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Fotorreportaje | Riadas y aludes sacuden a Jinotega tras Iota

Paso del huracán, por departamento norteño, deja decenas de viviendas destruidas y centenares de evacuados en iglesias católicas y templos evangélicos.

Tras el paso del huracán Iota, en las montañas de Jinotega hay una realidad que se esconde, entre el lodo y los escombros dejados por deslaves y crecidas de ríos: decenas de viviendas destruidas y centenares de evacuados en iglesias católicas y templos evangélicos.

De acuerdo al régimen, durante el paso de Iota fallecieron 18 nicaragüenses en Matagalpa, Carazo y Nueva Segovia; en Jinotega se reportan tres fallecimientos en Wiwilí: Carlos y Francisco Carazo, padre e hijo, respectivamente —en la comunidad El Jilguero—, y Carlos José López Méndez, en la comunidad El Diamante. Sin embargo, la estadísticas oficiales callan sobre los damnificados por el huracán en ese departamento del norte del país.

En una entrevista en el programa Esta Noche, monseñor Carlos Enríque Herrera, obispo de Jinotega y presidente de Cáritas Nicaragua, lamentó el “fuerte golpe” que dejó en ese departamento, donde —según él— las zonas más afectadas ha sido: San José de Bocay, Santa María de Pantasma y Wiwilí.

El alcalde Óscar Gadea, de Santa María de Pantasma, reveló que para atender a los evacuados por el huracán tuvo que “fiar” productos y crédito granos básicos en negocios del municipio. Él junto a otros alcaldes opositores han denunciado que el régimen orteguista los dejó “solos” en la preparación y atención ante el impacto de Iota.

Más de 40 personas que viven en zonas de riesgo han sido albergadas en una iglesia evangélica, luego que fueran desalojados de la escuela pública del pueblo. Nayira Valenzuela | Confidencial

Desalojados de escuela

En Santa María de Pantasma, el pastor del templo Nueva Esperanza, Josué Magdaleno Rivera, abrió las puertas del templo para albergar a más de 40 personas, en su mayoría niños, que fueron desalojadas de la escuela de la comunidad Loma Alta, con la excusa de que las clases “debían reanudarse”.

Estos ciudadanos se autoevacuaron y llegaron a la escuela solo con la ropa que llevaban puesta, sus pertenecías están bajo el lodo que entró a sus casas cuando pasaba Iota por la zona. Desde el pasado lunes 17 de noviembre duermen en una tablas o en el piso de la escuela, y ahora del templo.

En medio de la desesperanza el único distractor de los niños ha sido una perra que se deja acariciar por todos, mientras los adultos, desde el corredor del templo, se debaten entre regresar a sus casas —pese al peligro— o quedarse en refugio, aunque ese signifique más tiempo en precarias condiciones.

Más de veinte niños se encuentran en el albergue del templo, quienes dejaron sus juguetes en sus viviendas. Su única distracción ha sido jugar con la mascota de la iglesia. Nayira Valenzuela | Confidencial

Con sus tres hijos, Sonia Herrera llegó al albergue improvisado, el techo de su casa fue arrancado por los fuertes vientos y las corrientes de agua le dañó todas sus pertenencias. Su mayor preocupación es la salud de su hijo de 11 años, quien padece cáncer de colón y necesita de una alimentación especial y pañales.

En medio del desastre, la solidaridad

En la comunidad Maleconcito, Wiwilí, los habitantes fueron sorprendidos por una crecida de la quebrada El Malecón, solo tuvieron unos instantes para sacar algunas pertenencias. En cuestión de minutos, la riada había arrasado con todo: inmensos troncos de arboles atravesaron algunas casas, mientras otras fueron inundadas por centenares de metros cúbicos de lodo y residuo del río. Era la primera vez que les sucedía algo así.

Los más jóvenes de la comunidad Maleconcito han organizado brigadas para ayudar a sacar el lodo de las casas de sus vecinos. Nayira Valenzuela | Confidencial

Ante la falta de apoyo de la alcaldía municipal o del Gobierno, los más jóvenes de la comunidad han organizado brigadas para sacar el lodo y recuperar las pertenencias de sus vecinos.

En la casa de Pedro Pablo Herrera, donde funcionaba una de las distribuidoras del pueblo, unos 10 hombres con palas en mano y otros tres que sostienen una manguera, que trae agua del río, en una mañana apenas pudieron sacar el lodo de la sala.

En la comunidad Maleconcito, con la crecida de la quebrada El Malecón, el agua y lodo inundó las casas. Nayira Valenzuela | Confidencial

La realidad es la misma en todas las viviendas a la orilla de esta quebrada, tal es el caso del joven Eliezer Méndez, quien recoge las tablas de lo que fuera su casa. Recuerda que él y su familia están “vivos de milagro” porque nadie estaba en el hogar, cuando sucedió la riada. Él andaba haciendo un mandado y su esposa estaba en la iglesia; en el terreno solo quedaron unas pocas tablas.

Eliezer Méndez posa sobre los escombros de la casa donde vivía con su esposa e hijos, cuando ocurrió la riada no se encontraba nadie en la vivienda. Nayira Valenzuela | Confidencial

15 casas arrasadas por deslave

A unos diez kilómetros al este de Maleconcito, dentro de la montaña, en la comunidad San José de Kilambé, José Luis Hernández Castro inspecciona lo poco que le quedó de vivienda. “Estoy tratando de recuperar unos hierros que tenía en la casa”, comentó este pequeño productor de café, mientras unos tres hombres asidos con palas escarban en una gruesa capa de lodo.

De 60 viviendas asentadas en el cerro, 15 fueron arrasadas en su totalidad por un alud. El acceso hasta la casa de Hernández es complicado, centenares de troncos están mezclados con piedras —de diferentes tamaños— y tablas de las viviendas. El lodo es engañoso, en cualquier momento cede y el caminante se hunde hasta la rodilla.

De las 60 casas de la comunidad San José de Kilambé, 15 de ellas fueron dañadas total o parcialmente por un deslave. Nayira Valenzuela | Nayira Valenzuela

Los habitantes de esta comunidad fueron evacuados por el Ejército, horas antes del deslave, ocurrido la mañana del martes 17 de noviembre. Los damnificados están en casas de parientes o en los templos evangélicos. En la comunidad no hay energía eléctrica, ni agua potable y los que han decidido volver a la montañas han tenido que poner una malla “para limpiar” el agua que corre por un riachuelo.

El acceso a la comunidad San José del Kilambé quedó destrozado, troncos y piedras quedaron apilados. En esta comunidad están incomunicados, sin acceso a agua y energía eléctrica. Nayira Valenzuela | Confidencial

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