Mundo

Los Estados Unidos de Donald Trump

Grabherbythepussy– y el realismo sucio

Tuvo más aceptación un depredador sexual que una mujer que debió tolerar a otro depredador sexual



Especial para Confidencial. II de VI entregas.

We failed, liberales. Miserably. 

Nuestro desajuste de percepción costó, tal vez, los próximos veinte o treinta años, toda una generación, de cambios sociales. Nuestra convicción es que debía importar la indecencia de Trump, la ignorancia de Trump, la brutalidad y violencia de Trump. Pero es discurso era la superficie, no el fondo de las decisiones de las personas. Millones de ciudadanos prefirieron obviar todo eso y darle la presidencia a Donald Trump en vez de a una mujer correcta como Hillary Clinton. Esto es, tuvo más aceptación un depredador sexual que una mujer que debió tolerar a otro depredador sexual. Esto no es lo correcto, pero ¿acaso lo correcto es determinante?

Pongamos, por ejemplo, que hablamos sucio. Thereisdirtytalkeverywhere. Los esposos, los amigos, las familias en sus reuniones de Navidad, los que sextean. Hay realismo sucio en cada esquina de la vida, pero uno no espera ese comportamiento en un candidato presidencial. Hay una carga moral distinta cuando se trata de la función pública. Recuerden a Anthony Weiner, a los senadores republicanos afectos a los encuentros escabrosos en las sombras y recuerden, por traer el asunto, el impeachment a Bill Clinton.

El realismo sucio de Trump se respira en las ciudades chicas de Estados Unidos, en sus pequeños pueblos rurales y en los extramuros de las capitales podridas del Rusty Belt, los bares del medio oeste, las tardes lentas de las planicies del centro y los campos petroleros de Texas. La gente habla sucio, piensa chancho, hace cosas raras.

Los equivocados fuimos nosotros: nuestras aspiraciones de un mundo mejor, limpio y de buen aroma, se chocaron con las manos callosas de los operarios industriales, la hediondez del tipo que debe olfatear petróleo a pie de trépano o absorber el olor a bosta de los establos, la grasa que se cuela en las narices en las pollerías o los mataderos. La vida real es más dura fuera de las ciudades de edificios altos y nuestras oficinas de graduados universitario más o menos luminosas con temperatura regulada y asientos ergonómicos.

Quiero decir: Trump grabbherbythepussy y todos protestamos porque está mal pero lo cierto es que, fuera de una competencia electoral, fuera de los micrófonos y las luces, grabherbythepussy es más que una excepción. Metafóricamente, el realismo sucio, amoral o inmoral, machista o border tiene una normalidad ganada. Puede que no suceda en nuestros clubes chic, pero vayan a un vestuario de fútbol, a una cena de amigos de secundaria, a los bares de los márgenes. ¿Cómo eso iba a ser un problema para los electores de Trump? Lo era para nosotros, liberales contenidos por convicción o por temor al castigo social. Pero no lo fue para —caramba— más de la mitad de las mujeres blancas, que votaron por Trump. Ellas son mujeres, madres de niñas, adolescentes, jóvenes mujeres, y grabherbythepussy significó nada. Para cada una de ellas, nada.

¿Es posible que esa idea de un mundo mejor, solidario y tolerante, sea sólo producto de nuestro deseo? ¿Que Estados Unidos sea, en realidad, en el hueso, ese animal indefinible —pero peligroso— que ha votado a Trump? ¿Es posible que con Obama hayamos conocido una coyuntura especial —donde nuevos derechos civiles y un mayor respeto por las personas parecían el camino a seguir—, y que eso haya sido todo? ¿Una muesca?

El asalto de los outsiders

*El Tea Party, Obama, Sanders y Trump. Las personas están cansadas desde hace tiempo de la distancia de los políticos profesionales.

