Opinión

El hijo de la Candidita Rugama

Rugama

Leer los poemas de Rugama es entrar a un mundo de gente común y corriente, cuyas vivencias cotidianas las cuenta crudas y directas



A Olaf y su tribu.

La camada de estelianos de Leonel Rugama destacan que la terquedad y el humor irónico eran los principales rasgos de su personalidad. Olaf Gámez –primo suyo, vecino de casa, y compañero de juegos y zanganadas– me contó que, en los años 50, la Maruca –su mama– horneaba rosquillas por encargos y recién salidas del horno las aliñaba en un canasto. Él y Leonel eran cipotes, pero tenían asignada la tarea de entregarlas a domicilio. Por el peso, se turnaban el canasto: una cuadra cada uno. Iniciaban el itinerario en una pulpería cerca de El Bajío, en la zona de prostíbulos, pues por allí vivía la señora que más solicitaba, quizá porque esa era la entrada de los campesinos de San Roque y La Montañita a Estelí.

Un día, en su delivery, Olaf puso el canasto en la acera de una esquina y jadeando le dijo a Leonel: -Te toca a vos. Yo no lo llevo –le respondió. Ideay, ¿y el acuerdo que tenemos? ¿Cuál acuerdo? Discutiendo siguieron caminando, dejando desamparado el canasto. -Yo no lo llevo, además, el negocio es de tu mama, así que llevalo vos. En la siguiente esquina, por donde La Paiva -que vendía leña y leía las manos- se voltearon y vieron que un perro se estaba dando el gran banquete con las rosquillas. Corrieron, apedrearon al perro, las recogieron, limpiaron y las fueron a entregar. Al regreso, Olaf le comentó: – ¡A saber quién se comerá las que jugó el perro! No importa -dijo Leonel, ¡Con el cafecito ni lo va a sentir!

Los abundantes recuerdos de su infancia están en sus poemas y me recuerdan la mía. “…Cogiendo la taba y tirando la taba… Los perros pasaban a miar los postes de luz. Aparecían personas, desaparecían personas, hablaban del trabajo, preguntando la hora, riéndose, hablando, perdiéndose, doblando las esquinas. Un hombre serio sobre un caballo dando saltitos, tronando los cascos, levantando la cola y dejando una fila de cagajones, olorosos, húmedos, humeantes. Sentados en la acera pintando culo y cayendo carne… (con carne se gana, con culo se pierde), con pinina o panameña se gana doble. La taba en mi casa siempre caía culo, con las tortillas tarde…”

Beltrán Morales anotó: “Es de esas personas que hablan rápido, porque piensan rápido, al extremo que la palabra suele adelantársele al pensamiento… (¿O es a la inversa?). Su lectura de Cabrera Infante apenas le ha servido para afirmar el don especial que posee de divertirse con las palabras, ese material plástico modelado por él con amor y maestría. Ejerce, como el mejor entre los mejores, las distorsiones lícitas. Siendo yo un corrector de pruebas me saluda preguntándome: ¿qué tal te va de corruptor de pruebas? Y cuando en compañía de F. Caldera nos toca leer unos poemas en el Paraninfo de la Universidad, en conmemoración a los caídos del 23 de julio, Leonel dice que si vamos a leer en el Para-ninfas necesitaremos lentes de contacto sexual. O si en la cafetería tardan bastante en atenderlo, le grita amablemente a la dueña: por favor, señora, mándeme 28 tazas de café”.

Leer sus poemas es entrar a un mundo de gente común y corriente, cuyas vivencias cotidianas las cuenta tan crudas y directas, como vive su vida el pueblo nicaragüense. Leerlo es acercarse a una poesía exacta, profética, agitativa, y vigente; a una poesía demasiado humana, que me hace imaginar lo que leo, y ver lo que imagino, y de tanto verlo me parece como si yo hubiera vivido lo visto o lo contado, y esos recuerdos se integran a la caravana de los míos, como si fuesen mis propias mundologías. Su poesía se encarna en quien la lee, y reencarnado, Leonel sigue vivo, convertido en paradigma.

Algunos de sus poemas son como retazos de nostalgias eróticas: Cerrar los ojos o no ver nada aun con los ojos abiertos, construir todo tu cuerpo, con tu blusa verde clara cubriendo tus senos frescos (como llanos brisados), erguidos, y a la vista el hondo triángulo que forma el pecho con tus tetas socadas por las tiras blancas del portabusto atado en la espalda, y con tu falda rala, la que se desliza como panada de agua por tus caderas y parece parte de tu cuerpo, más de tu piel estirada que te sube por las rodillas…

Y las casas quedaron llenas de humo, poema dedicado a los héroes sandinistas Julio Buitrago, Alesio Blandón, Marco Rivera y Aníbal Castrillo, es una curiosa y sorprendente premonición de su muerte: Yo vi los huecos que la tanqueta Sherman abrió en la casa del barrio Frixione. Y después, fui a ver más huecos en otra casa por Santo Domingo. Y donde no había huecos de Sherman había huecos de Garand o de Madzen o de Browning o quién sabe de qué. Las casas quedaron llenas de humo y después de dos horas, Genie, sin megáfono, gritaba que se rindieran… 

Después, desbordó su genialidad en: La tierra es un satélite de la luna, O jugar ajedrez, Como los santos, El libro de la historia del Che, y todos los que no pudo escribir, pero que estaban en su pensamiento, esperando el momento de ser alumbrados para iluminarnos con sus fulgores. Leonel Rugama fue un adelantado en su tiempo, quizá porque lo menos que tenía era tiempo, porque vida la tuvo, y en abundancia.

Leonel se despidió de la Vida con su humor en ristre, y la terquedad de su espíritu fue el arquetipo de los revolucionarios nicaragüenses. Coronel Urtecho lo definió como un joven tremendo, tan tremendo que se murió de tremendo… ¡Que se rinda tu madre! es más que el grito enardecido de un joven de veinte años que se sabe frente a la Muerte. Es más que un verso épico con el que se encarnó en su pueblo hace 48 años. Es su terca decisión de impedir que las dictaduras, sin importar sus apellidos, se enraícen. Y esto cuéntenselo a todo el mundo, platíquenlo duro, platíquenlo duro siempre, duro siempre, con la tranca en la mano, con el machete en la mano, con la escopeta en la mano. ¡Ya platicamos!

Managua, Ahuacalí, enero 2018


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