Opinión

Fernando Silva: seis estampas de vida

Fernando Silva

Homenaje el poeta Fernando Silva en el Festival Internacional de Poesía de Granada



Lo aquí dicho pertenece a la vida del escritor Fernando Silva, lo cual, como todo cuanto le tocó vivir, repercutió en su obra oral y escrita. Fui testigo de lo que contó que le había ocurrido en diferentes épocas de su existencia, y también de aventuras que nos tocó emprender juntos, para que al menos, por ahora, seis estampas de todo aquello las gocemos, ustedes y nosotros, juntos.

Dos de caminos 

I

Nuestros viajes por esos caminos de Dios los pasábamos planeando con una euforia casi infantil. El anticipo de abandonar la capital era una explosión de alegría. Soñábamos con nuevas rutas por pueblos remotos, el verde de las montañas, la desolación de los llanos, las visitas a viejos amigos, y la confirmación de si, por ejemplo, Luis Favilli nos acompañaría.

Desde mucho antes de realizar el viaje, ya habíamos encendido los motores.  De manera en que cuando llegaba el fin de semana en el que lo llevaríamos a cabo, todo estaba listo: jeep, combustible, viandas y la jodarria luchando por salir. Eran, en algunos casos, “viajes sin tiempo”, pues era nuestro propósito que absolutamente nada nos diera prisa por dar por terminado un viaje que ni siquiera había comenzado.

Podíamos salir a cualquier hora de la tarde de un viernes. Como aquel en que después del trabajo el horizonte se iba incendiando, y en un recodo en que la carretera lo permitía, decidimos hacer nuestra primera estación o “escala técnica”. A los tres, Fernando, Favilli y yo, la puesta de sol nos había encendido los rostros. Saqué la famosa cajita de lo que fue la máquina de escribir portátil de Fernando y la coloqué sobre la capota del motor. Fernando  abrió, ansioso, el antiguo alojamiento de teclas, rodillo y letras, mientras siguió oscureciendo.

Los tres hicimos un semicírculo frente aquel tesoro que contenía dos pequeñas escudillas, una con sal y la otra con tres jugosos limones que partimos de inmediato, una bolsita con jocotes y mimbros, tres latitas de sardinas picantes marca Azteca, paquetitos de galletas de soda, tres vasitos tragueros, y por supuesto dos botellitas de ron blanco. Cuando nos disponíamos a comer el primer jocote con sal, ya la boca se nos estaba haciendo agua,  justo a tiempo para servir el trago, levantarlo y engullirlo en el momento que decíamos nuestro brindis clásico, gregoriano y sonoro: Salutem butim calaverim coquim. Chumbulum.

A ese brindis siguieron otros dos que iban perfeccionando nuestro macarrónico latín y reemplazando en nuestros rostros el rojo del sol. Como tres soles gesticulábamos, reíamos, decíamos cualquier cosa que nos celebrábamos unos a otros, y en el momento en que nos abrazábamos reafirmando felices aquella libertad bucólica y etílica, pasaron tres camiones que transportaban trabajadores en sus camastros, a quienes sujetándose a las barandas, no se les ocurrió otra forma mejor de incorporarse a nuestra fiesta que gritarnos: “Cochones, cochones, vayan a buscar los cuartos verdes”, al tiempo que aquel espontáneo machismo, a toda velocidad se perdía en la noche. Entonces, un Fernando Silva tan sonriente como nosotros, cogió al vuelo aquel imprevisto pretexto, y dijo: -Eso merece otra tanda.

II

Después de haber hecho muchas “escalas técnicas” a lo largo del camino que se hacía cada vez más corto, guardamos la máquina de escribir y decidimos irnos a dormir a Camoapa, sin otras razones que cenar en cuanto llegáramos y desayunar bien al día siguiente, y sobre todo, porque Camoapa había sido, hacía mucho tiempo, pero mucho tiempo, el destino a donde Fernando Silva fue a hacer su servicio social como médico. Nos fuimos por lo tanto a pernoctar a instancias suyas, a la “Pensión Bodán”, de cuyos propietarios era hija Cristinita Bodán, con quien Fernando tuvo, según él, un inocente idilio.

