Opinion

Fernando Cardenal, el gran educador

Dejó sembradas las semillas para un movimiento internacional de educación ecológica Laudato si

Tuve la ventura de estar cerca de este gran hombre en innumerables y muy distintas ocasiones; fui privilegiada porque pude sentarme en su mesa, andar juntos ciudades y campos, escribir, meditar y conversar en los más diversos escenarios, ya fuera en los gélidos túneles del subterráneo de Londres, o sobrevolando las espesas cordilleras y terruños de Nicaragua desde los helicópteros de la Campaña Nacional de Alfabetización, transportando medicamentos, linternas, lápices y cuadernos para los alfabetizadores que hicieron realidad la memorable CNA encabezada por el entrañable jesuita. Su legado más conocido: la reducción de las tasas de analfabetismo del 51.35% (y hasta 90% en las zonas más remotas del país) al 12.9%.

Además de nuestros recorridos por Nicaragua, tuve el privilegio de participar con el ignaciano en reuniones con activistas, funcionarios y catedráticos en Barcelona, Moscú, Ciudad de México y Londres, buscando apoyo para proyectos de educación, organizando conferencias, recaudando fondos, o promoviendo la idea de una campaña mundial de alfabetización para la paz y los derechos humanos (en 1986 UNESCO apoyaría el primer proyecto piloto en Ciudad de México).

Pero habría sido en los años tempranos de la década de los setentas cuando reparé en el jesuita por primera vez. Todavía me deslumbra su enigmática figura vadeando los jardines de una escuela católica ubicada cerca de mi casa, donde Fernando habría pasado breves temporadas como capellán o profesor de filosofía. Quién me iba a decir que, años más tarde terminaría yo viajando a Nicaragua y trabajando con aquel fantasma luminoso de dulces ojos azules que deambulaba solo por los templos y capillas de Ciudad de México.

En Nicaragua nació la más hermosa amistad y una larga relación profesional, empezando por la CNA donde inicialmente me nombró ‘coordinadora de investigaciones fotográficas’ o algo parecido. Le siguieron una serie de viajes y encuentros: todavía lo recuerdo temblando de frío escondido debajo de una enorme chamarra con la cremallera desgajada cuando me recibió en la estación de tren en Tarragona, España. Y lo recuerdo igualmente tiritando en la Universidad de Essex, Inglaterra, cuando salíamos a celebrar con Ernesto Laclau la participación de Fernando en la conferencia que organizamos para que los estudiantes escucharan al iñiguista de Nicaragua. A Ernesto le costaba trabajo comprender la permanencia y tenacidad de Fernando, su lealtad revolucionaria (no obstante que ya había dado claras señales de ruptura con los sandinistas, desenmascarando a sus Macbeths y revelando una ciclópea telaraña en los intricados muros del poder). A Fernando, de su parte, le costaba trabajo entender, o mejor dicho, no tenía tiempo, para las elucubraciones teóricas y abstracciones de Ernesto (y a mí me gustaba imaginar que ambos, simplemente, soñaban un mismo sueño en diferentes colores).

Otros episodios y viajes siguieron: gestiones para buscar financiamiento para nuevos proyectos educativos, reuniones con organizaciones, fundaciones y agencias en Europa y América Latina. Nunca me olvido la perplejidad en su rostro cuando, al concluir una sesión de trabajo con organismos donantes, una funcionaria londinense le embutió un billete de cinco libras esterlinas en el bolsillo de su camisa – ¿sería para pagar el taxi? – nunca entendimos, pero el hecho nos dio para reír a carcajadas por un par de horas en el tren de regreso. Y así, a lo largo de los años se sucedieron innumerables anécdotas, gestiones y cometidos hasta llevarnos a nuestras últimas y más recientes labranzas: buscar el apoyo del Parlamento Europeo y diversas agencias como Caritas Europa para lanzar la última epopeya, la última aventura de Fernando: la jornada mundial de educación ecológica Laudato si’

