Opinión

Imitar no siempre es bueno

censura Nicaragua

Pretender acallar a los medios, para no ser cuestionados, es colocarse en la más nefasta de las posiciones.



Cerrar las puertas del debate —solo para esquivar las críticas— supone un gesto de arrogancia impermisible. Alegar que existe en marcha una conspiración —donde no la hay— equivale a sentir una oscura trama, donde todo lo acontecido ha sido a plena luz pública. Pretender acallar a los medios —para no recibir cuestionamientos— implica colocarse en la más nefasta de las posiciones. Culpar a los caricaturistas de conspiradores —por sentirse ridiculizados— significa tratar de colocarse en una posición más allá del bien y el mal. Negar a los periodistas el ejercicio del derecho que tienen a ejercer la libertad de expresión —para contraponerlos con la membresía del Cosep— supone tratar de sentar un precedente inadmisible. Una mala señal para la sociedad nicaragüense.

Cuando más se necesita de posiciones ejemplarizantes, algunos obtusos, ubicados en el Cosep, al no resistir los cuestionamientos a su pretendido modelo —una versión tardía del corporativismo— han roto lanzas contra medios, periodistas y caricaturistas. En vez de defender con argumentos sólidos y convincentes, se han deslizado por la peligrosa pendiente de sugerir cortapisas a la libertad de expresión. En vez de debatir, optaron por acusar sin pruebas. Colocaron en el centro de sus ataques a los caricaturistas, al diario La Prensa y al periodistas Carlos F. Chamorro. Un enorme contrasentido. José Adán Aguerri, con diez largos años en la presidencia del Cosep, parece que se ha contagiado de un virus peligroso. Se sumó a ciertos políticos, que vienen clamando por imponer la censura.

Todo indica que Aguerri —con un espacio permanente en la página de opinión de La Prensa, los días martes— quiere que los medios se abstengan de hacer señalamientos al Cosep. En un giro sorprendente, incurre en posiciones similares a las adoptadas por el gobierno: cero críticas, cero cuestionamientos. Desconoce que la democracia tiene en el disentimiento su contracara. Disentir en lo que no se está de acuerdo, invita al debate, no a su clausura. Desea hacer abstracción de la sociedad nicaragüense. Lo más cómodo para Aguerri, sería que nadie contradijera sus posiciones. Incluso cuestiona al mismo diario que le ha abierto las puertas, con la intención que se autocensure. Igual que el gobierno, quiere que haya una sola voz. La suya y la de su aliado estratégico. Nada más.

Tiene piel demasiado fina, no se acostumbra a los avatares mediáticos, no obstante de tener presencia ubicua en muchos medios. ¿Será que sus asesores no le advirtieron, que al asumir las posiciones a las que ha arrastrado a las distintas cámaras empresariales, terminaba imitando al gobierno, alérgico a toda contrariedad y a cualquier forma de oposición a sus planteamientos? Imitar no siempre es bueno. Menos cuando está de por medio un tema tan sensible para los nicaragüenses: tratar de bozalearles. Medios, periodistas y caricaturistas, tienen una honrosa trayectoria en la defensa de las libertades ciudadanas. Cada vez que ha surgido un gobierno, un político o un empresario politizado en extremo —como es el caso— han contado con el apoyo ciudadano.

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En un país con una larga trayectoria de imposición del bozal, los nicaragüenses han sumado sus voces en defensa de medios, periodistas y caricaturistas. En pleno siglo veintiuno, pensaba que la mordaza era cuestión del pasado. Una referencia nefasta en la historia sociopolítica nacional. La Prensa ha sido clausurada por los gobiernos somocistas y sandinistas. Somoza García mandó al exilio a decenas de periodistas. Manolo Cuadra y Toño López, fueron desterrados. Les hizo caminar a pie, rumbo a Costa Rica. Pedro Joaquín Chamorro, pagó el más alto de los precios en defensa de las libertades públicas: fue mandado asesinar por contrariar al somocismo. Dichosamente hoy no existen esos extremos. Aunque la libertad de expresión sigue asediada, como actúa Aguerri ahora.

Róger Sánchez Flores, sufrió en carne propia, dos cierres intempestivos de La Semana Cómica, por mofarse de algunos miembros de su mismo partido político, el FSLN. Los caricaturistas Manuel Guillén y Pedro Xavier Molina, fueron sentados en el banquillo de los acusados, sin más prueba que burlarse de los gestos inapropiados de algunos empresarios. En una sociedad —en el uso de sus libertades— nadie queda fuera de los dardos de los caricaturistas. Si se sienten chimados es porque han puesto al desnudo su conducta, que a los ojos de los caricaturistas, merece ser ridiculizada. En dos o tres cuadritos —sirven en bandeja de oro— los excesos y desmanes de quienes la sociedad espera una actitud distinta. Jamás proclive a la censura.

Nadie, absolutamente nadie, queda fuera del radar de los caricaturistas. Ninguno de los poderosos, absolutamente ninguno. La caricatura es esencialmente antipoder. Los caricaturistas aciertan al mostrarnos qué ocultan bajo sus faldas los poderosos. Con sensibilidad especial, develan las purulencias del poder y la manera cómo se ensañan con la pobretería. Igual que ayer, hoy son objeto de acusaciones estériles. No conozco un solo caricaturista que haya echado marcha atrás en sus chanzas al poder. Se sienten atraídos por las ridiculeces e imposturas de los poderosos. Las deformaciones y sus pequeñeces quedan atrapadas en sus trazos. Mientras la ciudadanía goza y se divierte al ver retratados —en su justa dimensión— a los poderosos, estos padecen de agruras y en sus desvaríos, ¡claman por censurarles!

La discusión pública debe mantenerse, la fiscalización de los medios hoy es más completa. Sus reflectores apuntan en todas las direcciones. No se circunscriben al ámbito público. La libertad de expresión ha sido una conquista demasiado costosa para los nicaragüenses. ¿Cuántas personas en el Cosep, podrían decirle al señor Aguerri, que su solicitud —de solidarizarse con él— los está arrastrando hacia callejones sin salida? Estoy convencido que más de alguno lo llamara a la cordura y le advertirá, que denostar contra quienes disienten de sus posiciones, no supone acuerparlo en su afán de censurar medios, periodistas y caricaturistas. Anda diciendo en voz alta, ¡que no debe dársele publicidad a quienes critican al Cosep! ¿A quiénes han escuchado ustedes decir lo mismo!