Manifestantes Pro-Trump en Miami. Foto: Carlos Herrera /Confidencial
Manifestantes Pro-Trump en Miami. Foto: Carlos Herrera /Confidencial

Bien mirado, hay un comportamiento sistemático en el electorado de Estados Unidos, al menos desde 2008. Obama fue también un outsider; nadie se lo esperaba en el Partido Demócrata, adonde fue el primero en arruinar la fiesta de consagración de Hillary como heredera del patriciado moderado del partido. Ciertamente, tampoco los republicanos supieron cómo domarlo: nadie tenía mucha idea de a qué era vulnerable, tal era el desconocimiento sobre él. Sucede ahora que, tras ocho años en el gobierno, Obama se ve como parte del sistema y parece haber estado allí bastante tiempo, pero su origen reconoce una forma migratoria similar a la del Tea Party, a Sanders y a Trump: todos vienen por fuera de las orgánicas partidarias y todos ganaron algo a su modo.

Desde hace ocho años, el establishment del sistema político de Estados Unidos ha estado sometido a la presión de los candidatos alternativos, una panda de más o menos desconocidos que irrumpen en la fiesta de un club selecto, tan cómodo consigo mismo que no ha puesto vigilantes a sus puertas. En 2008, Obama era un novato sin alcurnia partidaria, un don nadie de Chicago con apenas dos años como senador y unos pocos más en una posición menor como organizador comunitario. Sin embargo, se metió como cuña donde no estaba planeado que entrase con un discurso que mezclaba emotividad y racionalidad. Lo mismo hizo el Tea Party —aunque sin la parte de la racionalidad racional, digamos— en el Partido Republicano, donde asomó como banda de asalto y acabó convertida en su vanguardia esotérica después de minar como guerrilla la arquitectura de la organización. Y ahí está Sanders, único senador independiente y socialista del país que, una vez que decidió incorporarse al Partido Demócrata, disputó hasta el final la primaria y, de ese modo, consiguió llevar sus genes discursivos hasta moldear la plataforma de Hillary. Y luego, por supuesto, Trump. (Y quizás debiera incluir también a Occupy Wall Street, cuyo entusiasmo acabó diluido pronto muy probablemente porque, por su propia decisión, jamás quiso mudarse al interior de una fuerza política, hasta ahora una aparente precondición para discutir poder real en Estados Unidos.)

Las personas están cansadas desde hace tiempo de la distancia de los políticos profesionales. Harta del uso y la poca atención. Y no parecen estar demasiado preocupados por meterle cargas de profundidad a cada partido si con eso consiguen hacer saber su descontento. ¿Que esas decisiones ponen en riesgo el futuro del sistema democrático, de la economía y la nación? Es un modo de verlo; el otro es que, si esto pasa, si están estallando los enojos, es porque la clase política produjo sus condiciones. Los ciudadanos han venido y seguirán explotando opciones políticas con tanta naturalidad y despreocupación que más que elegir candidatos a la primera magistratura parecieran estar testeando marcas de mermeladas en el supermercado. Esa es la calidad democrática construida.

Tan profesional que no parecía humana

* Los debates apenas incidieron a favor de Hillary en cuatro puntos, tal parece que evitaron una derrota mayor

El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, junto a la candidata a la presidencia por el Partido Demócrata, Hillary Clinton, en Filadelfia. EFE/JUSTIN LANE.
El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, junto a la candidata a la presidencia por el Partido Demócrata, Hillary Clinton, en Filadelfia. EFE/JUSTIN LANE.

Para nuestra lógica, Hillary fue una candidata dedicada. Con muchas fallas, pero sin dudas preparada para dirigir una nación. Nunca perdió la compostura, su estatura intelectual es incuestionable. Presentó políticas de Estado que detalló hasta el agotamiento. Fue compasiva, inteligente, amable. Evitó caer en todo tipo de bajezas, mantuvo la estatura intelectual y moral hasta el final. Fue presidencial de inicio a fin.

Los debates presidenciales fueron el único momento donde ambos candidatos pudieron ser confrontados y comparados frente a frente. Hillary ganó los tres. Fue docente, didáctica, estricta con Trump. Fue irónica con categoría y terminante frente a la ignominia del otro. En el primer debate fue tan superior que Trump era un sujeto disminuido, enojoso y reactivo. Perdía la compostura con facilidad, interrumpía como un descosido. Hillary fue la maestra que envió al asiento al peor estudiante del curso a que aprenda con cuidado.