No vivió para ver su último libro publicado

Una de nuestras colaboraciones más recientes es el libro titulado “Francisco: entre la Ciencia y la Teología Moral. Tierra Revolución y Destino Común” que Hispamar publicará en los próximos días. Irónicamente, a escasas horas de su fallecimiento, había yo recibido el diseño de la portada de la editorial. Con siete horas de diferencia entre Managua y Londres, y sin haber advertido la desgarradora noticia, me disponía escribir a la diseñadora para agradecerle su envío y sugerirle que hiciésemos un intento de llevarle la cubierta del libro al hospitalizado Fernando. Aunque éramos conscientes de la delicadeza de su situación, en el penúltimo parte médico había indicios de mejoría, y al hacerle llegar la portada a nuestro amado amigo, podríamos darle la satisfacción de saber que por fin, después de un prolongado y doloroso proceso, el libro estaba a punto de entrar a imprenta. Trágicamente, no sería así, y en lugar de haberle dado la alegría de que su obra estaba a punto de ver la luz, la noticia de su último aliento nos invadió de oscuridad: cuánto más cruel sería nuestro duelo.

En este libro confirmaríamos esa gran aptitud de Fernando de inspirar a audiencias desemejantes: religiosas o irreligiosas, jóvenes o adultos, de la academia ‘o del bar’. Se trata de un libro inspirado en el ascenso del primer Papa latinoamericano y el primer jesuita al trono de San Pedro. Cuando iniciamos el proyecto sabíamos que estábamos ante algo inusitado, pero ninguno de los dos teníamos idea del rumbo o alcance del pontificado del Papa argentino. Cuando en el primer aniversario iniciamos formalmente las conversaciones, pensábamos que nuestro libro estaría terminado en meses. No sospechábamos demoras técnicas o editoriales, ni contratiempos de salud (como si nos estuviéramos alternando, ambos caeríamos en el hospital en diferentes ocasiones); pero ante todo, no contábamos con la diligencia del Papa Francisco. Nos vimos rebasados, literalmente arrastrados, por el ritmo del ex Cardenal de Buenos Aires: “este Papa no da tregua” solíamos protestar, y justo cuando pensábamos que estábamos por concluir de analizar lo más importante de su pontificado, el Obispo de Roma nos daba otra sorpresa. En nuestra publicación, es cierto, habíamos abordado infinidad de temas: examinamos algunos de los problemas más apremiantes de nuestra convulsionada era; el fundamentalismo religioso y el fundamentalismo secular, la relación entre ciencia y religión, el advenimiento del yihadismo internacional, los nuevos desafíos de la Doctrina Moral de la Iglesia y la sexualidad humana (temas sobre los cuales Fernando se pronunció radicalmente y sobre los cuales hace revelaciones muy íntimas); la actualidad de la Doctrina Social de la Iglesia, la vigencia de la Teología de la Liberación, las rupturas epistemológicas, y la nueva revolución ecológica del Papa Francisco, tras la publicación de su encíclica ecológica. Y es este tema justamente el que nos vuelve a la grandeza de los sueños de Fernando: su convicción de llevar, por medio de la educación, el mensaje de Laudato si’ al mundo.

La campaña mundial de alfabetización Laudato si

Efectivamente, Fernando pensaba, a sus 82 años, lanzar y dirigir una campaña mundial de alfabetización en torno a la encíclica ecológica del Papa Francisco. Se trataba de una gran ilusión ¿su última ilusión? – el sueño de organizar un movimiento internacional de educación ambiental guiado por los principios del Laudato si’

A escasas horas de la publicación de la encíclica ecológica en junio del 2015 ambos desmenuzábamos y analizábamos rigurosamente el texto: – “¿estás pensando lo mismo que yo?… – Sí, claro, tenemos que volver alfabetizar”. Desarrollar pues una visión pedagógica para la educación ecológica de nuestro siglo, sería nuestra siguiente asignación.