A la hora de la cena, Fernando averiguó que doña Cristinita,  ahora propietaria de la “Pensión Bodán”, desayunaba en el mismo comedor en donde lo hacían los huéspedes. Nos mintió sobre la hora del desayuno, y muy temprano, al abandonar sigilosamente el cuarto, dijo que lo hacía para ir a buscar bicarbonato, argumentando, teatralmente, que no se encontraba bien del estómago. Apoyado en su bastón salió presuroso, bien bañado y afeitado. No mucho después regresó, ahora sí, descompuesto, como si realmente estuviera enfermo, y nos informó que debido a que en la farmacia había averiguado que en Juigalpa tenían un desayuno mucho mejor, partiéramos de inmediato, pues él ya había pagado la pensión para ganar tiempo, y que a la hora del desayuno en Juigalpa nos arreglaríamos. Nervioso abrió la máquina de escribir, y solito él se tomó un gran trago.

Todo cuanto había acontecido aquella mañana, nos tenía muy extrañados, y así hubiera continuado todo a no ser que LuisFavilli, quien adujo haber olvidado algo en su cuarto, regresó sonriendo sospechosamente. En el camino de ida a Juigalpa, teniendo a mi lado a Fernando, y la maliciosa sonrisa de Luis en el asiento trasero, yo no despegaba los ojos del retrovisor, hasta que Favilli, como que no era con nadie, comenzó a tararear una canción inventada por él, que decía:

Lo que pasa es que la Cristinita ya está viejita, ya está viejita la Cristinita, y Fernando cree que el tiempo no pasa, y pasa por él y la Cristinita.

Dos del padre Cuadra 

I

En Granada ha sido tradición  “puertear”, al igual que lo fue en España y en toda la América Hispánica, que por tal no le bastaba abrir sus puertas, sino salirse por ellas, acomodarse algunos de los más jóvenes en las gradas que dan a la sala  y los mayores apoltronarse en sendas mecedoras en las coloniales aceras. Las mecidas y las sentaditas en gradas, viendo pasar a los prójimos, eran un excelente ejercicio para el chismorreo, y una gran oportunidad para el pasante, de saludar al sentado.

El padre Cuadra, a pesar de lo que vamos a ver, no faltaba a esta tradicional costumbre, y muy orondo y a la vez aparentemente ajeno a lo que oía en su corrillo familiar y de estrechos vecinos, se sentaba al anochecer, después de tomar su tibio, en una mecedora que únicamente él podía usar. Como era al igual que respetado, popular, todo cuantos pasaban consideraban un deber saludarlo, y al tiempo de tocarle el hombro, decirle en señal de aprecio,-Buenas noches, padre Cuadra.

El caso es que lógicamente el hombro de la saludadera quedaba al mismo lado de la pasadera, y tuvo un pasante la mala suerte de detenerse a preguntarle, muy gentilmente, cómo estaba. Aquí, muy mal, le respondió el padre Cuadra, porque me duele el hombro que da a la calle, por donde pasa la gente. ¿Y qué tiene que ver que pase la gente con el hombro?, le preguntó el amable hombre. Es que, dijo el padre Cuadra levantando la voz para que todos lo oyeran, todo el que pasa me dice, Buenas noches, padre Cuadra, cómo ha estado, padre Cuadra, y  son miles de saludos después de los cuales siempre, siempre, me tocan el hombro, dándome una palmadita, para seguir de paso. Viera amigo, si hasta quisiera ponerme un tuco de mierda en el hombro, para que todo el que pase tocándomelo, se llene.