O mejor debo decir que esa fue la Hillary que vimos nosotros. Según las evaluaciones post elecciones, los debates apenas incidieron a favor de Hillary en cuatro puntos, de modo que no fueron determinantes para su triunfo —tal parece que evitaron una derrota mayor. Y ese es el punto: la perspectiva de la prensa y los intelectuales liberales, de las clases medias educadas, fue que Hillary ganó sin dudas las discusiones en la TV. Pero para los votantes de Trump y algunos indecisos, su comportamiento calcificó su determinación. Para ellos, Hillary fue pedante, agresiva, distante. Aburrida, intragable. Una diletante de discurso académico, elevado, inhumano. Tan profesional que no parecía humana.

Cuando los moderadores de los debates o los periodistas hacían preguntas difíciles para cuestionar las posiciones —cuestionables— de Trump, sus partidarios no veían un reclamo por transparencia para que un candidato ampliase su punto de vista o aclarase una barbaridad. No veían un llamado a que se retracte de dichos y acciones aberrantes: veían una trampa, un ataque, una muestra más de cómo la prensa liberal preparaba una avanzada para destrozar al único hombre que decía las cosas como eran. Cuando esos mismos comentaristas cuestionaban a Hillary por su manejo de un servidor privado, veían un staging, una actuación: debían hacerlo, sigue la lógica, para mantener las apariencias. Cuando una decisión está tomada, cuando se afirma un dogma, difícilmente se vea más allá de él —y eso vale también para el método de nosotros, los liberales, durante las elecciones.

Bukowski, Amy Poehler y tú-vives-tu-propia-realidad, Donald

*Donald tenía el pulso de la realidad. Donald vivía en la realidad correcta.

Más de 100 republicanos Por-Trump se reunieron para ver el debate. Foto: Carlos Herrera/Confidencial
Más de 100 republicanos Por-Trump se reunieron para ver el debate. Foto: Carlos Herrera/Confidencial

Al día siguiente de la elección leo en El Español un texto firmado por Santiago Gerchunoff donde recupera el poema “En agradecimiento”, donde Charles Bukowski, uno de los últimos poetas pendencieros, rescata a “la más vilipendiada de las especies humanas”, el hombre blanco norteamericano de clase media, a quien se critica, insulta y ningunea sin que él proteste. Y no protesta, dicen los liberales del poema y duda Bukoswski, porque tiene ese hombre tiene la sartén por el mango. Y entonces, “me descubro ante el hombre/blanco norteamericano de clase media/el hazmerreír/de todos,/el payaso,/ el bruto,/ el espectador de tv,/ el bribón,/ el bebedor de cerveza,/ el cerdo sexista,/ el marido inepto,/ el bobo,/ barrigón/ descerebrado/ capaz de aguantar cualquier/ maltrato possible/ sin decir/ nada/ limitándose a/ encender otro/ puro,/ repatingarse en el/ sillón e intentar/ sonreír”.

Trump demostró que las campañas electorales necesitan oneliners y show.

Amigos: nosotros ofrecíamos razón, planes,  policy. Trump ofrecía a ese panzón descerebrado torpe cerdo machista del hombre blanco norteamericano de clase media una batalla por pelear. Nosotros enfriábamos la discusión para civilizar el tono. Trump lo recalentaba con llamados a la emoción, bromas de escuela secundaria, paparruchadas de bar y charlas de vestidor sobre mujeres bellas—charlas realistas de vestidor sobre mujeres bellas. Trump le hablaba al oído de los Chinaskis echados en el sofá de Bukowski.

Cuando en esos debates se veía a esa Hillary detallar políticas con acierto y aplomo, siempre onthemoney, el contraste —sin importar si se trataba de empleo, política exterior, humanidad hacia las personas en problemas o educación— era pasmoso.

