Opinión

¡Hay heridas que nunca sanan!

Nadar desnudos fija la mirada en una época que todavía sacude la memoria de Carla Guelfenbein. ¿Conjuraría sus demonios al volcar este relato?



Hay heridas que parecieran incurables, tan profundas, que nunca acaban de sanar. Se meten dentro de la mente y el corazón. No pueden ser desarraigadas por mucho que lo intentes. Por un momento crees que se fueron, piensas que con el tiempo desaparecerán. Al pasar de los años siguen sitiando tu vida. Convulsionan tu alma. ¡Regresan! ¡Giran en círculos concéntricos! ¡Nunca se van! Mientras atormenten tu espíritu siempre estarán presentes. Al menor asomo desfilan frente a vos como un registro cinematográfico. Se convierten en pesadilla incurable. ¿Qué hacer para liberarte del pasado? ¿Qué caminos transitar? ¿Hacia dónde coger? ¿Cuántos manotazos tienes que dar para que no reaparezcan? ¿Ante quién o quiénes acudir? ¿Cómo extirparlas?

Son los fantasmas de los que habla Ernesto Sábato, los demonios que alude Ruyard Kipling, luego los retoma y transfigura en su forma de apreciar a los deicidas el peruanísimo Mario Vargas Llosa. Esas ideas que si no desprendía de su cabeza Julio Cortázar, terminarían acabando con él. Se acurrucan en los entresijos del cerebro y cuando menos supones, reaparecen tornando insoportable tus días. Para la mayoría de los novelistas la única manera de darles salida —aunque nunca se irán— es convertirlas en materia primigenia de su acto creativo. Invocarlas y convocarlas para tratar de frenarlas. George Bataille exclamaba —para que se entendiera bien— que escribía para no volverse loco. Lanzadas hacia fuera puedes divisar su rostro. Darte una tregua.

En la inmensidad de este océano incurable, los creadores les dan forma. Las causas pudieron haber sido la muerte de un hijo, la desaparición de un hermano, la envidia que  causa una pareja, el desamor que consume las entrañas, la opresión de los pobres, el enriquecimiento injustificable, la trata de personas, los golpes de Estado, la opulencia y las desigualdades, la lucha por la creación de un mundo mejor, los horrores de la guerra,  el narcomenudeo, la traición amorosa, el olvido de tus hijos, la corrupción, el narcotráfico y su cauda de muertes, el abandono de tus padres, el desconocimiento del otro, los celos, la avaricia, los poderosos y sus múltiples fechorías, la impunidad, el martirio de los jóvenes y tantas otras cosas que impactan nuestras vidas.

Mientras las secuelas provocadas por tanto infortunio cerquen tu mente, mientras el horror y el oprobio devenidos ante tanta infamia, más allá de todo tiempo, persistirán. A veces crecen como un tumor maligno que debes extraer. En otras ocasiones salen a flote entremezcladas con el cariño que aún guardas por tu amante, más allá de sinsabores y mezquindades. Tratas de expulsarlas. Limar desavenencias. Sobre esta plataforma discurre la novela Nadar desnudas, (Alfaguara, 2015). La chilena Carla Guelfenbein, narra los amores de Diego y Morgana. En el centro de esta historia ocurrida en los días que Salvador Allende se atrevió a desafiar al imperio, Sophie se siente traicionada por su padre y amiga, al verse estos atrapados por un amor que le parecía imposible.

Cuestión de gustos, contrario a lo me pasó cuando intenté leer Contigo en la distancia, (Premio Alfaguara, 2015), en la que nunca fui más allá de las primeras páginas (una obra para gustar tiene que embrujarnos desde el principio, verdad compartida), con Nadar juntas quedé atrapado desde que presentí lo que sobrevendrá después: la relación supuestamente inadmisible de un hombre mayor, soltero, con una hija con quien vive y una joven desprejuiciada, llegada a Chile para acompañar a su padre en su gestión diplomática. Ambos se dejan arrastrar —con la oposición inicial de Diego— hacia los precipicios. Pese a la incomprensión de Sophie persisten. Será Morgana quien dará los primeros pasos y conducirá a Diego hacia los arrecifes de la buena esperanza.

Tres elementos resultan sustanciales en esta narración de amores y desencuentros. El logro conseguido por Guelfenbein resulta halagador. Injerta la travesía amorosa de Diego y Morgana, dentro del contexto de los asedios y el golpe de los militares chilenos contra el gobierno de la Unidad Popular. (El asalto fue prohijado por la ATT y la Central de Inteligencia CIA). La agudeza de la novelista al describir las peripecias amorosas de la pareja, tiene como telón de fondo las idas y venidas del gobierno de Allende, sometido cruelmente al asedio de la burguesía chilena —con la intervención de los militares—. Por último hace gala del relato corto, ceñido, donde resalta su economía verbal, recurso que facilita la lectura. Sintetiza y condensa la historia de la mejor forma.

Al inicio Guelfenbein amaga con recurrir a la técnica del flashback, para luego dar saltos en el tiempo. La novela inicia en 1973 —año fatídico en el calendario político latinoamericano— en la segunda parte viaja hacia atrás (1971), después salta treinta años, hasta empalmar con 2001 —año trágico para los estadounidenses con la voladura de las Torres Gemelas—. Los títulos de los capítulos son breves. Cada uno resume la esencia de lo relatado. Prefiere el punto seguido antes que la paráfrasis. Pocas veces recurre a los circunloquios. Los diálogos están planteados a la usanza tradicional. Sabe que esta es la mejor manera de volver apetecible, la manera que el triángulo conformado por Diego-Sophie-Morgana, pueden desnudar sus sentimientos. Un acto esperado.

La elegancia y efectividad de la historia de Guelfenbein seducen. Se solaza al contar los entretelones de un amor lleno de titubeos y añoranzas, sin llegar abusar del realismo político. Sucede en un país estremecido por los estertores del cambio y la brutalidad del golpe ejecutado por el general Augusto Pinochet. El amor, la política y la guerra, estremecen los cimientos de Diego-Sophie y Morgana. El golpe precipita la muerte de Diego, alto funcionario del gobierno de Allende. La novelista muestra la solidaridad de quienes creyeron —como en verdad fue— que Chile se jugaba su futuro con las realizaciones emprendidas por el mandatario socialista. Se turnaban para esconder a Morgana. Sophie no soporta que su padre y su amante se entiendan y lo abandona.

Nadar desnudos fija la mirada en una época que todavía sacude la memoria de Carla Guelfenbein. ¿Conjuraría sus demonios al volcar este relato de amor y guerra? ¿Las pesadillas que la perseguían desaparecieron? ¿Cuánto suyo —me refiero a la propia vida de la novelista— hay dentro de esta historia lacerante? ¿Dormirá mejor desde que volcó sus pesadillas? ¿Su tragedia y la del pueblo chileno ya no la atormentan? ¿Qué razones o motivos la condujeron a estructurar un libro donde la dosis de amor y los sobresaltos del golpe militar se repelen? ¿Al volver sobre sus pasos —su familia tuvo que emprender el camino del exilio— siente que sus heridas sanaron? ¿Está libre de todo horror? O más bien puedo creer, como en verdad pienso, ¡qué hay heridas que nunca sanan!