El hombre amable se quedó viéndolo, sorprendido por su indignación y tan compadecido de su molestia,  que para despedirse, al tiempo que le daba una afectuosa palmadita en el hombro, le dijo: -Que se alivie, padre Cuadra.

II

La iglesia del padre Cuadra tiene un gran atrio, que da a una calle principal de la ciudad de Granada.  En ese atrio comenzaron a aparecer, de la noche a la mañana, montoncitos de “necesidades” humanas, que el padre Cuadra  denunció en un célebre sermón en el que ante la incredulidad de feligreses que creían podían ser de perros o gatos, y no humanas, el padre Cuadra, con gran conocimiento explicó que el olor de las de humano era muy diferente, como todos sabemos, a las de chancho o paloma. Así que nadie se esté haciendo el confundido o el inocente ante este sacrilegio. Y exigió que para el siguiente domingo aquellas expresiones de vulgaridad, diabólicas cochinadas, no aparecieran más, o se vería en el penoso caso de profundizar en el problema, y denunciar algo verdaderamente bochornoso, que dando oportunidad de arrepentimiento al pecador, de momento se reservaba.

Pero siguieron apareciendo aquellos desagradables montoncitos, y el padre Cuadra, al siguiente domingo, cumplió con su palabra, y en su sermón afirmó categóricamente que la cochina era una mujer, puesto que justo delante del “asunto”, siempre estaba una meada. Lo que más estremeció a la feligresía, fue cuando con gran severidad anunció que al siguiente domingo iba a denunciar quién era.

Al tercer domingo de esta historia de Fernando Silva, habiendo una enorme fila de mujeres frente al confesionario del padre Cuadra, como quien está distraído, desde dentro gritó: A ver, que la cochina pase primero, y la fila de mujeres desapareció como por arte de magia, sólo quedando una. El padre Cuadra se acercó para ver quién era, y disgustado rezongó: -Tenía que ser la sorda.

Dos de hospital 

I

El hombrón golpeó frenéticamente la puerta de la casa de Fernando Silva, y cuando éste le abrió, al verlo tan flaco y de cara alargada, incrédulo pero apurado le preguntó si él era el doctor. Cuando Fernando le contestó que sí, lo tomó del brazo, tiró de él, y casi violentamente lo introdujo en un coche de caballos, cuyo cochero iba a percibir el doble por la carrera hasta el hospital. Era de noche. El hombrón sólo pensaba para sus adentros que aquel parecía más un enfermo que un doctor, y el doctor reflexionaba que aquel hombrón parecía más un asesino que un paciente.

Por fin Fernando le preguntó al siniestro hombrón, qué se le ofrecía, y el hombrón le contestó que al llegar al hospital lo sabría, pues le habían dicho que él era el único que podía resolverle su problema. Todavía Fernando se atrevió a preguntar si el director del hospital sabía todo esto, y el hombrón le respondió, perdiendo una hipotética paciencia, que en este mundo el único director era él mismo. Los caballos parecían echar chispas con sus cascos en el empedrado, mientras el chilillo rompía el aire para ir a parar a los lomos de los pobres jumentos.

Cuando llegaron al hospital Fernando ya iba convencido que aquel hombrón no podía ser un paciente de pediatría. En el pasillo encontraron a la enfermera que había dicho que el único capaz de resolver aquel caso urgente, era el doctor Silva. El hombrón volvió a tirar de Fernando, para que corriera a la par de ellos, hasta llegar a la sala de emergencia. Ahí encontraron a la mujer del hombrón que cargaba a un niño de unos nueve años, verde de asfixia, que boqueaba como un pescadito.

La enfermera le informó a Fernando que el niño estaba atragantado con una espina de pescado, y que no habían podido sacársela. La madre le pedía a Fernando que lo salvara por el amor de Dios. El hombrón sólo miraba al niño y ponía su enorme mano, a manera de consuelo, sobre la cabeza de su mujer. Entonces quedó viendo a Fernando con mirada de angustia, pero también de esperanza. Fernando entendió el mensaje y pidió un pedazo de pan que mojado en agua lo introdujo por la boca del niño, empujándolo hasta la garganta.

