Opinion

El Papa en La Habana y Washington

En Cuba y en EE.U., la pregunta más difícil para Francisco es cómo usar su enorme popularidad para atraer católicos de nuevo a la fe

Al combinar sus primeras visitas a Cuba y EEUU en un solo viaje de una semana, el Papa Francisco ha dejado claro que sus objetivos se alinean con los que Juan Pablo II quiso durante su visita papal a Cuba hace ya 17 años, en enero de 1998, cuando pidió que “Cuba abriese sus puertas al mundo y que el mundo se abriese a Cuba.” Francisco sabe lo importante que la recuperación de las relaciones entre EEUU y Cuba, en las cuales él ha sido un jugador vital, es para dicha apertura.

El Papa Francisco, entonces todavía el Arzobispo de Buenos Aires, escribió un libro, “Los Diálogos de Juan Pablo II y Fidel Castro”, sobre la visita a Cuba de su ilustre predecesor. Le fascinaban al arzobispo argentino estas conversaciones entre líderes ideológicamente opuestos, uno interesado en el individuo y sus derechos, responsabilidades, y decisiones, y el otro determinado en definir la autoridad del estado a la hora de formar el hombre, la mujer, y la sociedad. No es una coincidencia que parecieran malinterpretarse mutuamente tan a menudo, pero también consiguieron coincidir en ciertos asuntos. A pesar de su imagen como anticomunista, Juan Pablo expresó a Fidel – como Francisco lo haría años mas tarde al mundo – que tampoco creía en el capitalismo libre; que se oponía a doctrinas neoliberales que habían ganado tanto apoyo en partes de América latina, y que el embargo estadounidense de Cuba injustamente causaba sufrimiento.

Pero cuando el papa Juan Pablo viajó a Cuba, ya había ganado apoyo por su liderazgo contra el comunismo en su tierra natal, Polonia, donde ayudó a establecer el camino hacia la democracia (aunque algunos historiadores hoy digan que su efecto fue en realidad más modesto). Aun así, las expectativas estaban altas en cuanto a su potencial para hacer lo mismo en Cuba. Pero sus victorias ahí se vieron limitadas a temas relacionados con la Iglesia Católica. La Navidad recuperó su estatus como fiesta nacional, los Católicos empezaron a ser permitidos como funcionarios, incluso a sus mayores niveles, y la iglesia obtuvo en cierta medida una autonomía del gobierno convirtiéndola en la única organización, al menos modestamente, independiente en la isla. Los cubanos, además, enmendaron su Constitución para convertir su país en un estado secular, no simplemente ateo. A pesar de esto los ciudadanos de Cuba no consiguieron nuevos derechos, prohibida y punible cualquier tipo de oposición al Gobierno y con toda la economía en manos del estado.

A diferencia de las ideas conservadoras, anticomunistas, atribuidas a Juan Pablo, Francisco llega a Cuba con sus tendencias fuertemente progresistas, e incluso izquierdistas. También es verdad que llega en un momento diferente. El gobierno cubano está cediendo gradualmente su monopolio sobre la economía, y permitiendo la aparición de alguna iniciativa individual (aunque a un ritmo que puede ser demasiado lento, para hacer frente a los profundos problemas económicos de la isla). Incluso hay algo de esperanza, más que nunca, de una cierta apertura política.
De hecho, algunos cubanos ya notan un alivio en el acceso a la información y un aumento de la tolerancia para el debate, aunque no para la disidencia, que el Gobierno trata con tanta dureza como siempre. Es probable que Francisco inste a las autoridades cubanas para que den a sus ciudadanos mayores libertades, no sólo religiosas, sino también de expresión y asociación y permitirles el derecho al desacuerdo, la disidencia, y la oposición. Probablemente también expresará su compromiso con la igualdad y la inclusión y sus profundas preocupaciones por evitar el materialismo y el consumismo excesivo, que la dirigencia cubana tomará como alabo.

Al volar directamente desde Santiago de Cuba a la Base Aérea de Andrew en las afueras de Washington, Francisco hará hincapié en su constante compromiso con la normalización de las relaciones – y lo importantes que son para la apertura política y económica de Cuba. Sin duda, el Papa defraudará aquellos que en EE.UU. y Cuba quieran condenar las continuas violaciones de derechos humanos en Cuba y las severas restricciones a las libertades fundamentales y exigir cambios más rápidos en la isla antes de que se tomen medidas para una reconciliación. Como ha hecho hasta hoy. Francisco seguirá siendo pragmático y realista en la consecución de sus principios y objetivos.

El Papa tiene intereses en Cuba más allá del acercamiento a EE.UU.. Desde luego quiere que los gobiernos de América Latina y Europa participen más abiertamente en Cuba, y asuman una mayor responsabilidad para ayudar a la isla a través de lo que será un período excepcionalmente difícil de la transición económica, política y social. Y el Papa seguramente utilizará su visita para fortalecer la presencia de la Iglesia Católica en Cuba, para aumentar sustancialmente el pequeño número de fieles católicos en el país (el porcentaje más pequeño de cualquier país de América Latina), la promoción de su autonomía y la influencia de la Iglesia sobre la isla, y permitir que se comunique de manera efectiva el mensaje de la Iglesia a través de Cuba.

Cuba permanecerá en la agenda del Papa cuando llegue a los EE.UU., donde es probable que pida un levantamiento del embargo y la eliminación de otros obstáculos para el bienestar económico y social de la población cubana. En Washington, Filadelfia y Nueva York, sin embargo, Cuba estará compitiendo con otras prioridades críticas. En particular, cuando se dirija al Congreso de Estados Unidos, la necesidad de que las políticas de inmigración sean más humanas sin duda será su prioridad, a la luz tanto de la la crisis de refugiados en el Oriente Medio y Europa, y el mal gusto, a veces odioso, del discurso sobre los inmigrantes y la migración que ha surgido en el Partido Republicano. No será una sorpresa que Francisco traiga con fuerza la cuestión del cambio climático al Congreso, que es hoy un obstáculo persistente a la acción internacional para hacer frente a este problema mundial.

Como de costumbre, también alzará la voz por la necesidad de abordar los grandes retos de la desigualdad, la pobreza y la exclusión en todo el mundo. El Papa será sutil y circunspecto en esto, si ha de tener éxito en la promoción de los derechos humanos, el cambio democrático, y la libertad de expresión en Cuba. Sin embargo será mucho más directo a la hora de dejar claras sus opiniones sobre que problemas políticos que ya no pueden ignorar.

La preocupación más profunda del Papa en EE.UU. será la propia Iglesia. A pesar de la gran admiración entre los católicos de Estados Unidos por el Papa, durante su visita tendrá que hacer frente a algunos problemas extraordinariamente sensibles y polémicos, ninguno más cargado emocionalmente que el de los muchos escándalos de abuso infantil en los que están involucrados sacerdotes y otros funcionarios de la iglesia. Y no hay duda de que el Papa querrá hacer lo que pueda para revitalizar una Iglesia Católica de Estados Unidos, cuyos miembros, autoridad espiritual y vitalidad han disminuido en los últimos años. Tanto en Cuba como en los EE.U., la pregunta más difícil para Francisco es cómo utilizar su enorme popularidad, que es incomparable con la de cualquier líder mundial, para atraer a Católicos de nuevo a la fe.

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Publicado originalmente en Infolatam.

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