Opinión

Imperecedera crítica de una Rosa para los tiranos

La crítica de Rosa Luxemburgo aún nos alcanza a todos los revolucionarios, y más que a nadie, a los dictadores que nos oprimen



Después de más de trescientos años de oscurantismo y explotación colonial europea en general, durante los 158 años posteriores de independencia formal del colonialismo español nos tocó vivir bajo su prolongada herencia en materias económicas, políticas y culturales (más que todo, religiosas) administrada por una oligarquía criolla mentalmente nunca descolonizada, dividida entre liberales y conservadores.

Para el final del siglo XIX, los Estados Unidos había alcanzado el desarrollo de potencia capitalista, y con la guerra contra España por sus últimas colonias en América y Asia, demostró su condición imperial, y Nicaragua cayó bajo su dependencia económica, política, diplomática y militar en condiciones cuasi coloniales, hasta el breve respiro de libertad política que tuvimos en 1979.

A todo lo largo de todo este trayecto histórico, se nos condicionó una cultura política extranjerizante, siempre a la zaga del progreso ideológico y cultural mundial de la que aún no logramos salir, si no con apenas destellos de luz, cuando surgió un fenómeno llamado Rubén Darío, apagado con su muerte, quedando latente solo en la nostalgia literaria de la intelectualidad.

En el campo político, Augusto Calderón Sandino fue el destello de luz por la libertad, pero asesinado por el agente proestadounidense Anastasio Somoza García, premiado por ello con su rol de dictador, y continuó el atraso político que ahora se retrata en la existencia de otra dictador que oprime, rezaga el desarrollo del país, y mata el futuro matando a su juventud, peor que como lo hizo el primer Somoza y después lo hicieron sus herederos.

Dentro, y con de ese atraso histórico, nació el movimiento obrero, del que ahora solo tenemos su recuerdo y nos quedó su falsificación oportunista, con un sindicalismo aherrojado por la nueva dictadura, cuando apenas comenzaba a tener conciencia y cultura de clase propias.  Desde poco antes de nacer el nuevo siglo, el sindicalismo revolucionario dejó de serlo al perder su autonomía, y dictadura Ortega-Murillo lo maneja como un instrumento más de su poder.

El movimiento obrero había alcanzado un poco de desarrollo organizativo y muy poco desarrollo ideológico hasta bien entrado el siglo XX, cuando en el mundo la primera revolución socialista de ese siglo ya tenía casi treinta años de existencia, y para los trabajadores nicaragüenses de entonces, aquél fenómeno político era algo mítico llamado Unión Soviética.

La herencia de todo ese largo período de rezago general de nuestro país, nos ha marginado del desarrollo social del mundo, lo que nos hace ignorar efemérides importantes en la vida de los pioneros sacrificados en las luchas por la justicia social en el mundo, pese a que ahora, paradójicamente, nuestra lucha tiene gran resonancia internacional.

Uno de esos olvidos, fue el centenario de la muerte de Rosa Luxemburgo, el recién pasado 15/01/19. Nacida en Polonia y nacionalizada en Alemania, Rosa Luxemburgo fue la más destacada dirigente del Partido Socialdemocracia Alemán –y de la socialdemocracia internacional— la que, en opinión del biógrafo de Carlos Marx, Franz Mehring, ella fue “la mejor cabeza después de Marx”.

Su lucha por la paz, antes de que estallara la primera guerra mundial (1914-1918) la llevó a la cárcel durante cuatro años, cuando ya había roto con el Partido Socialdemócrata a causa de la traición de este partido con su voto en el parlamento alemán a favor del presupuesto de guerra.  Luego, Rosa formó parte de la Liga Espartaco, después transformada en Partido Comunista, con el cual participó en la fracasada revolución alemana de 1918-1919.

A la derrota de Alemania en la guerra, asumieron el poder los socialdemócratas, cuyo gobierno, encabezado por Friedrich Ebert (cuyo nombre lleva una conocida Fundación alemana) desató una persecución a muerte de comunistas, entre ellos el líder del partido Karl Liebnecht (23/10/1918) y de Rosa Luxemburgo (15/01/1919).

Ambos fueron asesinados violentamente.  El cadáver de Rosa fue lanzado a un río, y su asesino, un capitán del ejército alemán de apellido Pasbst, confesó su crimen en 1962 (43 años después, amparado en la prescripción del delito).

A estas alturas del tiempo y de la distancia geográfica que median entre estos hechos y nuestra realidad política actual, es lógico que muchas personas no encuentren ninguna relación, pero la tiene en cuanto a los presupuestos ideológicos que se manejan en torno a las revoluciones y –aunque la nuestra ya es una experiencia fracasada–, quienes la hicieron degenerar en una dictadura tienen vigente el discurso “revolucionario” todavía.

Para esos trasnochados, es que Rosa Luxemburgo heredó su crítica a los líderes revolucionarios de su tiempo –y como equivocarse no ha sido exclusivo de un solo tiempo— su crítica aún nos alcanza a todos los revolucionarios, y más que a nadie, a los dictadores que nos oprimen con su falsa revolución:

Durante el corto período que ella conoció de la revolución rusa, pudo advertir la tendencia a divorciar la democracia del socialismo y, por lo tanto, ella previó que el concepto y la aplicación mecánica de la dictadura del proletario, degeneraría en una dictadura de la burocracia del partido contra los intereses del proletariado y de toda la sociedad.

Si en este pensamiento de Rosa Luxemburgo, alguien no advirtiera que es una crítica aplicable al liderazgo de este gobierno, el que divorcia lo que llama su “revolución” con los derechos humanos y democráticos de todo el pueblo, solo podría ser porque, ese “alguien”, es un cautivo fanático de la demagogia de Daniel Ortega y Rosario Murillo.

El orteguismo, desde luego, no es dueño exclusivo de la demagogia ni de la perversidad de robarle al pueblo sus derechos –como lo hacen también los dictadores de todas las ideologías—, pero los dictadores criollos lo hacen a nombre del “socialismo”, como “cristianos” y “solidarios”, mientras reprimen y encarcelan a sus críticos, sean sandinistas, cristianos o ciudadanos militantes de los partidos políticos, o sin partido.

Quizás el más importante legado ideológico de Rosa Luxemburgo, con vigencia y aplicación a los políticos de todas las tendencias, en particular para quienes se dicen de izquierda, pero tentados a practicar la represión de sus adversarios, sea este pensamiento:

“La libertad solo para los miembros del partido, no es libertad en absoluto. La libertad es siempre para el que piensa diferente”.

Los primeros que no entendieron este pensamiento de Rosa Luxemburgo, fueron sus ex compañeros socialdemócratas alemanes que ordenaron su muerte.

Tampoco lo entendieron sus camaradas soviéticos, y seguramente ella hubiera corrido igual suerte que todos los dirigentes, víctimas del estalinismo.

¿Y quién podría dudar de que si Rosa Luxemburgo hubiese sido nicaragüense, en la actualidad no estuviera corriendo la misma suerte de los sandinistas críticos, bajo la dictadura de sus ex compañeros?

Ergo: el pensamiento crítico de Rosa Luxemburgo, es válido para todos los tiempos, lugares y partidos.