Escribí en “Niño Donald, siéntese y aprenda”:

“La noche del primer debate presidencial, en uno de los exámenes que determinarán si puede no ya egresar con algún honor sino al menos hacerlo con la calificación mínima, Hillary Clinton puso en línea a Donald Trump como una maestra encara al peor estudiante de la clase. Clinton, que podría ser Commander-in-Chief, en el primer debate fue Teacher-in-Chief. Fue magisterial, ordenada y didáctica para presentar políticas en cada tema de la noche —desde comercio a raza, creación de empleo y crecimiento de la economía— mientras Trump se refugió en la miseria de los camorreros: sacar al otro de quicio y patearlo cuando está en el piso. Trump balbuceó en comercio —en menos de cinco minutos atacó a México cinco veces y luego otras diez a China— y jamás dio precisiones sobre cómo creará empleo y atraerá millones de dólares expatriados a Estados Unidos. Fue errático en política exterior, frívolo en materia racial y peligrosamente incompetente en asuntos nucleares. Tropezó y desvarió”.

Y luego:

“Clinton pronto notó que Trump no sería mayor adversario. No iban cinco minutos y ya había sugerido que no era sino un malcriado crecido con dinero de papá apenas interesado en beneficiar a otros tan ricos como él. Trump intentó llevar el juego al terreno del estudiante irrespetuoso dueño del aula (…) Inquieto y fuera de control, mordió cada anzuelo lanzado por la Teacher-in-Chief. Su boca se frunció en una O pronunciada, como muestran los peces que respiran con problemas”.

Y finalmente:

“A lo largo de la noche, Trump fue un irresponsable en sentido estricto: jamás tuvo un papel juicioso. No asumió que discriminó a afroamericanos ni a una Miss Universo, minimizó haber sido demandado y se quejó de ser auditado demasiadas veces. Un solo intercambio pudo definir su calidad moral para siempre. Clinton lo acusó de no pagar impuestos federales por años y él procuró apostillarla con engreimiento —«Eso es ser listo»—, pero ella captó la frase como las maestras que escuchan con oídos en la espalda mientras escriben en la pizarra, y le devolvió la respuesta sin siquiera mirarlo: si así es un tipo listo, entonces él no habría apoyado jamás a maestros, policías y millones de personas del corazón profundo de la América electoral que dependen de esos fondos. «Los impuestos son nuestra responsabilidad, no algo para evadir», respondió más tarde un cómico a Trump.

Trump fue menos infantil, hormonal y propenso a las bravatas que durante los debates del GOP y aún menos que en campaña, cuando nadie puede rebatirle, pero el hombre que proclama que instaurará la ley y el orden se encontró durante todo el debate con que la ley y el orden eran encarnadas por la firmeza y calma de Clinton. Trump no sabe nunca de qué habla y Clinton sabe demasiado bien qué se juega en la Casa Blanca: «Donald», le dijo una vez Hillary, «tú vives en tu propia realidad»”.

*

Donald, tú vives en tu propia realidad.

Otra vez: Donald-tú-vives-en-tu-propia-realidad.

¿Han visto esas películas donde un personaje ojeroso rebobina y reitera una y otra vez, enfermo de obsesión, unas palabras que ahora le resultan reveladoras pero antes le pasaron desapercibidas?

Pues aquí está. Den Play: Donald-tú-vives-en-tu-propia-realidad.

Donald nos demostró que nosotros vivíamos en nuestra propia realidad electoral, no él. Donald tenía el pulso de la realidad. Donald vivía en la realidad correcta. Donald conectaba con las personas, que escondían su determinación a votarlo avergonzadas de la retahíla de desprecio que caía sobre el hombre por su —indiscutible— ignorancia supina para todo lo que no fuese su propia vida.

El tipo que dice ser el más listo —el tipo que desprecia al Estado y no le paga impuestos dirigirá el Estado que debe recaudarlos: dadle al loco el manejo del psiquiátrico— era el listo indicado para sus votantes. En el transcurso de cada debate, Trump pasó más de un episodio donde era un mejunje de nervios y vacilaciones que nada más podía escupir generalidades espantosas y torpezas supremas y se paseaba por el set exhibiendo, ora un desconocimiento supino de mucho y una ignorancia profunda de casi todo lo importante, ora una actitud desafiante de guardaespaldas de discoteca mafiosa plantándose detrás de Hillary.

