Confidencial

Un historiador espiritual en aprietos

Humberto Ortega, bajo el ropaje demasiado ancho de historiador, escribió un artículo de opinión en La Prensa del 13 de noviembre, que tituló “A un siglo de la revolución rusa”.

Este señor está obligado a mostrar cierta responsabilidad política conceptual con el ejercicio del poder en la década de los ochenta, cuyos efectos trágicos – a él imputables – aún imperan en la sociedad, máxime cuando la herencia directa de tal proceso burocrático abusivo es la dictadura orteguista actual.

La revolución, para él, es una lucha que culmina

A su modo balbuciente, con una redacción extraña que da trompicones a cada paso, escribe que hace cien años se culmina el proceso de lucha para el triunfo de la gran revolución rusa, conducida magistralmente por su líder Vladimir Ilich Ulianov.

En estas pocas líneas hay ya, al menos, dos groseros disparates. Si la historia no culmina, es porque la lucha social tampoco culmina. Una revolución no culmina un proceso de lucha, en primer término, porque no es resultado de un proceso subjetivo de lucha, sino, de una contradicción social, agravada por una crisis objetiva que lleva a las clases sociales fundamentales a una disputa activa por el poder, para darle una salida urgente a los problemas que aquejan, en circunstancias extremas, a la sociedad.

Una lucha tampoco culmina con el triunfo de una revolución, sino, por el contrario, la revolución da inicio a nuevos conflictos sociales, exacerbados ahora en torno a la ejecución de un programa de transformaciones urgentes en las formas de producción económica. La lucha es, quizás, la manifestación esencial de la vida. El motor de la historia, decía Marx, es la lucha de clases.

¿Golpe de Estado o revolución?

Estas líneas de Ortega sobre la revolución de octubre, por otro lado, retratan de cuerpo entero a quien desde una perspectiva burocrática ve una culminación histórica, cuando un proceso histórico, cualitativamente nuevo, apenas inicia. Y que confunde la revolución con un golpe de Estado voluntarioso, porque considera el poder como un fin en sí mismo.

En este caso, la revolución es la expresión de una crisis social que objetivamente requiere la adopción inmediata de medidas urgentes para recomponer la sociedad, objetivamente incapaz de resolver los problemas estructurales que enfrenta. Pero, sus condiciones de atraso imponen las tareas que se deben enfrentar, no la voluntad del supuesto líder.

La conducción revolucionaria

En segundo término, tampoco Lenin conduce la revolución. Lenin no es un caudillo, ni mucho menos. La revolución es un despertar de la conciencia de masas, que se ven presionadas, en circunstancias críticas, a ir por el poder, y conducidas a ello por un partido combatiente, desplazando a las clases hegemónicas con formas organizativas propias, cuyo carácter combativo de clase constituye la base del nuevo tipo de Estado.

Lenin dirige al partido bolchevique, pero, no magistralmente, como si fuese un director de orquesta que sigue una partitura, sino, como un político en grado de contribuir al desarrollo de la teoría revolucionaria, y de trazar líneas de acción, en buena medida por las enseñanzas que se derivan del avance concreto de las tareas de la revolución. Lenin orienta al partido, arrastrado por los acontecimientos, para encabezar la lucha de masas.

Lenin propone a la dirección colectiva del partido soluciones concretas, metódicamente, con consignas específicas, es decir, con orientaciones o líneas políticas sustentadas en un análisis teórico de la realidad. Pero, sujetas a debate desde una perspectiva metodológicamente coherente en las circunstancias concretas. De modo, que muchas de las posiciones de Lenin, novedosas ante la situación política inesperada, fueron en principio rechazadas por la mayoría del partido bolchevique.

Por ello, nada más lejos, en el marxismo, que el abominable culto a la personalidad, al estilo de ¡dirección nacional ordene!, o bien, al estilo burocrático que otorga grados de comandante, contradiciendo así, de manera miserable, el espíritu básico revolucionario de igualdad entre proletarios. Y, más aún, entre comunistas, que se tratan entre sí de camaradas, por principio filosófico.

Socialismo en un solo país

Lenin y León Trotski –dice Ortega- organizan y defienden la república soviética, y se proponen construir el socialismo.

Ni Lenin ni Trotsky se proponen construir el socialismo en Rusia. Stalin es otra cosa. La construcción del socialismo en un solo país es una verdadera patraña de Stalin. Ambos revolucionarios saben que el socialismo sólo se construye a nivel mundial, cuando las condiciones maduran en esa escala, en unos países antes, y más dramáticamente que en otros, pero, por la crisis de la economía planetaria.

Lo que intentan Lenin y Trotsky es cumplir con las transformaciones democráticas en una sociedad atrasada, transformando las relaciones sociales de producción en el campo bajo la dirección de una clase social, poco desarrollada y débil en ese momento, pero que no aspira, por su rol en la producción colectiva, a explotar o a obtener beneficio material de la explotación campesina.