Fernando tomó al niño en sus brazos, ante el recelo del hombrón y confianza de la madre. Le dio, colocándolo boca abajo, unas palmaditas en la espalda. El niño vomitó, pegada al pan, una gran espina. El niño comenzaba a dejar de estar verde. Fernando lo colocó boca arriba  y le introdujo por la garganta un dedo que no encontró ningún obstáculo. Niño, hombrón padre, y madre, comenzaron a respirar tranquilos. Menos mal que el hombrón había perdido su feroz cara cuando se acercó a Fernando y tomándolo nuevamente del brazo, lo condujo a un rincón de la sala, y le dijo: -Doctorcito, no sabe lo agradecido que estoy. No tengo con qué pagarle, pero si usted tiene algún enemigo, yo lo desaparezco.

Fernando le dijo que no se preocupara, pues no teníaningún enemigo. El hombrón le dijo que eso era imposible bajo cielo y sobre tierra, y que si algún ser querido, familiar o amigo corría algún peligro, la oferta era la misma.  Que no olvidara que su trabajo era honrado, pues sólo desaparecía a los malos. Así me gano la vida, concluyó. Fernando volvió a agradecer tan humanitario ofrecimiento. El hombrón lo abrazo tan fuerte que lo dejó sin aire, y  le dijo que no se ocupara ahorita de ese problema, pues ya se acordaría de alguno que no mereciera estar entre nosotros.

Cuando se iban, aquello hubiera podido parecer la imagen de la sagrada familia cruzando el umbral de aquella puerta, casi del tamaño del hombrón que entonces se volvió, enternecido  a mirar a su hijito, que ya iba haciendo pucheros, cargado por su madre habitada por una inmensa placidez, y con una insólita sonrisa para Fernando, se despidió diciéndole:

-No se olvide, doctorcito, el volado no le va a costar nada.

II

A la muchacha la llevaron a emergencia del hospital entre otras dos, que se fueron presurosas después de decirle al portero que ya regresaban porque se les había olvidado enllavar la puerta de la casa. El portero llevó a la muchacha, que  estaba muy pálida y ojerosa, a una sala hasta donde llegó la enfermera de turno cuando ya la muchacha se estaba desmayando.

Afligida la enfermera se fue al dormitorio de los médicos internistas, y se trajo corriendo al doctor infieri Fernando Silva, quien le estaba contando cuentos a sus dos compañeros, para ahuyentar el sueño. El sueño se fue, o ya se había ido, cuando Fernando se levantó como un gato, y se fue tras la enfermera que ya no podía con el peso de su alma.

Fernando Silva quedó viendo a la muchacha que era el desamparo personificado, y le pidió a la enfermera el cuaderno de entradas, y comenzó a interrogar a la muchacha lo más discreta y tiernamente que podía, hasta que la muchacha logró explicarle que llegaba porque tenía una hemorragia vaginal. En primer lugar, con su trato, logró que la muchacha pálida,  muy linda, morenita lavada, alta y delgada, no se desmayara, y pusiera mucha atención a lo que le preguntaba.

Y le preguntó si era virgen y ella, con rubor, contestó que no. Y que si tenía compañero, y ella dijo que a veces. Fernando estaba desconcertado, y no tuvo de otra que preguntarle si aquello no podía ser una menstruación fuera de tiempo, y ella lacónica, dijo que no. La muchacha se sentía cada vez más segura ante la prudencia del doctorcito, a quien le iba cogiendo cariño. De repente sintió un cosquilleo húmedo en los ojos, y como si estuviera a punto de reconciliarse con ella misma y con el mundo, compadecida de todo quiso de una vez por todas  explicar su existencia, y le dijo: -Doctorcito, si yo soy de la vida. Soy puta, doctorcito.