Donald-tú.vives-en-tu-propia-realidad se convirtió en la realidad correcta. Para los votantes clave en los estados clave —los que dieron a Trump el colegio electoral, no la mayoría de votos—, esa realidad era conveniente. El Trump horrendo no era tan horrendo, parece, como sus deseos de que algo cambie, como sea, con quien sea —pero no con los que ya han estado demasiado tiempo al frente.

Trump se jactaba de que los medios don’tgetit. Nosotros creíamos que sí: era —es— un exudado de la sinrazón, vergüenza dickensiana, “agitador de toda calma imprescindible, levantisco irresponsable, incapaz con ganas, burro graduado, tú, maloliente, pedante, pomposo malvestido, calvo pretencioso, tahúr, aventurero, cowboy con pelo de muñeca, llano, rey de sí mismo, el prospecto más sombrío de Occidente, hórrido y fiero, cultivo repugnante de insensibilidad, siniestra aglomeración de cabellos, espeluznante expresión de mi género, ejemplo indudable de poco hombre, transpiración anal”.

Y tenía razón: wedidn’tgetit. Creo, hoy, que siempre supo que su discurso calaba en una vasta conjunción de personas identificadas con distintos aspectos de lo que él es y proyecta. Su misoginia podría espantar a algunos hombres y algunas mujeres más o menos moderados, pero más de la mitad de las mujeres blancas no le sacaron el cuerpo: es más que posible que, para ellas, esas mujeres que eran grabbedbythepussy fueran tontas y sin carácter, algo que ellas mismas, firmes y sólidas compañeras de sus hombres, batalladoras de insulto y armas tomar, no son.

Trump espantaba la sensibilidad liberal con sus burlas a un periodista discapacitado, a mujeres obesas y no muy agraciadas. Insultó a un juez de origen mexicano al que acusó de animadversión por eso, su origen mexicano —¿y la gente, concluiremos, le creyó eso? Maltrató en el pasado y volvió a hacerlo en la campaña a una Miss Universo latina, a la que consideró poco más que un cerdo y llamó Miss Housekeeping—¿y eso fue tolerable para sus votantes? Trump ofendió con su insulto a una periodista inquisitiva que, decía, tenía demasiada sangre saliendo por su cuerpo, en alusión a un cambio de humor durante el periodo. Era horrendo, bruto, incivilizado. Para nosotros. Para muchos, las mujeres cambian de humor cuando tienen la menstruación y la suya era una broma onthe spot; el periodista discapacitado no era sino un debilucho y esas mujeres feas, pues, bueno, son feas: tampoco ellos saldrían con ellas.

Escribí por allí, en julio de 2016, tras la Convención Nacional Demócrata que nominó a Hillary:

“Fue caluroso en Filadelfia y fue fervoroso y fue, sobretodo, histórico. Hillary Clinton es ahora la primera mujer que puede suceder al primer presidente negro de Estados Unidos, y ese es mi lado sano del caleidoscopio del inicio de este largo cuento. El malo, el desacomodado, me muestra que en este mismo país casi la mitad de la población puede mirarse al espejo cada mañana, besar a sushijos con todo el amor que uno puede y, con una sonrisa beatífica, acabar votando a Donald T***p”.

En un episodio de final de temporada de “Parks and Recreation” en 2013, Leslie Knope, la concejal interpretada por Amy Poehler, debe enfrentar a su némesis, Jeremy Jamms, el dentista del pueblo, para renovar su puesto. Knope propone entonces adicionar flúor al agua potable de Pawnee, su pueblo, pero Jamms, que se opone, le presenta una campaña brutal aliado a la compañía local de refrescos. “Yo tengo de mi lado hechos, ciencia y razón, y todo lo que él hace es sembrar el terror…”, dice Knope a su asistente. “¡Oh, Dios, va a ganar!”

Donald-tú-vives-en-tu-propia-realidad resultó ser Liberales-ustedes-viven-en-su-propia-realidad.

(Mañana: SugarDaddy Donald, nuestro líder religioso)