El aporte de la revolución de octubre, de carácter socialista, radica en que las transformaciones democráticas las realiza una clase que no tiene una relación de explotación con las otras clases. Una clase cuya existencia apunta al cambio cualitativo de la sociedad. Pero, que requiere del concurso de una economía mundial planificada para poder avanzar en su propio desarrollo. O bien, su acción política, objetivamente prematura, será estrangulada por la burocracia interna, y destinada a fracasar sin el concurso de la revolución en los países desarrollados.

Ideales sinceros, utopías nobles, sacrificio, martirio 

Ortega, en las tres líneas siguientes recoge como champiñones un cúmulo de disparates:

Estas tres grandes revoluciones de la historia (la independencia de Estados Unidos, la revolución francesa y la revolución de octubre) merecen nuestro respeto y el pueblo que, con muchos ideales sinceros y justos, hasta nobles utopías, se entregaron al sacrificio y el martirio, y así hicieron de la humanidad una sociedad más justa.

El respeto de Ortega sale sobrando. Es una frase hueca. Luego, de la humanidad nadie hace una sociedad y, menos aún por el martirio. Como del clima tampoco se hace una tormenta. La relación causal es a la inversa. La sociedad es una expresión cultural e histórica de la humanidad, como la tormenta es una expresión concreta del clima. Las revoluciones se estudian, no se respetan, porque de ellas se extraen enseñanzas teóricas y políticas para las luchas concretas subsiguientes. Aunque cada quien, sin embargo, extrae de ellas lo que está a su alcance.

Nadie se entrega al martirio y al sacrificio por ideales sinceros y justos o por nobles utopías. Las utopías no son nobles, sino, errores metodológicos. El martirio y el sacrificio es cosa de fanáticos terroristas. Las clases sociales se entregan a la lucha, no por ideales, sino, por necesidad, por conquistas concretas de carácter colectivo en la situación política concreta.

La pequeña burguesía es la que combate por ideales y, así mismo, se desanima cuando la realidad barre sus ilusiones, y entonces toma, casi siempre, el rumbo contrario. En la lucha, es obvio, se requiere coraje porque hay consecuencias indiscutiblemente terribles, a la par que posibilidades extraordinarias que se abren paso, combativamente, para un mayor desarrollo humano.

Lo espiritual, lamenta Ortega, es arrollado por la barbarie de la civilización terrenal

Luego, Ortega, que pocas líneas atrás fingía ser progresista, y decía respetar las revoluciones, quita el tapón a su falta de ideología y deja que fluya a borbotones el cinismo contrarrevolucionario:

Las distintas sociedades capitalistas o socialistas fracasadas –escribe Ortega- no han logrado contener la barbarie de la civilización moderna y seguimos debatiéndonos entre valores y antivalores. Lo espiritual es arrollado por lo terrenal, crisis de identidad producto del gran vacío filosófico-espiritual.

Si las distintas sociedades capitalistas o socialistas no han logrado contener la barbarie de la civilización moderna (porque para Ortega la civilización moderna es bárbara), querrá entonces hacernos retroceder a una civilización anterior, menos moderna y, aparentemente, menos bárbara. No va hacia adelante, sino, espiritualmente hacia atrás.

Y para él, hay sociedades capitalistas y socialistas fracasadas que conviven a par mérito, ya que no puede definir el carácter de la economía mundial, ni aún en la etapa de decadencia del capitalismo, incluso, cuando la anarquía del mercado y de la acumulación de capital amenazan la sobrevivencia humana con un irreversible desastre ambiental.

Luego, como cualquier filisteo, concluye que seguimos debatiéndonos entre valores y antivalores. Y lo espiritual –dice religiosamente Ortega- es arrollado por lo terrenal. Así, las luchas y las contradicciones –para él- no son de carácter social, sino, de confrontación de valores. Obviamente, de valores metafísicos, ¡no terrenales!

¡Vaya historiador!

Una sociedad igualitaria basada en la ética

No hay nada más extraño a la historia que concebir la sociedad fundamentada en principios éticos y morales, porque, entonces, dicha sociedad, sin relación con los modos de producción, o con la tecnología y con el desarrollo de las fuerzas productivas, o con el conocimiento científico, pudo existir fuera de la historia, en cualquier época, simplemente con apego a la ética como valor espiritual trascendente. La explotación humana sería, entonces, un pecado, un extravío malvado de la voluntad, no una realidad productiva, histórica, concreta.

Debemos impulsar, dice Ortega, nuestra ilustración histórica y cultural para asegurar una sociedad en que la idea de la igualdad sea la meta rectora en lo político.

Cabría preguntarle a este historiador, allá en su morada sobrenatural idealista, ¿cuáles son las bases objetivas, terrenales, de la igualdad? O bien, ¿cómo se vence la pobreza y la miseria sin el desarrollo de las fuerzas productivas, sin eliminar, forzosamente, combativamente, las trabas jurídicas creadas por el poder económico especulativo constituido en hegemonía?


El autor es Ingeniero eléctrico.