Política

Salvador Martí Puig analiza la transformación del Frente Sandinista

El “familismo amoral” de Daniel Ortega

"Lo que tiene ahora el FSLN es un familismo amoral que significa apropiación de recursos de poder en redes familiares y lealtades consanguíneas"



Salvador Martí Puig, profesor de Ciencia Política de la Universitat de Girona (España), ha dedicado parte de su carrera académica a estudiar la historia del Frente Sandinista y los cambios que se han producido en esa organización política desde 1979, cuando tomó el poder en forma de movimiento guerrillero, pasando por su conversión a partido de oposición tras la derrota electoral de 1990 hasta su situación actual, en la que se ha convertido en un partido controlado por Daniel Ortega y su círculo más cercano. En esta entrevista Martí Puig explica la transformación del FSLN, organización política que ha jugado un papel fundamental en la historia reciente de Nicaragua.

1990 fue un año fundamental para el Frente Sandinista, porque pasó a un partido de oposición e intentar adaptarse a una democracia. ¿Cree que el FSLN logró en algún momento adaptarse a las reglas de la democracia?

Creo que en el periodo del 90 al 95 el Frente tuvo en algún momento debates profundos y la oportunidad de serlo. En el primero y segundo congreso del Frente sí hubo la posibilidad de que el partido hubiera tomado otros derroteros. No creo en que el desenlace, lo que ocurre hoy, era inevitable. Podrían haber ocurrido otras cosas, en algún momento las correlaciones de fuerzas estuvieron muy empatadas, hubo casi un empate técnico. Lo que ocurrió es que la Secretaria General en manos de Daniel Ortega fue lo suficientemente fuerte para mantener el poder y para, después de al división con el MRS, ir concentrando cada vez más en su figura y en su entorno de confianza el poder. Al final el desenlace fue el de convertirse en un partido muy controlado.

¿Qué le permitió a Daniel Ortega convertirse en el líder único del Frente Sandinista? ¿Por qué Ortega y no otras figuras principales del partido?

Ese es un de los grandes debates. Yo creo que hay dos elementos cruciales. El primero es que al haber sido el Presidente de la República, le dio a Daniel una mayor capacidad de resortes, de información, de control, de vinculación con las fuerzas armadas, por lo tanto sí es cierto que no solo es un tema simbólico, es el tema de la capacidad de controlar muchos resortes del poder. Creo que en un momento de gran desorganización, incertidumbre y caos, cuando el Frente pierde y hay, para decirlo así, un debate muy desorganizado, Daniel es el único que tiene un mensaje claro y eso hace que un sector de las bases lo perciba como el único que mantiene la nave en pie. Hay otro elemento que fue muy sintomático para poder obtener en ese periodo mayor apoyo, y es que del año 90 al 96 tuvo un discurso de izquierdas muy vivo y, además, un discurso muy marxista y muy de movilización contra las políticas neoliberales de Violeta Chamorro. Por lo tanto las bases tradicionales del Frente percibían que Daniel les garantizaba el discurso socialista, marxista, de izquierdas y por lo tanto tuvo la capacidad también de obtener o generar una gran base. Lo paradójico es que cuando obtiene el poder en 2006 cambia el discurso.

En ese sentido, ¿qué diferencias hay entre el Frente Sandinista que gobernó Nicaragua a partir de 1979 y hasta 1990 y el Frente que gobierno nuevamente hoy?

Estamos hablando de un proceso político totalmente diferente, con un liderazgo coral, con una gran articulación popular. Hoy el Frente es una maquinaria electoral como todos los partidos, pero una maquinaria con menos base, menos articulado, muy des institucionalizado y excesivamente personalizado. También tienen muy poco que ver las políticas públicas que lleva a cabo, el discurso, la simbología, aunque sí han tenido en gran medida la capacidad de retener parte del capital simbólico de la revolución, los colores, la bandera, la figura del Sandino. El Frente ha tenido la capacidad de controlar el imaginario, cosa que le ha sido mucho más difícil a los que se fueron del Frente.

Aunque ahora vemos un Frente Sandinista con esa simbología reformada. La primera dama Rosario Murillo ha jugado un papel muy importante en ese aspecto.

Hay otro tema que creo que es importante y es que una de las tendencias de la política en el mundo, en América Latina en particular, es que frente a la desarticulación de los aparatos partidarios han emergido los liderazgos familiares y eso es bastante nocivo para la democracia. Y eso lo podemos ver con las grandes familias políticas como los Kirschner, los Fujimori, los Clinton. Es un elemento que está cada vez más presente, y el caso de Nicaragua es un caso extremo.

Hay algunos políticos en Nicaragua que hacen comparaciones históricas, comparan, en algunos aspectos, lo que fue el somocismo con lo que es ahora el Frente Sandinista, ¿crees que se puede hacer esa comparación?

Es arriesgado hacer un paralelismo entre el somocismo y el danielismo. Lo que sí es cierto es que los dos mantienen un eje fundamental, que es lo que un investigador, un sociólogo gringo (Edward Banfiel), hace muchos años acuñó con un concepto que se llama el ¨familismo amoral¨ (en oposición al capital social)¨, esas sociedades que son tradicionales, donde las redes familiares terminan imponiéndose a cualquier otra lógica y esas redes familiares son las que terminan controlando el poder, los negocios, lo público, lo privado. Esa concepción tradicional de la política, que sí la tuvo el somocismo, la vuelva a tener, parece, el danielismo. Es difícil hacer paralelismos porque en el somocismo la violación sistemática de derechos humanos era una característica fundamental y que el danielismo o el Frente Sandinista hoy no lo tiene. Lo que sí tiene es un cierto ¨familismo amoral que significa apropiación de recursos de poder en redes familiares y también el tema de que las lealtades que priman al final son lealtades consanguíneas.