sentido histórico, el orteguismo es peor que el somocismo.

Si no hay un proceso electoral limpio, se estarían cerrando los cauces democráticos, dice el manifiesto. Si con los fraudes anteriores, de 2008 y 2011, aún no se han cerrado (para este grupo manifestante, aparentemente ingenuo), si con el control absoluto de parte del grupo gobernante sobre el máximo órgano electoral, convertido meticulosamente en una maquinaria para el fraude, ellos consideran que aún no se han cerrado tales cauces, ¿por qué habrían de considerar que ahora se cerrarían por otro fraude similar a los anteriores?

El tal manifiesto induce a confiar en Ortega y en su Consejo Supremo Electoral. No ve este proceso amañado y sucio sólo como una oportunidad especial para maniobrar tácticamente contra un enemigo brutal, con la consigna electoral: ¡Fuera Ortega! ¡A recuperar la soberanía nacional!

Una dictadura es la identidad plena, por coacción y corrupción, de la burocracia estatal con la burocracia partidaria en el poder.

Ortega –dice tontamente el manifiesto– sería el responsable del fracaso de estas elecciones. El llamado “fracaso de unas elecciones”, en realidad, debe ser apreciado desde una perspectiva táctica. El proceso electoral no es más que un escenario político de lucha, en el cual, la dictadura vence, si debilita, desorienta, divide, neutraliza o COMPRA a sus adversarios a voluntad, con fraude o menos. Y si de tal encuentro sale fortalecida en la correlación de fuerzas. Las elecciones permiten, al dictador, renovar el inventario de conciencias compradas, gracias a manifiestos como éste.

Se preparan a todo, menos… a la lucha de masas. O sea, que dan credibilidad a estas elecciones como medio para compartir “civilizadamente” el poder con la dictadura.

Como se trata de un manifiesto absurdo, el texto dice que los firmantes están convencidos de que la única forma de incidir en la transformación de este sistema corrupto es participando en dicho sistema corrupto. Es lo que hace el COSEP a manos llenas. Debemos estar preparados –insiste contradictoriamente- a participar, pero, también a no hacerlo y a retirarnos, prestos a denunciar el fraude. ¿Sería la primera vez que denuncian el fraude? ¿Y quién se fortalece con este juego de participación, goce de cargos estatales, y denuncia? Seguramente, todos quienes participan en dicho juego corrupto.

¿Cuál es la táctica de los manifestantes? No hay táctica. Intentan darle un voto de confianza a la dictadura, que actuaría contra sus intereses mafiosos, civilizadamente. Así, ingenuamente, dicen ellos, es la única forma de incidir. Estaremos preparados a retirarnos (luego de entrar en la emboscada conocida) si la dictadura, INESPERADAMENTE, se aprovecha de nuestra confianza. ¿Alguna acción combativa? ¡El cielo les libre! Simplemente, se retirarán…, sorprendidos por el cierre de la vía cívica y democrática, con la cual han justificado su participación electoral, deseosos de incidir…

Concluye el texto: “Es fundamental exigir a los liderazgos políticos un compromiso alrededor de principios, y sobre un programa que represente una sólida alternativa democrática”. ¿Para qué sirve que supuestos “líderes” adhieran a un programa (que represente subjetivamente una alternativa democrática), si no poseen un programa combativo de acción de masas contra la dictadura?

La visión antidemocrática del manifiesto se completa con la admonición a que tales líderes escojan, bajo firmes criterios éticos, a las personas encargadas de realizar esa alternativa democrática. Para los firmantes, no son los sectores más conscientes y combativos quienes, a la vanguardia de la lucha efectiva, hacen realidad una alternativa democrática, sino, personas misteriosamente éticas e intrínsecamente morales, escogidas por iluminación espiritual para que opten por vía electoral a cargos estatales. La ética abstracta ocupa el puesto de las masas: verdaderas protagonistas conscientes de la salvación nacional, con tácticas efectivas de combate.

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El autor es ingeniero eléctrico.

 

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