Sin duda Fernando sabía que no se podía quedar al margen del Laudato si’. Fernando no se iba a cruzar de brazos y dormir en sus laureles, su formación jesuítica y su histórica misión como dirigente de la CNA lo obligaban fusionar el magisterio educativo con su nueva misión apostólica de protector de la naturaleza. No podía ser de otra manera.

Reflexionaba en las honras fúnebres el Padre Superior de la Orden de los Jesuitas de Nicaragua, Iñaki Zubizarreta, que Fernando fue “un hombre que con su entusiasmo infeccioso había sido capaz de contagiar a decenas de miles de jóvenes”. Ciertamente a más de tres décadas de aquella gesta, Fernando estaba convencido de que él podía reproducir el mismo fenómeno, una gran revolución educativa, esta vez inspirada en la encíclica Laudato si’. Estaba realmente convencido de que lo haría; a pesar de ser consciente de la fragilidad y precariedad de su salud, el ignaciano de los fanales índigos no hesitó en encabezar el emprendimiento internacional de una gran empresa ecológica.

Y es que desde la fundación de la Compañía de Jesús en el siglo XVI, sus seguidores entendieron el alcance de su misión pedagógica e hicieron de la educación y la ciencia un apostolado: Fernando nunca pudo abandonar este cometido. El mandato del magisterio de la educación siempre formó parte del propio carisma de la Orden religiosa a la que Fernando Cardenal entregó su vida. Como visionario que era, Fernando pudo entender las repercusiones del Laudato si’ en la nueva relación de la Iglesia Católica con la ciencia. Pero sobre todo, comprendió el papel de la educación en la construcción de una nueva relación del hombre con la naturaleza. De ahí la importancia de su proyecto. Su ímpetu no dejaba de sorprender, la tarea era (es) monumental, pero Fernando se mostró rotundamente decidido a llevarla a cabo. No vaciló. Jamás dudó que lo haría, y, lo que es peor, no me permitió a mí el lujo de dudar. De modo que, desde los primeros días elaboramos planes de acción (muy preliminares, es cierto); iniciamos bases de datos, elaboramos documentos formulando estrategias, objetivos, visión y enfoques pedagógicos, y comenzamos a abordar a ciertas agencias internacionales, y universidades diversas. Fernando escribió a sus contactos en las universidades jesuitas, reunió a su equipo en Managua, al tiempo que convocó, informalmente, a los representantes de diversos sectores, representantes de agencias internacionales con sede en Managua como Trocaire y algunas organizaciones de base, y publicó en el sitio Web de la organización que presidía, “Fe y Alegría”, un comunicado anunciando sus intenciones. La semilla estaba sembrada.

Durante las honras funerarias el ex Ministro de Educación, Miguel de Castilla, lamentó que con la partida de Fernando el mundo de la educación en América Latina estaba de luto. Sin duda. No sólo porque una figura emblemática haya partido, sino porque se corre en América Latina el riesgo de perder la sabiduría y el enfoque educativo que propugnó Fernando desde que estuvo a la cabeza del Ministerio de Educación de su país: el paradigma pedagógico inspirado en otro grande del continente, el brasileño Paulo Freire, y su visión de la educación como praxis de liberación.

La misión de Fernando continúa, y ha sido encomendada a manos de los jóvenes de América Latina, en quienes el ignaciano depositó toda su confianza y toda su esperanza. “Fernando Cardenal fue una voz profética para la juventud nicaragüense“, declaraba la ex Ministra de Salud Dora María Téllez. Y, en su homenaje al entrañable jesuita, la poeta Gioconda Belli lamentó que “hemos perdido al general de la batalla más hermosa de nuestro país: la batalla contra la ignorancia”; a lo que yo quisiera agregar: mientras el general tenga quien le escriba… mientras haya quienes cultiven las semillas de la alfabetización ecológica y la educación ambiental, el general vivirá entre nosotros.

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